Metro

La tarde moría. Destellos naranja empezaban a cubrir el azul del cielo. Las luces artificiales de la ciudad comenzaban puntualmente su función y las sombras poco a poco desaparecían sumergidas en el resto de la oscuridad. Poco a poco, la ciudad también moría. Las puertas de los negocios comenzaban a cerrarse mientras los bares y cantinas comenzaban la cacería de la noche. Por las calles, oficinistas de sacos gastados se dirigían mecánicamente a sus hogares. Mujeres de faldas grises apresuraban el paso, asustadas por la cercanía de la noche en el centro de la ciudad. Como siempre, ningún niño jugaba en las calles.

Pagué y salí del café. En mis venas la cafeína no producía ya ningún efecto. Pensé en la posibilidad de entrar en alguno de los bares de Bolívar, pero mis bolsillos ya estaban vacíos. Sólo tenía un boleto del metro. El mismo que había estado ahí por semanas. El mismo en el que había escrito mi nombre con tinta roja.

Seguí caminando sin rumbo fijo. En la esquina de Madero y Mesones vi a una bella mujer que usaba un largo saco negro y tacones altos. Decidí seguirla. Caminamos juntos hasta el Zócalo. Ahí ella pareció notar mi presencia y entró rápidamente al metro. Yo quedé nuevamente solo.

Durante un rato (mi reloj marcó cerca de una hora) miré la iluminación de aquella gran plaza. Imágenes formadas por focos tricolores iluminaban las fachadas de los edificios gubernamentales y las luces de la catedral alumbraban cada una de sus campanas y torres. Aún así la oscuridad se adueñaba de algunos rincones de la plaza. Sin ninguna razón que me empujara, solamente siguiendo la idea que llevaba varias semanas en mi cabeza, busqué el boleto del metro en el bolsillo de mi pantalón y comencé a bajar las escaleras de la estación Zócalo.

Giré el torniquete de la entrada y caminé por el andén. Me dirigí al final del pasillo y ahí esperé. Hacía rato que el fluir de gente había cesado y en aquella estación, en aquel momento, se veían muy pocos pasajeros. Esperé. La tardanza del tren me dio tiempo de imaginarlo todo. Me vi en el momento de dar el último paso, atraído por la luz del primer vagón como una palomilla atraída por una luz en la noche. Imaginé la cara de terror del conductor, vi su mano intentado frenar inútilmente la marcha del tren. Pensé en el dolor que el golpe provocaría a mi cuerpo, pensé en la carne destrozada, en mi cara deshecha. Tuve la más terrible visión de mi próxima muerte.

Esperé. En los altavoces de la estación se anunciaba el retraso del tren. Pensé en lo ridículo del tiempo y de mi espera. Lo vivo que quedaba dentro de mi creyó ver en aquél retraso un signo, una esperanza. Y entonces busqué una señal. Dirigí mi mirada hacia cada uno de los habitantes de aquel andén. Frente a mí, del otro lado de las vías, ajena a la lujuriosa mirada del gordo señor a su derecha, vi a una pareja besándose. No había nada especial en ellos, el poco amor que uno pudiera sentir por el otro no era consuelo para mí. Nunca había encontrado en aquella droga razón alguna. Y nunca la encontraría. Seguí buscando. Mi mirada repasó a cada uno de los habitantes de aquella estación del metro. Nada sorprendente, nada que me quitara el aliento. Los mismos humanos absortos en sus mundos, ajenos a la realidad, encerrados en sus sentidos. No había ninguna señal, nada me impedía saltar frente al tren.

Esperé. No sé cuanto tiempo esperé. De repente, oí risas a mi derecha. Volteé. En la entrada del andén, dos niños pateaban una lata, jugaban fútbol con ella. En sus manos cargaban una caja de chicles que seguramente vendían en los vagones del metro. Sus ropas sucias y sus pies descalzos combinaban con sus caras llenas de mugre. Aún así, ajenos a su propia vida, a su propio destino; ellos pateaban aquella lata como un balón.

Oí el tren acercarse. Vi el tren pasar frente a mí. Miré al tren detenerse. Las puertas del vagón se abrieron y yo tomé asiento en el primer lugar que vi desocupado. Bajé en la siguiente estación esperando que el próximo tren no tardara mucho.

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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