Ni buenos ni malos: sólo defensores de Derechos Humanos

Las Organizaciones de la Sociedad Civil han jugado un papel decisivo en la transición ideológica por la que México ha pasado en la última década. Su trabajo ha logrado que el feminismo, los Derechos Humanos, el movimiento LGBT y los derechos de los animales estén presentes en nuestro actuar diario. Los grandes avances en el posicionamiento de sus temas podrían llevarnos a pensar en ellas como un contrapeso efectivo en relación con los gobiernos de todos los niveles. Sin embargo, sus luchas no responden siempre a los intereses de la sociedad y en más de una ocasión se rigen bajo las mismas reglas difusas que utilizan los políticos.

En este ir y venir de piropos románticos a la sociedad civil organizada, a los colectivos y organizaciones no gubernamentales, nos hemos olvidado de toda autocrítica. Hay líderes de organizaciones civiles que replican dentro de ellas los mismos mecanismos de opresión y poder contra los cuales se suponía que trabajaban. ¿Desde cuándo hemos dejado de ser ciudadanos iguales en dignidad y derechos para convertirnos en divas de difícil alcance? Yo creo que desde que descubrimos que nuestras luchas reditúan beneficios. Desde que olvidamos la línea que nos divide, en atribuciones, de quienes ejercen el poder del Estado.

La corrupción no es un asunto de alcaldes y presidentes; nos atraviesa a todos por igual y todo en algún grado la validamos. En contradicción con lo que afirma Paulo Freire, “el oprimido no sueña con ser libre, sueña con ser opresor”. Basta sólo un poco de atribuciones adicionales, sólo una pizca de poder que nos coloque por encima de nuestros pares, para comenzar a tejer redes de amiguismo, compadrazgo, corrupción y autoritarismo. Es ésta la génesis de los juniors, las ladys, los gandallas y los influyentes, del “no sabes con quién te estás metiendo”.

2015-01-25 Imagen

La sociedad civil no está exenta de dichas prácticas. Para ejemplo me atrevo a lanzar algunas preguntas que me han surgido desde mi trabajo como activista y defensor de los Derechos Humanos. La primera es con respecto a los colectivos feministas: ¿por qué tantos de ellos se niegan a revisar las concepciones de las que parten sus discursos? En efecto, las mujeres han sido históricamente discriminadas y vulneradas. Por supuesto que tienen sentido las distinciones jurídicas de discriminación positiva pero ¿tiene sentido un discurso que castiga moralmente a aquellas mujeres que no siguen al pie de la letra las ideas de algunos colectivos? ¿Deben las mujeres telefonear a sus amigas feministas para consultarles qué tan patriarcales decidieron vestir hoy?

La segunda es con respecto a los protagonismos en las organizaciones. ¿Qué nos hace creer a los defensores de Derechos Humanos que merecemos un trato social y mediático superior al de cualquier persona? Aquí no hablo tampoco de las distinciones normativas ni de los mecanismos de protección que tanta falta hacen para proteger a la lucha social. Hablo de aquellos que creen que su posicionamiento es más relevante incluso que el de otras personas que defienden la misma causa. Que creen que es su derecho inalienable el encabezar una marcha porque tienen “mayor capacidad de movilización” que un activista espontáneo. ¿Es necesaria la carrera y credencialización de las personas que deciden movilizarse un día por alguna causa concreta?

México atraviesa una situación sumamente adversa en donde todos necesitamos organizarnos y salir como la unión de frentes con distintas ideologías y métodos de lucha, pero con un propósito muy claro: construir un mundo más libre e igualitario.

Esto es una invitación a no olvidar que aquellas personas que hoy ejercen el poder de forma autoritaria, y que reprimen los sueños de las personas de manera brutal, ayer fueron formadas con los mismos valores e ideas con los que nos movemos hoy los ciudadanos de a pie. Incluso algunos fueron ayer líderes de movimientos sociales. Hay que tener presente que la corrupción nos atraviesa a todos y que son las personas las que deben encabezar los movimientos sociales, no las estructuras corporativas. No somos pueblo bueno contra gobierno malo. Somos pueblo contra sus propios vicios y concepciones erróneas del ejercicio del poder a cualquier nivel.Iconofinaltexto copy

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Eduardo Martinez Lara

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