Mal amigo

Hace algunos días volví a encontrarme con un amigo napolitano después de seis años. El tiempo es largo si lo medimos con el baremo de los números, pero  corto si el recuerdo es medido en intensidades. Los reencuentros son tan gratificantes como dolorosas las rupturas. Quizá por esto la mejor forma de olvidar un presente viejo sea con un pasado nuevo: aprender a recordar, aprender a olvidar y ¿por qué no? aprender a planear. La charla con este amigo avanzo entre las anécdotas, el café y la algarabía del encuentro pospuesto. Al estar frente a él, lo detecté: las amistades se cultivan, se potencian, se dilatan. Una amistad es una gratitud que el egoísmo de nuestro tiempo no debe perturbar.

La amistad no es celosa es bastante prolija. El problema es que vivimos tiempos en los que la amistad es un lujo, una ostentación del alma, una virtud anticapitalista. Olvidamos que la amistad es una celebración de saber que alguien sonríe contigo, la complicidad de la queja compartida o, en el mejor de los casos, la experiencia de vivir tiempos coincidentes. Nunca he creído en las generaciones o en las vivencias por edades. Sin embargo, la amistad produce la ilusión de saber que somos animales sin cautiverio elegidos por convicción. Esta atracción de amistad es similar a la sensación que los amorosos descubren con el contacto de las pieles o con el roce de los labios secos. Los amigos festejan quejándose de lo mal que les va en la vida o manifiestan su desazón por los bienes que le acontecen. Los amigos saben que, aunque pase el tiempo o los lugares sean lejanos, la complicidad vital permanece inalterada. Por eso no creo que un mal amor implique una buena amistad. Ni que una pasión amorosa devenga en un trato amistoso. En el fondo, la amistad perdura y el amor perjura.

malamigo

Aun así, la amistad es compatible con el amor sólo cuando los amantes no tienen interés en mantener un lazo emotivo o cuando los amigos no presencian una tensión sexual. Es posible que el amante devenga en amigo cuando realmente existe una voluntad de felicidad. La dificultad reside en que el “deseo de otro” y el “deseo por el otro” son fácilmente confundibles. Cicerón lo apuntó “la amistad comienza donde termina o cuando concluye el interés”. El amor es siempre interesado. La amistad es desinteresada o es una técnica para evitar la soledad, sacar provecho de los otros o la renuncia de nuestras pocas posibilidades para salir de nuestro caparazón narcisista. El punto es que los amantes que pretenden engañar a los sentidos justificándolos como lazos de amistad o los amigos que intercambian convivencias para seguir enamorándose son el reflejo de la impotencia, el temor y la incertidumbre que produce el sabernos unos animalitos vulnerables. La próxima ocasión intentaré no ser un mal amigo, de esos que esperan la invitación aunque no frecuente al invitado, o de esos que aman a escondidas sin confesar el entusiasmo por el pecado.Iconofinaltexto copy

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Ángel Álvarez

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