No todo lo viral es oro. Pequeño kit para el internauta escéptico

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Entras a Facebook. De entre las ya tradicionales fotos de bebés, bodas y desayunos, y los artículos encabezados por frases como Las diez cosas que aprendí de vivir entre mapaches por tres años. ¡No creerás la No. 4!, una imagen llama tu atención, y el título alarmante, acompañado por las expresiones de horror de la persona que las compartió, te hacen entrar a ver la historia. Casi siempre es una mala, pésima noticia: los cimarrones se extinguieron, el gobierno mexicano está evaluando meterte a la cárcel por ejercer lo que antes era un derecho humano, se murió tu artista favorito, acaban de comprobar que el café da cáncer. El horror.

En el calor del momento, comentas alguna cosa intensa, te empiezas a pelear con alguien y, claro, compartes la nota, porque no hay nada que viaje más rápido que las malas noticias. Excepto quizás los rumores infundados.

En escenarios como éste, existen por lo menos dos elementos por los que vale la pena preocuparse. El primero es cómo y para qué se empiezan a distribuir este tipo de contenidos, y el segundo es por qué fue tan fácil que nos dejáramos engañar.

Yo me lo he preguntado muchas veces: ¿por qué fregados alguien difunde notas que son mentiras? ¿Qué se gana con eso? Aquí hay que apuntar como categoría aparte las noticias que van por la vida portando su falsedad a la vista, como las creadas por sitios como El Deforma o El Mundo Today para fines de entretenimiento. Sus mismos autores lo enuncian en su portal: ante una realidad que nos rebasa por deprimente e indignante, han decidido encontrar a toda costa motivos para hacernos reír… Y la verdad es que a veces funciona. A veces, también, hay quienes no los identifican por lo que son, y caen redonditos en sus sátiras. En estos casos, no puede culparse a los portales porque alguien no entendió su chiste, por malo que haya sido.

La cosa es que no todas las noticias falsas se difunden para apropiarnos de la tragicomedia mexicana. Hay varias de ellas que existen en portales con toda la apariencia de un sitio noticioso formal. La redacción es seria, se citan nombres e instituciones y, en ocasiones, se acompaña la historia con alguna imagen impactante. Ésta es la parte en la que la invención deja de ser divertida y se convierte en un riesgo de manipulación o, en el mejor de los casos, de agüite injustificado.

Hace poco caí en este video de CGP Grey (en inglés, una disculpa), que explica cómo las ideas que nos enojan tienen un gran potencial para volverse virales. Lo mismo pasa con las ideas que nos dan alegría, pero no vamos a hablar aquí de los videos de gatos y otros animales, que son una de mis aportaciones favoritas del Internet. Quedémonos un poco con la idea de la ira. Como toda emoción intensa, uno busca la manera de expresarla, lo que en el mundo de las redes sociales significa compartirla con otros para poder indignarse en equipo. Esto tiene el potencial de aumentar el número de clics o visitas a los portales en donde se aloja esta idea, cosa que puede significar más dinero para sus propietarios, vía los pagos de los anunciantes.

En una lectura más sombría, la difusión de noticias terribles puede llevar a quienes las toman por ciertas a sentir elevados niveles de rabia, tristeza o desesperanza. No quisiera abundar más en terrenos de los que poco conozco, pero tengo la incómoda impresión de que hay una ganancia que se puede obtener de estos estados de ánimo inducidos tramposamente. Sólo pensemos en el poder económico que tienen los chantajes emocionales que se transmiten por televisión (¡Hola, Teletón!), e intentemos dimensionar su alcance en el sector de la población que se conecta a Internet.

Aun cuando nunca puedas averiguar quién está detrás de esa publicación que te hizo creer por quinta vez en el año que Juan Gabriel ha muerto, el otro ángulo del problema, si bien igual de agudo, ofrece más posibilidades de recuperar el control. Tenemos que hablar de nuestra credulidad generalizada.

