Mamá, soy tuitero, los niños me molestan

 

Bebé-llorandoCada vez que sucede algo de relativa importancia, Twitter se parte en dos facciones casi shakespeareanas: el grupo uno lo componen quienes expresan sus opiniones, celebraciones y desencantos sobre la noticia; el grupo dos son todos los que se quejan del grupo uno.

El tuitero, cuando opina (ya de los Premios Oscar, ya de las elecciones), se convierte en blanco de ridiculización y ninguneo. Según el tema y la ocasión, habrá siempre un grupo descalificador que con ironía lo llame “experto” y lo exhiba como un ingenuo.

Si habla de política, lo atacarán por asumirse conocedor del sistema de tuberías del poder; los ciudadanos indiferentes –esos que no tienen idea de quién es su diputado, pero comen pozole el 15 de septiembre y se saben las dos primeras estrofas (incluso algunos versos de la última) del himno nacional– les harán burla y los invitarán a ponerse a trabajar en lugar de tuitear sospechas y reclamos (como si redactar un tuit consumiera toda la jornada laboral).

Si habla de películas y premios, le increparán la osadía de asumirse crítico de cine; y si el premio lo entrega Hollywood, ¡ay del pobre tuitero banal!, porque además la secta intelectual le escupirá y rogará a San Festival de Cannes por su alma.

Si opina sobre la noticia de última hora, será despreciado por contribuir a llenar el timeline de otros tuiteros con el mismo tema por horas (tuiteros que seguramente están obligados por ley o manda a leer todo); lo acusarán, nuevamente, de creerse muy inteligente y sacar muy rápidas conclusiones.

Por otro lado, si carece de opinión, si en determinados temas ríspidos (como el medio ambiente o las corridas de toros) ejerce su legítimo derecho de observación, verá caer sobre sí una turba de fanáticos que lo llamarán inconsciente, lo insultarán por sentirse demasiado sabio para pronunciarse a favor o en contra, y querrán obligarlo, no sólo a tener una opinión por escrito, sino a actuar en consecuencia.

Es socialmente condenatorio, pues, que el tuitero escriba sobre política, cine, arte en general, economía, etc., a menos de que pueda comprobar su doctorado en la materia. Todo indica que si no te apellidas Bergman o Kurosawa, tu opinión sobre lo que te gustó o te disgustó de una película será pisoteada por absurda; si sospechas del presidente pero estudias medicina, olvídalo, regrésate a atender diarreas y deja que los del ITAM hagan su chamba.

Qué se le va a hacer. En Twitter, como en los embotellamientos viales, no cabe la empatía. Despojado de áreas de especialidad, al tuitero no le queda más que escribir sobre la vida en general, ésa en la que todos los demás, al parecer, son muy expertos.Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada