Luis Royo, Rammstein y daydreaming

Debía tener yo alrededor de doce años cuando vi por primera vez un dibujo de Luis Royo, en la portada de una revista, quedé ridícula y juvenilmente enamorado (disculparán ustedes la triple perogrullada) de la muchacha en la portada, que bajo una corona de espinas metálicas miraba fijamente al espectador, el maquillaje corrido por algún llanto reciente y, sin embargo, ojos penetrantes y determinados en un gesto sereno. La pintura se llama The Announcement. Dentro de la revista había un breve reportaje sobre Royo y más pinturas suyas; quedé absolutamente fascinado y el maestro español se convirtió en uno de mis primeros y más longevos ídolos.

Me dediqué a buscar en el entonces todavía joven internet más información y, sobre todo, más pinturas suyas, me puse a hacer una colección larguísima de imágenes guardadas en la computadora e impresas de tantas pinturas como pude y me dedicaba durante horas a ver meticulosamente cada detalle en las imágenes más intrincadas y a admirar los trazos certeros en las más sencillas. Para mí resultaba un misterio inexplicable cómo Royo podía conseguir que sus pinturas fueran muchas veces tan fotográficamente realistas, cuando encontré una serie de imágenes que mostraban el proceso de una pintura desde el tenue trazo inicial hasta la etapa final me mantuve escéptico: aquella sucesión de pasos no podía explicar de ninguna manera la venerable hechicería de Luis Royo, a quien yo entonces concebía no tanto como un artista de carne y hueso sino como una presencia abstracta, quizá incluso más bien el nombre clave de un portal a través del que nuestro mundo recibía fotografías de otro mundo.

Sucedió que, de manera prácticamente simultánea, conocí al mismo tiempo la música de Rammstein; el primer disco que escuché fue Mutter y, efectivamente, la primera canción que escuché de ellos en toda mi vida fue Mein Herz Brennt. Lo escuché en casa de un amigo que era un poco mayor que yo, me aseguró que tenía que escucharlos, puso el disco a todo volumen y luego se sentó a disfrutar de mi muda de expresiones: comenzaron los violines y me quedé abstraído, después furiosas guitarras embistieron a los violines y, Dios mío, nunca en mi vida olvidaré lo que sentí en ese momento; ni siquiera voy a intentar describirlo porque no podría, pero estoy seguro de que algún eventual lector entenderá a qué sensación me refiero y habrá tenido la bendición de experimentarla en su propia vida. A partir de entonces, y con esa alineación de sucesos, las imágenes de mujeres hermosas en mundos fantásticos y postapocalípticos de Luis Royo quedaron para mí irremediablemente unidas a la música de Rammstein. Los mundos que pintaba Royo eran una patria que sentía mía, y la música de Rammstein era el himno de esa nueva patria.

De modo que, a partir de ese momento, escuchando música del grupo alemán (y sobre todo Mutter, que me apresuré a conseguir lo antes posible), embriagado de admiración y obsesión por Royo, pasé años haciendo dibujos de mujeres (que intentaba retratar hermosas, aunque ahora me doy cuenta de que mis dibujos resultaban risibles) que eran ángeles melancólicos, guerreras estilo ciberpunk, que podían estar en atuendos reveladores o en medio de ambientes hostiles pero que, sin embargo, tenían una actitud retadora y ―según yo― poderosa… es decir, durante años me convertí en una copia ultra baratísima de mi artista favorito. Actualmente todos esos dibujos están guardados y me evitaré muchos ridículos manteniéndolo así pero, aquí está a lo que me importa llegar: años de dibujo, de intentar emular, me sirvieron de enseñanza, de una forma u otra. Luis Royo es, junto con Mike Mignola y Scott Campbell, uno los artistas que considero fueron más que imprescindibles para mi formación como dibujante, los primeros de quienes pasé incontables horas mirando y remirando sus trabajos y suspirando, deseando algún día poder hacer cosas al menos la mitad de buenas.

No sólo me ponía a dibujar, también pasaba mucho tiempo mirando fijamente una u otra pintura de Royo, escuchando música (ya saben cuál), e imaginando historias completas con cada combinación, muchas historias de las que cada pintura era una escena inicial, culminante o eventual, pequeñas películas completas que imaginaba vívidamente en un constante estado de soñar despierto: las pinturas de Royo eran la película que más ganas tenía de ver en la vida, y el soundtrack no podía ser otro que la discografía completa de Rammstein,

No fue sino hasta un par de años después que pude conseguir algunos libros de Luis Royo; ninguno demasiado voluminoso porque eran ediciones costosas; hojeé los libros una y otra vez, reconociendo pinturas que yo ya podría describir de memoria, conociendo otras que no había visto antes, ahora ya no solamente admirando y copiando sino, además, intentando aprender, esta vez a consciencia. Finalmente dejé de intentar emular el trabajo de Royo, pero el inmenso y temprano amor que tuve y sostengo por su trabajo afectó y tiñó para siempre el mío y me siento feliz y agradecido por eso.

El pasado viernes, en la convención de comics La Mole, en la Ciudad de México, conocí en persona a Luis Royo. Me sorprendió ver a personas que llegaban con él no solamente a comprarle dibujos, sino a ponerle delante cada uno montones de libros ―enormes, bíblicos― para que él los firmara todos, como si cualquier cosa, como si fuera poco más que un trabajador en serie. No pregunté a nadie si la española madura pero evidentemente más joven que él, que se encargaba de los papeleos y del dinero, era su esposa, pero era admirablemente guapa y su rostro me hizo pensar que quizá Royo la había creado en una de sus pinturas.

Compré, pues, una litografía grande y firmada por él de The Announcement y conseguí un sketch original que le vi dibujar ante mis ojos. Mientras Royo dibujaba atiné a balbucear que me emocionaba mucho conocerlo, que había conocido su trabajo a los doce años y que eso había cambiado mi vida. Royo, ya con cabello y barba completamente blancos, con manos ligeramente trémulas pero todavía de trazos firmes, alzó la vista del papel un momento para mirarme fugazmente tras sus gafas y sonreírme. Cuando me alejé, cargando mi reproducción y mi original, me esforcé para no ponerme a llorar en medio de la concurrencia; para mí había completado un círculo, uno que ya sabía yo que era muy importante, pero que hasta ese momento me di cuenta de qué tan profundo era realmente. Iconofinaltexto-copy

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.