Es que, a ver: la autoridad conferida automáticamente a toda cosa que queda por escrito es una tradición que en estos tiempos de Internet debemos eliminar. Porque, bueno, allá en el siglo pasado probablemente no estaríamos mal al asumir que por cada texto impreso había un proceso de revisión, edición y corrección que garantizaba que no cualquier cosa saliera a la luz (con sus consecuencias tanto positivas como negativas, hay que aclarar). Sin embargo, en este siglo hiper-conectado, en el que cualquier persona puede abrir un blog, comprar un dominio y photoshopear unas cuantas imágenes, esa certeza ha dejado de ser una apuesta segura.

Por alguna motivación humana cuyo origen desconozco, tenemos la tendencia a creer no sólo lo que vemos por escrito, sino también lo que nos dicen las figuras de autoridad, o lo que nos comunican los videos emotivos con música dramática de fondo. No sé si esta credulidad sea producto de la buena fe o de una renuncia a enredarse más de lo necesario en temas que no son fundamentales para nuestra vida, pero lo que sí me consta es que hay consecuencias bastante negativas en nuestra facilidad de dar por cierta cualquier cosa que se nos diga con una mínima habilidad comunicativa.

Necesito hacer una pausa para recalcar que la discusión aquí no es de ninguna manera contra el Internet, esa gloriosa nación de los millenials. La apertura a la información que nos brinda la red es, de hecho, una cosa maravillosa. Sin embargo, este valiente nuevo mundo también es falible y manipulable, y aquí como en todos los campos existen personas que sacan provecho de la desinformación, valiéndose del poco entrenamiento cuestionador que se nos da en nuestro viacrucis educativo, más preocupado por fomentar la memorización y la disciplina que por la curiosidad y el espíritu crítico.

Afortunadamente, hay una cultura del escepticismo en línea que poco a poco se fortalece, ya sea a través de portales especializados como los Cazadores de Fakes y Snopes.com, o por medio de internautas con vocación de aguafiestas que van por ahí señalando falsedades y predicando la palabra de Carl Sagan y su kit de herramientas para el pensamiento escéptico.

Sé que a muchos puede parecerles una lata tener que estar haciéndole los rayos X a tanta cosa que nos encontramos en línea, pero me atreveré a decir que vale la pena cada minuto invertido en no dejar que nos tomen el pelo. Demasiadas cosas indignantes hay en la vida real como para además estar haciendo entripados por las inexistentes. Además, una vez sistematizados los pasos básicos, un chequeo general puede durar tan poco como treinta segundos.

Yo no estudié periodismo, y no sé nada al respecto más allá de lo que un peatón de la información puede aprender mientras surfea el Internet y hace el oso de caer en más de una trampa, pero a partir de esas experiencias ofrezco esta  lista amateur: una primera serie de pistas para ayudar a economizar nuestras preciosas reservas de coraje y tristeza.

  1. ¿En dónde está publicada? Hay algunos sitios que son ya conocidos por publicar notas falsas. Sí, lo hacen a propósito y para fines de cotorreo, pero una buena cantidad de personas aún no los identifican. El Deforma y El Mundo Today son los ejemplos más evidentes. También hay muchos otros que, aun cuando no se definen como sitios de sátira, sí tienen la mala costumbre de publicar tarugadas sin ningún tipo de verificación. Y tampoco nos podemos olvidar de los que retuercen los hechos para ajustarlos a su muy particular agenda. Conviene irlos identificando y evitando de acuerdo con la experiencia personal. En cualquiera de los tres casos, ayuda echarle una miradita a las notas, columnas y otras secciones de la página que estamos leyendo. Tanto en los sitios de sátira como en los “serios”, hay algunas invenciones que son más evidentes que otras, y de ahí nos podemos agarrar para no caer en la mala broma que es un coraje de oquis. Si de plano nada resulta revelador, queda el valioso recurso de Wikipedia para identificar ante qué tipo de portal estamos: ultraconservador, liberal, naturista, de reptilianos o de fanáticos del Yunque. Averiguar sobre el perfil general del sitio de donde se toman las noticias no es sinónimo de invalidar lo que ahí se diga, claro, pero siempre es bueno saber de dónde vienen las pedradas para el sapo en cuestión.

