Obstinaciones de la memoria

Si hubiera sabido que nuca más la olvidaría, acaso no se habría atrevido a conocerla. Aunque en realidad fue uno de esos acontecimientos que nunca le piden a nadie su aquiescencia. Cosas que suelen suceder dentro de la cotidianidad más pedestre, si bien es cierto que espolvoreadas con una pizca de casualidades. El entusiasmado regreso a las aulas después de varios años de destierro voluntario, un miércoles de agosto que encajaba sin sobresaltos en el abanico de los días, la calma de saber por fin el camino por el que habría de discurrir en adelante.

Así, jaloneado por palabras que escapaban de diversas bocas, de pronto la vio llegar, envuelta en una afectada indiferencia por todo aquello que la rodeaba. Se abría paso, y eso lo sobresaltó, con una mirada en la que cabían lo mismo los colores de las aguas del Caribe que las difuminadas siluetas de varios amantes. Y cuando escogió una butaca, justo la que estaba al lado de él, derramó un silencio de esos que preludian las tormentas, junto con un olor sutil que a él le pareció desconocido y anhelado al mismo tiempo, y que se le enterró muy cerca del alma, con lo que estuvo a punto de desmenuzarse en un tosco sollozo de orfandad. En fin, quizás debió sospechar, pero nada le hizo prever que las imágenes de los breves encuentros que sostendrían antes de separarse indefinidamente se mantendrían inamovibles en su mente, a pesar de que en las calles que se veían desde su ventana varias veces tiraron los árboles sus hojas, hasta quedar en el puro esqueleto de las ramas, y varias veces se volvieron a llenar de retoños.

Acarició tan minuciosamente esas imágenes, así como todas las posibles respuestas que pudo haberle dado, y no lo que en verdad le dijo, que muchas noches provocó involuntariamente en ella, que desgastaba sus días en una vida inimaginable para él, sueños constantes y varias veces inconfesables, sueños llenos de dudas, de molestas elucubraciones, de escenas en las que atravesaban tierras nunca antes vistas con el más completo sosiego. Y de esta forma les apareció un día una suerte de espina, la cual se fue clavando con vesánica profundidad en ambos al mismo tiempo, de tal suerte que si él intentaba sacársela con mil trabajos, a ella se le enterraba hasta el llanto.

Y por supuesto, también viceversa…

 

 

Publicado originalmente en Rey Mono

@elReyMono

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Víctor Sampayo

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