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Muchos emprendedores, pocos aprendedores

Como la mitad de la población chilanga, hace un tiempo quedé varado en el tráfico porque un contingente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación bloqueó las calles para enjaular en el Centro Banamex a nuestros muy honorables y muy damnificados legisladores.

Algunos en el camión expresaron su molestia, pues “ya iban tarde” (no entendí por qué, si ya iban tarde, les surgió de pronto esa devoción por la puntualidad). La reacción natural que asomó también a mi cabeza fue, debo decir, la queja. Pero por natural me pareció algo silvestre y poco acorde con todos estos siglos de evolución que nos separan del mono furibundo. Por eso me abstuve de mentar madres y por la noche me puse a leer qué es lo que piden los maestros.

Me reservo mi opinión general, porque hay muchos politólogos y economistas que se mueren por desquitar el sueldo, y que además lloran si el ciudadano de a pie les hace competencia desleal. Me detengo nomás en un punto del texto  “Hacia la educación que necesitamos los mexicanos”, publicado por la CNTE:

Proponemos una educación humanista que sustituya los valores del mercado por la práctica de valores universales.

Este solo enunciado –muy aparte de si es realizable para quienes lo enarbolan–, basta para que el sistema entero ejerza contra los manifestantes una presión tan iracunda como la del mar en su fondo. Porque pobrecito mercado, sacrosanto y vulnerable, cómo le van a sustituir sus valores.

Pero ¿cuáles son esos valores del mercado que se inoculan en los alumnos? La competencia sobre el aprendizaje, la educación enfocada al funcionamiento y nunca a la formación, la idea de que en nuestro sistema económico cualquiera puede ser exitoso (no todos, por supuesto, sólo cualquiera).

Y sí, es triste vivir en un país que mide su felicidad en empresas. El individuo se compra la idea nebulosa de que entre más de éstas haya más próspera es la nación, y se siente obligado a ser feliz con ella, como le han dicho que se hace cuando gana la selección de futbol. La plenitud consiste en ser empresario o trabajar para uno. La realización personal, se nos enseña, gira en torno a ese santuario llamado Mercado que ahora unos cuantos maestros proponen grafitear con –vaya osadía descarada– valores universales.

Claro: quién necesita humanos cuando lo que necesitamos son robots de carne para el progreso; a quién le interesan valores tan obsoletos como la igualdad, la justicia, la honradez y la honorabilidad –uy, súper siglo XII–, cuando de lo que se trata es de dejarse pisar mientras no nos toque pisar a nosotros.

No quiero pecar de abstracto: mis ex alumnitos de secundaria están creciendo con una idea de felicidad supeditada a su competencia para serle útiles al sistema económico. Lo veo todos los días en Facebook y Twitter: les causa orgullo la posibilidad de ser competitivos y productivos, aunque de esa productividad apenas vayan a recibir una partecita (están resignados y hasta contentos al respecto). Peor: la vida es más dura porque en la realidad laboral ni siquiera hay lugar para todos ellos… para todos nosotros (chéquense este texto de Luis Felipe Lomelí sobre el asunto).

Tenemos, pues, un exceso de emprendedores y un déficit de aprendedores, especie esta última ya en peligro de extinción. La deshumanización resulta horrorosamente útil; no sorprende que ningún medio masivo hable de esta propuesta en particular de la CNTE. Y no será sorpresa, la desaparición en el plan de estudios de materias como civismo, filosofía, historia, arte y humanidades en general. Humanidades. Nada más alejado de la felicidad social vigente que el ser humano. Quizá por eso nos quejamos como primates involucionados contra quienes defienden la humanidad frente al Mercado.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada