Marxismo interestelar

Hace algunos días, un colega y yo realizamos un ejercicio de heterodoxia reglamentada. El ejercicio consistió en intercambiar enunciados marxistas por los pasillos y jardines de la universidad. Frases de la guardia roja al mejor estilo leninism old school. Este evento lúdico y sin relevancia comenzó a volverse preocupante hasta que un riguroso profesor de política comparada formado en Estados Unidos nos escuchó y observó cual antropólogo en prácticas de licenciatura. Mi colega germanófilo citó la importancia  de la Geschichte und Klassenbewußtsein (1923) de George Lukács en un acento “deutschilango” extraño para los pasillos de nuestra Factory of Easton Studies. Le repliqué: “deberían reeditar El alma y las formas” y anoté “el marxismo crítico comenzó a podrirse con la alquimia funcionalista de Jon Elster”. Provocación innecesaria. Fanfarronería propia del ignaro del homo academicus. El profesor nos miró con el desdén de una feminista a un ranchero mexicano o con la misma ira que un católico en la Noche de San Bartolomé. El punto que logramos constatar fue que el lenguaje de clase enarbolado por la gramática marxista, aquélla semántica con la que se formaron nuestros profesores de teoría social y filosofía política, es un lenguaje incómodo, incorrecto, obsoleto: un vocabulario de mal gusto.

¿Cuáles serán las razones por este desprecio estético por el lenguaje marxista? ¿La explicación de la sociedad según la lucha de clases pereció con la caída del socialismo real? El vocabulario marxista murió al grado de pertenecer al cementerio de las semánticas destituidas; sin embargo, el objeto de estudio de ese lenguaje —la lucha de clases— no logró irse del campo de batalla. La marxología como un speech act de lo políticamente incorrecto. Quizá por ello las conjuras de los espectros marxistas logran robustecer su fuerza fantasmagórica cuando los amigos del mercado predican la desaparición del Estado. El ejercicio de incorrección terminó. Acto seguido, tanto el Professor como mí colega y yo caminamos rumbo a nuestra torre de marfil: el cubículo. Ya en este espacio inmaculado, surgió la tentación de explicar por qué la gramática marxista cedió los derechos de crítica a las teorías pluralistas de cuanta gringada engulle un Journal. Mi primera hipótesis fue que la lucha de clases, más que los indicadores de pobreza o la constatación de la polarización económica, es un postulado de la razón económica. Respuesta demasiado sesuda o inútil. La segunda hipótesis provino a partir de la lectura de la película Elysium: la lucha de clases es un hecho.

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En efecto, Elysium es un filme de ciencia ficción que tiene mucho de ciencia y poco de ficción. En un ambiente apocalíptico en el que los pobres habitan una Tierra sobrepoblada, contaminada, mascullada por la anomia de la escasés, sólo la clase privilegiada tiene acceso a los bienes básicos: alimentación, salud, educación y vivienda. Sin embargo, más importante aún, los habitantes de  Elysium tienen el derecho fundamental más importante: el derecho humano al Estado. Los habitantes de la tierra no tienen derecho(s): son migrantes, seres anónimos, corrompibles e invisibilizados por las fustes torcidas del capital interestelar ¡Si capital interestelar! Por ello, el desdibujamiento de las fronteras en la Tierra conlleva el anquilosamiento de las identidades en el planeta alternativo. La sorpresa final comenzó cuando constaté que los escenarios post-apocalípticos de muerte, desolación y marginación radical fueron montados[grabados] en nuestro México lindo y querido. Un cameo en el que se vislumbra un tinaco Rotoplas permite corroborar que, efectivamente, Chalco, Neza, Ecatepec y el suntuoso Bordo de Xochiaca son los principales escenarios  en los que se desenvuelve el paisaje venéreo de la película. ¿Sorpresa? ¿Casualidad que una de las distopias más interesantes de tiempos recientes esté grabada en nuestro país? No tengo respuesta, pero para lo que si tengo es para anticipar la vuelta a la lucha de clases o quizá, esta lucha nunca se fue del todo. Kant llamó a este fenómeno la “ilusión trascendental”: la desaparición de la gramática marxista no trajo consigo la desaparición de la lucha de clases. Por consiguiente, al igual que Neil Blomkamp, constato que mientras más alejados estemos de la republica de los desperdicios, más poder adquisitivo disponemos para ocultarlo. El grado de visibilidad del desperdicio es proporcional al ingreso económico. El problema es que, aunque la basura la guardemos debajo de la alfombra, el polvo que sorbemos acelera el miasma nuestro de cada día.

En fin, Elysium es, una vez más, una exageración política, una cuña conspiracionista o una representación alejada de la realidad sólo para los habitantes de este planeta ficticio: entes alienados para los que los derechos son un privilegio, una ley privada, una privatum-legium que recuerda que el peor pecado de nuestra época es el negarse a mirar y privar a otros del privilegio la vista. El materialismo cuántico lo confirma: el universo es una constante lucha de clases.

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Ángel Álvarez

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