IMPORTANTE: tampoco hay que estar tan seguros de que nuestros medios de renombre están a salvo de publicar falsedades. Todos ellos están compuestos de personas y, como tales, tienen el riesgo del error humano. Más de una vez he visto una noticia de El Deforma re-publicada en los sitios de La Jornada, Proceso, Milenio y Azteca Noticias, por mencionar algunos.

  1. ¿Quién está hablando de esto? Si es una nota de importancia mayor, probablemente todos los medios la estén cubriendo, o por lo menos uno de ellos. Independientemente del ángulo que cada medio prefiera, si los diputados promueven una ley que establece cárcel para quienes graben a policías, no tiene sentido que la noticia sólo la difundan portales como elDiariodeRanchoTamales.com. Google (como otros buscadores que quizás sobrevivan por ahí, si se quieren poner alternativos) es un aliado rápido para averiguar quién o quiénes están publicando sobre el evento.
  1. ¿Qué fecha tiene la nota? Esto puede parecer muy tarado, pero he visto más de una persona indignada por una propuesta de ley… del 2012. Cierto, cierto, esto no significa que sea imposible que se haga realidad, pero pues si hace tres años no procedió y no hay cobertura actual del asunto, podemos asumir que la propuesta está pospuesta indefinidamente.
  1. Detalles, detalles. Vamos a ver, si se trata de un reporte oficial, como por ejemplo la extinción de los borregos cimarrones, lo más lógico es que se diga quién, cómo, cuándo, dónde. Si se reporta algo con un estilo como “La SEMARNAT dijo que…” y no se suelta ni un solo nombre, departamento o lugar en específico, la cosa huele a falso. Si, por el contrario, se menciona algún nombre de figura pública, una pequeña incursión en el buscador preferido puede revelar si la persona es imaginaria, o si ya está en Twitter declarando que jamás dijo lo que dicen que dijo.
  1. ¿Y las fotos? Google Imágenes es tu amigo. Una cosa que distingue a las notas falsas –lo mismo que al periodismo chafa– es el uso de fotos que no vienen al caso. Esto es tristemente común en muchos tipos de noticias, pero en el caso de notas que ya parecen sospechosas, es una evidencia de peso para mandarlas al caño. Sólo basta hacer clic derecho sobre la foto en cuestión, seleccionar “copiar URL”, ir a Google Imágenes, presionar el ícono de la camarita y, ya que salga la caja de diálogo, pegar el enlace. Los resultados que se despliegan te permitirán saber si esa foto es anterior al evento del que se habla, o incluso si fue truqueada a partir de la mezcla de imágenes, como esta famosa foto del calamar gigante que de vez en cuando reaparece por las redes.
  1. Atención a los enunciados extremos. Esto aplica sobre todo para artículos sobre descubrimientos científicos, o listas de cosas que dan/previenen el cáncer. Como se explica en este artículo, en el terreno de la investigación científica las cosas van más lento de lo que a la prensa le gustaría, y siempre, SIEMPRE son falsables (o sea que tiene que haber margen para que se pruebe su error. Si están blindadas contra toda corrección posterior, se activa el foco rojo).
  1. Como con los diagnósticos médicos, siempre es recomendable buscar una segunda opinión. Si ya vas a leer esa noticia de ése, tu portal favorito, date unos cinco minutos más y léela en otro lugar, para ver qué cosas cambian, qué cosas no. Independientemente del prestigio del periódico o revista que leas, todos, toditos tienen algún tipo de identidad editorial, así que puedes hacerte una idea más clara si combinas las narraciones hechas desde dos o más lugares.

Pues eso, a detenernos unos segundos antes de alimentar con nuestros hígados la hoguera de la ira inútil, y sobre todo, a tenernos paciencia con nuestros errores. Después de todo, cultivar el escepticismo es una estrategia colectiva para la supervivencia en una época en la que también las emociones son un campo de batalla.Iconofinaltexto-copy

@shebacr

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Sheba Camacho

Sudcaliforniana con estudios en Antropología y Museología. Miembro del prestigiado club 'Este año sí termino la tesis' y de la asociación de detractores del nacionalismo. Sus intereses giran en torno a la identidad, la memoria y las colecciones de los museos. Sus vicios incluyen pasar demasiado tiempo en internet y leer los comentarios de los foros.

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