Noé, ese chico malo

noe-pelicula-biblica-aronofsky-protagonizado-russell-crowe_1_1905473(Spoiler alert: si leyeron el libro y les gustó, no les va a gustar la película.)

Luego de que Hollywood convirtiera la tragedia de Pompeya en un chiste patético de proporciones épicas, la única expectativa que puede tenerse de una superproducción sobre Noé y su arca es un muñeco de acción en la mediana edad luchando en túnica y por encargo de Morgan Freeman contra la humanidad corrompida.

Pero, gracias al director Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño, El Luchador, Cisne Negro), y a su co-guionista Ari Handel (La fuente de la vida, Cisne Negro), Noé (Noah) sale a flote a pesar de Hollywood.

Aronofsky desarticula el mito del Génesis, lo desprende de la tradición judeo-cristiana ―la palabra dios no se menciona ni una sola vez en toda la película― y le da nueva vida (incluso se permite la creación de fauna y minerales que podrían pasar por fantásticos). Vale la pena meterse con la fe de miles de personas si el resultado es, creativamente, tan poderoso: el Noé de Aronofsky (encarnado por Russell Crowe) no es ese señor justo y santaclososo que nos habían contado. Tampoco es una versión bíblica de Leónidas. A mí, con perdón de ustedes, me recuerda más al doctor Jekyll y a su no menos propio señor Hyde.

Recordemos: un doctor experimenta en sí mismo con una fórmula química; el resultado es la división de su persona en dos entidades aparentemente opuestas: Jekyll, su ser original, y Hyde, un sujeto despreciable, la encarnación de la maldad pura. Lo de la apariencia es importante. Que Hyde sea un gandalla no quiere decir que Jekyll sea la madre Teresa. Jekyll es un tipo complejo en el que se debaten sus impulsos naturales, no todos ellos políticamente correctos, y la configuración moral de su época. Por este detalle, si bien la literatura y el cine han coqueteado desde siempre con el paradigma del bien y el mal, la novela de Stevenson descuella.

Noé no es médico ni victoriano ni tan, por decirlo de una forma, disperso. Pero sí un hombre contrariado. El Creador, a través de unos sueños trepidantes y visualmente perturbadores, le ha encargado la construcción de un arca para salvar al reino animal de un diluvio que destruirá a los descendientes de Caín, que recién salieron expulsados del Edén y ya tienen el mundo hecho un chiquero. Ayudado por unos gigantes, ángeles caídos ―que de hecho, créanlo o no, aparecen en la Biblia (Génesis 6,4)―, comienza la construcción de la nave.

Todo es arroz con leche precristiano hasta que Noé comprende que él no es diferente al resto de la humanidad. Creerse moralmente superior, se da cuenta, es soberbio. Él también es capaz de matar y dejar morir con tal de proteger a su familia. En su alma también hay odio y hambre de venganza, aquello que El Creador quiere erradicar de la Tierra. Se desata entonces el conflicto, ya no fuera del arca, sino dentro. ¿Merecen, él y su familia, sobrevivir al diluvio? ¿Fue elegido, acaso, no por su alma lustrosa y pura sino porque a él no le temblaría la mano? Se trata, oh ironía, de un conflicto bastante pagano pero mucho más universal que el de la versión católica.

Noé oscila entre la oscuridad y la luz, oprimido atmosféricamente por la misión que se la ha impuesto y sus consecuencias, de un lado, y por quienes lo rodean y lo quieren, por el otro. Un personaje jekylliano, por donde se vea.

De El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se nos ha dicho (como de Frankenstein) que es una novela que tira hacia la ciencia ficción. De la historia de Noé se espera una recreación mitológica y hasta religiosa. Ambas concepciones son erróneas. Se trata, en los dos casos, de relatos alegóricos; no sobre las consecuencias de un experimento fallido o sobre cómo se configuró el mundo, sino sobre el laberinto moral de una persona.

Ése, a mi parecer, es el gran mérito de la película de Aronofsky, aunque habría que agregar, por supuesto, la banda sonora hecha a la medida, un guion labrado en mármol, la presencia siempre celestial ―aunque predecible― de Emma Watson, la creación de una imaginería particular, Anthony Hopkins nonacentenario, y que Russell Crowe no haya tenido que cantar.

Si bien ninguna adaptación de Dr. Jekyll y Mr. Hyde ha estado a la altura de la novela de Stevenson, hay que decir que Noé es uno de esos casos raros en que la película sí está mejor que el libro. Corran a verla, hijos de Caín.

Palabritas

Es un placer spamearlos con la siguiente invitación: esta revista digital, cuya edición bimestral tengo el honor de coordinar, cumple tres años de supervivencia, y preparamos una celebración para mañana viernes por la noche, en el Centro Cultural Bella Época, Colonia Condesa. Les adjunto el flyer. Me dará gusto verlos por allá.

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada