Memes en el templo o el meme-gate de Chapultepec

meme

Todo sucedió en el lapso de un fin de semana. En el primer acto, un amigo de FB creó su propia adaptación de conocido meme, y como imagen usó a uno de los Niños Héroes que adornan las terrazas del Museo de Historia Nacional, mejor conocido como el Castillo de Chapultepec. Durante el segundo acto, la persona encargada de manejar las redes del Castillo decidió compartir la imagen, invitando a los demás visitantes a crear más memes con sus fotos del museo. El tercer acto comenzó con porras porque “por fin quien maneja las redes no tiene la misma edad que el Castillo”, y con expresiones de gusto por poder entrarle al cotorreo histórico desde ese ángulo tan millennial. Poco a poco, sin embargo, el tono de los comentarios fue migrando hacia las zonas oscuras de la indignación patriótica, llegando al punto de exigir la renuncia de los ignorantes que habían osado manchar con esa corrientez el nombre e imagen de un prócer de la patria. Como epílogo, la foto fue borrada de la página del museo, y unas muy mesuradas disculpas fueron dirigidas al público digital. Hubo respuestas alentadoras y, predeciblemente, aún más curiosidad por ver el meme sacrílego, mismo que algunos samaritanos se apresuraron a compartir.

Más allá de la decepción de muchos por ver cómo unas pocas voces gritonas pudieron más que aproximadamente dos mil moderadas risas, el incidente se presta para hablar de la omipresencia de los memes en nuestras vidas, pero como una es muy aferrada, también da tela que cortar sobre un problema sumamente común en la manera en la que los mexicanos experimentamos todo lo histórico: la solemnidad asfixiante.

Hagamos memoria: en los años de la primaria, secundaria, o incluso la prepa, el tono que se usaba para hablar de nuestra historia era el de la gran memoria de la Nación con mayúsculas. El pasado que estudiábamos en las aulas era el tiempo dorado de los héroes que nos dieron patria y etc., etc. Un tiempo cuyos detalles debían ser memorizados y venerados para… pues para generar orgullo, sentimiento de responsabilidad, culpa judeocristiana, yo qué sé.

Pues eso; si la educación cívica y nacionalista del país lleva años dedicándose a ensalzar a las épocas y personajes históricos como si fueran elementos de una religión civil, se desprende que estas figuras necesitan de su espacio de veneración, y pues es en este punto de la narración en la que se recurre a los bonitos museos de historia. Es así que el meme-gate de Chapultepec puede interpretarse como la indignación de los alumnos perfectos del sistema, porque un hereje facebookero se atrevió a comparar a un digno miembro del santoral con el muchacho cotorrísimo y pelado de Caso Cerrado (el origen del meme famoso, un video medio grotesco que no vamos a poner acá).

La cosa es que esa misma historia que nos imaginamos unidireccional y sin mancha no es más que la versión reacomodada de una sucesión de días y de hechos que, muy probablemente, no tenían la misma aura de oficialidad a los ojos de sus testigos presenciales. Dicho de otra forma, no hay nada en los registros que nos pueda probar que los mentados niños héroes no eran a su vez unos escuincles cotorrísimos y pelados, colocados en una situación de la que no tenían control, y a la que afrontaron pensando en todo menos en la gloria duradera de sus nombres, que haría que doscientos años después sus feligreses tecleadores desearan muerte y sufrimiento a los infieles.

Todo esto se hace aún más inquietante cuando nos damos cuenta de que probablemente seamos de los últimos públicos en armar tal escándalo por este tipo de gestos. De hecho, son muchos los museos del mundo que tienen iniciativas para invitar a sus visitantes a interactuar con sus colecciones con cierto humor. Sin embargo, cada que una instancia cultural mexicana intenta hacer algo remotamente parecido, les paran la fiesta en seco.

Ahora, para ahondar en el malviaje, toda la historia esta de los memes en el templo me hace pensar muchísimo en Agamben y su texto “¿Qué es un dispositivo?”. Haya calma, les manejo la versión pop: el este muchacho Agamben se preocupa por los espacios e instancias que concentran en sí el poder de regir gestos, conductas, opiniones y e incluso discursos de los seres vivientes; los llama dispositivos, y en general le inquietan tanto que dedica el texto a proponer una estrategia para enfrentarse a ellos y apropiárselos. La profanación, nos dice, es una manera de liberar aquello que ha sido capturado para devolverlo a un posible uso común, al mundo de lo profano.  ¿Y cómo se hace esto? Pues, en sus propias palabras, “a través de un uso (o, más bien, un reuso) completamente incongruente de lo sagrado. Se trata del juego”. El juego tiene el potencial de invertir lo sagrado conservando algunos de sus componentes más importantes, reformulados para poder usarse en otras cosas sin el peso opresivo de toda esta aura contundente de los dispositivos.

Visto así, el meme-gate es el perfecto acto profanador porque, de pronto, con un vil chiste que se hizo popular, la balanza del poder comunicativo se inclinaba no hacia los curadores e historiadores, sino hacia los visitantes, categoría que incluye a los universitarios iconoclastas tanto como a esos que confunden todas las fechas, a los que corren a las habitaciones de Carlota porque qué ilusión la vida de la emperatriz, a los que se sacan selfies y a los que se aburren y les buscan caras chistosas a los retratos (aceptémoslo, este ejercicio de entretenimiento en sala tiene raíces mucho más antiguas que las redes sociales). Las invasiones bárbaras, pues.

La memificación de la historia no es más que uno de los posibles gestos sacrílegos (chiquitos como un meme o grandes como la reinterpretación de una pieza), con los que todos podemos constituirnos en creadores de una modalidad del discurso, escapándonos al fin de la borreguil categoría de audiencias que necesitan ser educadas mediante la contemplación de reliquias.

Hay de memes a memes, claro, pero los mejores de ellos pueden ser liberadores. Si me río de esto, me lo puedo apropiar, lo puedo sentir cercano, y luego quién sabe qué cosas se me ocurrirán que no tienen nada que ver con la línea solemne y militarista que los santuarios de la historia oficial insisten en seguir predicando. La cábula es, en este sentido, nuestra propia revolución chiquita contra ese tipo de patriotismo que nunca nos ha dado chance de pensar ni cuestionar nuestra propia historia, contra los museos en los que la risa estorba y, por qué no, contra todo tipo de autoritarismo trasnochado.

@shebacr

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Sheba Camacho

Sudcaliforniana con estudios en Antropología y Museología. Miembro del prestigiado club 'Este año sí termino la tesis' y de la asociación de detractores del nacionalismo. Sus intereses giran en torno a la identidad, la memoria y las colecciones de los museos. Sus vicios incluyen pasar demasiado tiempo en internet y leer los comentarios de los foros.
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