México siempre fail

México DF, 2012. Fernando Galicia

México DF, 2012. Fernando Galicia

Una vez una compañera de la universidad me increpó con la siguiente frase: “Para ser ateo, hablas mucho de Dios,  ¿no crees?” No quise responderle en el momento, pero silenciosamente pensé que una buena forma de explicarle mi situación sería mandarla al fondo del océano y exigirle no realizar ni un solo comentario sobre el agua.

En México sólo un 4.6% de los 112 millones de habitantes dice no profesar alguna religión. Del resto, la mayoría es católica (81.9%). Y de alguna manera hasta los ateos mexicanos somos católicos. A lo largo de nuestra vida somos permeados por la cultura, moral e ideología de la religión de Roma. Y eso no está mal del todo. Muchos valores y tradiciones cristianas son benéficas para cualquier hombre, no importando su credo.

Sin embargo recientemente Juan Carlos Romero Puga publicó en su blog un artículo que expone la muy deteriorada noción de la mayoría de los mexicanos sobre conceptos científicos. México siempre fiel y siempre último en comprensión de lectura y pensamiento matemático: México siempre fail. Es deprimente: muchos mexicanos piensan que la tierra le da la vuelta al sol en un mes y otro tanto piensa que los dinosaurios fueron contemporáneos de los hombres. Como en la Edad Media, señores.

Pero, ¿por qué habría de asombramos nuestro retraso? ¿Por qué sorprendernos de que en la televisión mexicana se sugiera la existencia de zombies si la religión más popular en este país predica el culto a un hombre que regresó de la muerte después de ser torturado al más puro estilo gore? ¿Cómo protestar contra las “limpias” como remedio médico si la religión predica la oración como una herramienta curativa? ¿Hay alguna contradicción entre el miedo que muchos mexicanos dicen tener contra los científicos “porque saben mucho”, y estas palabras de Martin Lutero?:

La razón es la más grande enemiga de la fe. Ella es la puta más grande del Demonio. Una puta carcomida por la lepra, que debe ser destruida, ella y su sabiduría.

Dejando de lado los motivos sociales, filosóficos y científicos de mi falta de fe en alguna fuerza sobrenatural, lo que más me provoca rechazo de la mayoría de las religiones es la mutilación del espíritu crítico que predican con sus dogmas. Como aprendiz de científico, considero que lo más hermoso que un ser humano posee es su curiosidad, su instintivo deseo de comprender cómo funcionan las cosas. Déjese a un niño frente a cualquier objeto y prontamente él comenzará a explorarlo, a experimentar con él y a elaborarse preguntas al respecto: ¿qué es? ¿cómo funciona? ¿cómo llegó aquí?

Sin embargo en la religión no se pregunta, se acepta. No se investiga, se busca la respuesta en la biblia. No lo digo yo, lo dice Lutero. Claro, cualquier generalización es mala y reconozco conocer a varios científicos inteligentes creyentes. Pero yo sí creo ver una relación causal entre nuestros atraso educativo y nuestra muy arraigada fe católica.

Sin embargo, lo peor de todo esto no proviene de las iglesias, sino de los mismos ateos. A lo largo de mi infancia, mi padre (también ateo) me censuraba cada que realizaba alguna pregunta incómoda sobre aspectos contradictorios de la religión. Esta conducta “respetuosa” es muy común entre los no creyentes. Pero creo que aquí existe una confusión. El silencio no es respeto. Y las preguntas no son ofensas. En México, y en el resto del mundo, las manifestaciones públicas religiosas son algo normal y algunas son consideradas (justamente) patrimonio cultural. Sin embargo, la exposición de las ideas de los no creyentes, son muchas veces vistas como ataques o falta de respeto a los credos teístas. Declarar “Dios no existe” parece ser un afirmación aún más violenta que pasar todos los domingos de puerta en puerta lanzando amenazas de fuegos eternos sobre la carne viva de no aceptar a cierta deidad ególatra en tu corazón.

Un objetivo de cualquier religión es aumentar su base de creyentes. Por lo mismo, las religiones se encuentran en una constante lucha de ideas. Sin embargo, en esa lucha, el pensamiento ateo ha sido excluido. Esto es similar a realizar un debate sobre la tauromaquia sin invitar siquiera a una organización protectora de animales. Y quien ha evitado entrar al debate, son los mismos no creyentes. Por respeto, se dice.

Pero hay cosas dentro de la misma práctica religiosa que no son siquiera respetables. Dentro del catolicismo la misoginia e intolerancia no son una desviación del dogma, se encuentran en el centro del mismo. Y cuando la religión católica se alza como vencedora en el concurso de popularidad de credos, en el podio también la acompañan estas actitudes. Por lo mismo considero necesario presentar otro punto de vista, hacer público la postura no creyente. No como un ataque a la religión, solamente como otra opción.

No hace falta la confrontación directa. En lo personal, considero que el ejercicio de un espíritu crítico, la constante puesta en práctica del pensamiento analítico-científico, llevará al cuestionamiento de muchos dogmas religiosos insostenibles. Vaya, la vía para combatir los atrasos ideológicos no es atacar las respuestas teístas, sino simplemente fomentar la elaboración de preguntas.

Pero que se entienda, nadie está negando los aspectos positivos que la fe puede llevar a las vidas de los creyentes. Aún así considero que existen otras vías más sanas para obtener los beneficios morales de la religión. Nadie está llamando tontos a los que ejercen alguna fe. Tontos los hay católicos, ateos, cristianos, judíos, budistas, islámicos. Pero sí es innegable la profunda incompatibilidad entre los sistemas de pensamiento católico y científico. Mientras que en el primero existe una lista de dogmas y hechos inamovibles, lo fundamental en el segundo, como diría Einstein, es no dejar de hacerse preguntas. Y dudar, dudar de todo, sobre todo de los propios resultados de la ciencia. Quién quita y al final resulta que, antes del perro, los primitivos humanos sí tenían algo parecido a un Dino como mascota.La Hoja de Arena

@nandoestuamigo

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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