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Oficio en extinción

Cuento de Daniel Melchor.

 

El oficio más antiguo del mundo ha tenido que modernizarse un poco.

Pues sí hay vacantes, reina, aunque te vas a tener que acoplar. Tal vez estás acostumbrada a la época dorada, cuando nos lucíamos en el tubo. Pero la cosa ya no es así. Mira, te explico. Sucedió hace unos meses, el primero en presentar el síntoma, y conste que dije síntoma, porque jamás me había topado con algo tan enfermo, es más, ni siquiera las porquerías que nos exigían algunos clientes nos daban tanto espanto como esto. Y fíjate, reina, que yo he estado en el negocio ya por varios años; imagínate, cuando empecé, estas dos huevonas estaban firmes, las nalguitas paraditas, hasta llegué a actuar en el número principal de la noche. Bueno, te decía, el primero en irse al otro bando fue el condenado del Osito, así le decía de cariño. Teníamos una relación de varios años, le daba descuentos o le fiaba servicios. Es más, cuando yo no estaba de humor para nadie y él llegaba todo calenturiento, sabía despacharlo en menos de dos minutos y ni se daba cuenta, nomás me balbuceaba al oído con ternura “ay, Wendy, tú sí que me conoces”. Por eso no me sorprendió cuando dejó de venir, algo dentro de él no me gustaba, era un meloso de hueva, ya sabes, con tendencia a enamorarse. Yo sabía todo de su vida, claro que sabía de esa noviecita de la adolescencia a quien había amado con dizque “la locura de las pasiones más oscuras”, así decía, lo juro, te digo, reina, era medio mariconcito. Pues bueno, resultó que después de siglos sin verse, el cabrón se la volvió encontrar en un pinche restaurante carísimo, hazme el chingado favor, qué hacía el Osito ahí, no sé, pero el chiste es que platicaron y cenaron y “bajo la noche sus ojos parecían dos ardiente velas”, y si no te parece suficiente, el descarado me dijo “lo siento, Wendy, pero ya no podremos vernos, aquí está lo que te debo y algo más para que sientas mi cariño”. Y se largó, sin más, ni más. Ni pedo, pensé, hombres urgidos nunca van a faltar.

Pero una siempre se termina tragando sus palabras. De repente el negocio empezó a perder clientes, así como lo oyes, reina. Un viernes la mitad de las mesas vacías, y la siguiente semana ni para sacar lo de las bebidas. Aunque no todo era tragedia, mi comadre, la Buba, se nos puso bien contenta, de veras, de buen humor con un friego de ganas de trabajar sólo porque recibió una carta de su chulo, que chulas no tenía ni las nalgas, concediéndole “la libertad”, así de cínico el culero. Le escribía con un tonito igual de joto con el que hablaba el Osito, quesque se había enamorado de la última mujer que fue a recoger a no sé cuál basurero. Y pues de las putizas que le ponía a mi comadre, la neta es que sí celebramos que ahora el problema era de otra pobre vieja. Eso sí, le dije, Buba, me da gusto tu soltería, pero no hay que apendejarnos porque sin clientes este lugar se va a convertir en un panteón. Y qué crees que me contestó la canija, reina: pos a lo mejor lo que quieren es cogerse muertas, ¿no?

No quise hacerla tanto de jamón con el comentario de la Buba, había que pensar en lo obvio. Pensamos primero en la competencia, claro, este negocio es cabrón, hay un chingo de oferta, ni te imaginas, reina. Me fui a dar el rol por los otros changarros, ya sabes muy mona yo, haciéndoles cumplidos pa que soltaran la sopa. Y el tamaño de mi sorpresa cuando me dijeron que también ahí la estaban padeciendo. Los fines de semana la cosa parecía más desierta que nevería en invierno. Todas estábamos requete asustadas, porque tú ya sabes, la gente a veces ignora que también somos madres de familia, aunque no lo crean. “Mujeres de la vida fácil” nos dicen, pero ya quiero ver que le entren, a ver si tan fácil, digo, están muy fregones para criticarnos. En fin, aquello parecía la crisis mundial del hombre calenturiento en vías de extinción. Las muchachas y yo decidimos renovarnos dando un súper descuento: las porquerías que quisieran por el dinero que quisieran, qué más podíamos hacer.

Y pues sí, reina, de vez en cuando algunos ruquitos llegaban a solicitar servicio, aunque siempre con cara de hipnotizados. Tomaban una cerveza y les valía un carajo nuestro baile. Se quedaban mirando al horizonte, hacia las luces, “conejito”, “conejito”, les decíamos de cariño. Los muy maricas terminaban llorando. En una de esas que me harto y le pregunto, a ver cabrón qué fregados te pasa. Y que me abraza y que me dice: es que no me dijiste que me querías. Ah, su madre, nada me había hecho sentir tanto escalofrío en mi vida. Eso sí me pareció una perversión, o ¿a ti no, reina? Le contesté: no, mire, lo que usted está buscando es cariño, no nuestros servicios, hágame el favor de pagar y retirarse. Se arrastró a la salida con la cabeza agachada, en serio, sin un centímetro de dignidad, pobrecito. Fue cuando organicé a las muchachas para hacer, ya sabes, un estudio de mercado, para buscar una solución el problema. Ahí nos tenías a todas, preguntando a los poquitos clientes si sabían lo que estaba pasando. Sí, fue la peor idea. De pronto, nuestro negocio, se convirtió en consultorio. Pasábamos horas platicando con el paciente hasta que se echaban a llorar, y mira, reina, que les frotábamos el cuerpo, pero ni así. Todas las noches nos teníamos que tragar cosas como: “es que ya no me quiere”, “creo que está viendo a otro”, “hace años que no tengo novia”. Cosas así por el estilo. El estudio nos permitió sacar conclusiones. De repente los hombres, no sé cuándo, no sé cómo, cambiaron su hambre de chichis por hambre de cariño. Así como lo oyes, parecían quinceañeras soñando con el príncipe que las hiciera mujer por primera vez. Imagínate qué hueva, qué locura.

Entonces si quieres chamba, reina, vas a tener que acoplarte como las demás muchachas. Que qué hacemos ahora. Híjole, hasta se me cae la cara de la vergüenza. Nos pagan por caminar con ellos de las manos en los parques, mientras nosotras fingimos que los queremos. Eso sí, no me quejo, nos va mejor. La Hoja de Arena

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Daniel Melchor

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