Nos faltan mil: las víctimas de la homofobia

Las miles de muertes que ocurren año con año en nuestro país no tienen un único culpable ni se deben a una sola fuente de violencia. Para despojarnos de la vida, el crimen organizado actúa en alianza con el odio a lo “diferente”. Día tras día son asesinadas personas por el simple hecho de ser mujeres, homosexuales, transexuales o cualquier expresión lejana al macho embrutecido al que se supone que todos deberíamos aspirar. La mayor parte de estos crímenes son auspiciados de algún modo por el Estado y por ello quedan en la impunidad.

Un crimen de odio es aquél cometido contra una persona en función de su pertenencia a un determinado grupo social. Quienes los cometen no presentan similitudes claras entre sí, salvo su enraizada aversión a lo “diferente” (difícil, si no imposible, de documentar). Sin embargo, algunas características de sus actos violentos pueden dar claridad sobre su trasfondo discriminatorio. Cuando alguien asesina a un grupo de 8 hombres y 1 mujer, con el mismo método y sin distinción entre ellas, entonces el crimen no es de odio. Pero cuando alguien asesina al mismo grupo y abusa sexualmente de la mujer, o exhibe su cadáver o deja algún mensaje machista en él (por mencionar alguna de las atrocidades posibles), entonces estamos hablando de un feminicidio. Más o menos así, pero con sus diferencias y complejidades, ocurre cuando una persona es asesinada por su orientación sexual o su identidad de género.

A mediados de diciembre del año que acaba, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) presentó un avance de la investigación que realiza en la región en términos de violencia ejercida contra personas LGBTTTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero e intersex). Los datos publicados revelan que en México se han cometido 79 asesinatos por homofobia desde enero de 2013 y hasta marzo de 2014. Esta información (en conjunto con los informes de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia de la organización Letra S) implica que se han efectuado, como mínimo, 903 de estos asesinatos desde 1995 y hasta marzo de 2014.

Aunque por un tiempo al gobierno local le dio por llamarla “La Ciudad de los Derechos”, la Ciudad de México es la localidad en la que se han cometido la mayoría de estos crímenes. El grupo más afectado es el de los hombres gays, seguidos por las mujeres trans. Estas últimas, según información de la CIDH, tienen una esperanza de vida en Latinoamérica de apenas 35 años. Para acrecentar las vejaciones, la mayoría de los asesinatos son cometidos en los domicilios de las víctimas.

Según Letra S, por cada uno de estos casos documentados existen otros dos de los que no tenemos noticia. Esto implicaría que el número real de crímenes de odio por homofobia sería de 2709.

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Once de nosotros mueren cada mes porque un grupo de retrógradas no puede tolerar nuestra sola existencia y, lo que es peor, porque el Estado los solapa.

Esta situación de violencia generalizada, como la nombra la CIDH, está presente en todo el mundo. Hay países en los que la homosexualidad es penada con la muerte, donde se prohíbe la libertad de expresión para las personas LGBTTTI, o se practican violaciones correctivas con el presunto fin de cambiar la orientación sexual de las personas. El organismo internacional ha documentado casos graves de violencia contra esta población en los 35 Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos. El machismo y la homofobia son constantes en toda la región.

La violencia machista tiene mayores o menores grados de institucionalización. Hay prácticas homófobas que son repetidas de manera sistemática por los funcionarios públicos. Nuestros derechos están garantizados en apenas unas cuantas legislaciones y, encima de todo, la letra no necesariamente implica su protección y respecto en la práctica.

Hay avances, pero hay muertos

El año pasado se llevaron a cabo importantes avances con respecto a los Derechos Humanos de la población LGBTTTI del país y, particularmente de la Ciudad de México. La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) ha otorgado amparos a decenas de parejas del mismo género, que les han permitido casarse en distintas entidades. La misma instancia publicó un protocolo para juzgar de manera adecuada en todos los casos en que la orientación sexual y la identidad de género sean factores fundamentales. A pesar de todo, México es el país con mayor número de crímenes de odio por homofobia, según Letra S, después de Brasil.

En 2014, el presidente emitió un decreto por el que derogó el Día de la Tolerancia y el Respeto a las Preferencias (instituido por Calderón, haciendo gala de su intolerancia) y se declaró el Día Nacional de la Lucha contra la Homofobia el 17 de mayo de cada año. En el Distrito Federal se aprobó una reforma para reconocer la identidad jurídica de las personas trans. Ésta les permite adecuar su acta de nacimiento y otros documentos sin necesidad de pasar por un proceso que las trata como si estuvieran enfermas. Por fuera y de lejitos parece que estamos en uno de nuestros momentos más progres en términos de diversidad sexual. Pero las muertes no paran.

¿Y entonces? ¿Quiénes resultan beneficiadas por todos estos “avances”? Los muertos no, claramente. La gente sin dinero tampoco. Los marginados siguen tan jodidos como antes y pararse en un MP para hacer válido el derecho al acceso a la justicia, tras haber sufrido una agresión homofóbica, sigue siendo un acto tan plagado de indignidades como antes. ¿Cómo vamos a casarnos si nos están matando? ¿Con qué cara sostenemos una jornada en que presuntamente toda la nación se une para luchar contra la homofobia?

Hay muchas obligaciones que el Estado Mexicano tiene pendientes por cumplir, ojalá el año nuevo nos traiga muchas fuerzas para exigir que así se haga.

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David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.
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