Mi sexualidad es un pastel de chocolate.

-Miriam, para los hombres, las mujeres somos como un pastel de chocolate; si te les antojas, te van a buscar y procurar hasta que logren darte una mordida. Si dejas que te coman toda sin que les cueste trabajo, en cuanto se acaben el pastel, se van a levantar de la mesa y no van a sentarse de nuevo.

Es tan violenta esta analogía, que la voy a dejar en el anonimato. Pero sí, sucedió, y bajo esa premisa es que uno estructura al otro, sus posibles formas de relación (quién es el pasivo y quién el activo), la noción de su propio cuerpo (un pastel de chocolate finito), y a sus deseos (que no sé si en esta narración se consideraron de algún modo).

Y pese a que este relato no es parte de la mitología cultural literalmente, sí se perpetúa en forma y fondo como mandato bajo otros cuentos similares, que determinarán en el imaginario colectivo lo que se juega en la sexualidad dependiendo del género asignado:

Coger, para una mujer, será perder; coger, para un hombre, será ganar. Y se puede comprobar bajo infinitos ejemplos: “Ay, tiene muchas novias, es un coquetón” (con tono apremiante) contra “Anda con uno y luego con otro, qué fea muchacha” (con tono de negación o ya peor, de lástima).

Ok, quizás puede ser que este ejemplo suene un tanto a conversación de sobremesa de antaño. Voy con algo más actual: una de las directoras de la empresa en la que trabajé hace algunos años tenía sexo con uno de sus empleados; él era considerado un tipo bastante inteligente porque ganaba doble: el cuerpo de la jefa y un asenso laboral; para incrementar moralismos, según muchos, por este hecho, la directora estaba permitiendo que le vieran la cara (las mujeres, si cogemos, algo estaremos perdiendo, recuerden). Por otra parte, otro director tenía sexo con una de las empleadas, ella era asumida como un personaje sin dignidad, porque perdía doble: su cuerpo y su profesionalismo laboral; el jefe: un listillo.

Con este ejemplo de aventuras godinez me queda claro que sigue funcionando ese terrible mito del pastel de chocolate que me contaron de niña, en el que el cuerpo de las mujeres funciona como único objeto de transacción monetaria en el juego de la sexualidad (en sí, lo que se pone en juego), lo que se gana y se pierde; mientras lo otro –el cuerpo del hombre– queda intacto; su juego es otro: ¿qué tantas medallas has podido conseguir? (mandato que tampoco debe ser tan llevadero) .

Pensarnos así da origen a premisas que incluso respetan algunos feminismos con respecto a las mujeres que quieren vivir una sexualidad de manera no monógama: son “las putas impagas del capitalismo”; vamos, si bien no dudo de que algunas dinámicas poliamorosas perpetúan formas machistas, no siempre sucede de la misma manera. Asumir así estas prácticas de manera generalizada, es pensar aún al cuerpo de las mujeres como un objeto mercantilizable, que se pierde o se devalúa, en cuanto interactúa con los deseos de otro cuerpo con pene. Es, también, negarse a ver el deseo de ellas, bajo un mutismo castrante y asistencialista, que las asume como personajes que no tienen voz.

Por otra parte, toda esta impronta tan internalizada, da pie a que la palabra puta pueda seguir funcionando como el peor de los insultos, bajo la idea cristiana y posesiva de nuestro cuerpo: coger con tantos, significa perderlo todo, perderse a una misma. Una puta no tiene nada, es una miserable que ha cedido su dignidad, integridad y, quizás, su Yo a otros en cada bocado. “Entregarse” a tantos (sí, sólo las mujeres se “entregan”), las convierte en material con poco atractivo para el consumo simbólico; con esta moneda tan devaluada, no se puede hacer ninguna transacción interesante. Una medalla que casi nadie se quiere colgar.

¿Cómo dejar de pensarnos bajo un imaginario tan capitalista? ¿Tan de consumo? ¿Tan de perder-ganar?.

Cada quién podrá proponer lo que mejor le quede. Por mi parte sugiero romper con el simbolismo del maldito pastel; con coger voluntariamente, nadie pierde. Que cada una planteé cómo y bajo qué afectos y formas quiere follar. Lo maravilloso del cuerpo (de cualquiera) es que, si se le trata de manera adecuada, estará enriqueciéndose constantemente. Nadie se come a nadie… o bueno, ya saben a qué me refiero.

Y claro, que en esta revolución ontológica del cuerpo y el derecho a las sensaciones, es importante tener siempre presente que nosotras también gozamos de papilas gustativas. Eso jamás debe olvidarse.Iconofinaltexto-copy

@matusontuits

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Miriam Matus

Miriam comparte la idea de que el género es una construcción cultural desde que una muñeca, sin preguntarle su opinión, la llamó “mamá”. Hizo danza contemporánea y estudió Comunicación, donde descubrió que con las letras se pueden deshilvanar los discursos ya impuestos. También, para pagar la renta, se dedica a la investigación, y a veces estudia filosofía, aunque la verdad es que de eso cada vez entiende menos.
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