Los falsos parte aguas del tiempo

Quisiéramos pensar —los fatalistas— que el hombre es la medida de las cosas. Todavía existen los románticos que piensan que una despedida es el fin del mundo; lo que antes conocimos se derrumbará con cada vuelta de esa rueda que nos conduce a un camino desconocido. ¿Quién nos enseñó que las despedidas tenían que doler, que despedirse representa un parte aguas en el tiempo?
Esta condición se presenta en aquellos nostálgicos lectores que presienten el final sólo porque al libro le quedan tres páginas.

Si algo puedo decir que aprendí en la travesía literaria es que un libro no tiene fin, sino que se conecta con otro por una reminiscencia casi secreta. Roland Barthes dice respecto a la noción de intertextualidad que “Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores (…)”.
Cada despedida es similar. Terminaremos por emular una realidad que ya habíamos visto, no por ello limitándonos de disfrutar la particularidad de personas a las que conocemos y conoceremos.
A veces me pasa que, cuando leo una novela y este se vuelve un bien amado acompañante de días grises, al llegar a su final me limito de leer sus últimas páginas hasta que ya parece irremediable. No sucede lo mismo con la poesía: renace cada vez que vuelvo a ella.

Despedirse me recuerda a esas botas café de la infancia, con su etiqueta verde, que no pude usar más en el verano del 99. Un cantautor argentino dice que “poder decir adiós es crecer”; en el lenguaje de los árboles encuentro que el crecimiento es doloroso y callado, como la savia que resbala de su tronco.
Quizá por eso no me gusta despedirme. ¿Qué colores nuevos podrá presentarnos el universo?
Sólo basta con esperar que el futuro sea una hoja en blanco.
ÑÚ:
Para reflejarles, a modo de espejo poético, la sensación de la despedida, quisiera traerles este poema de Salvador Novo. Gracias por hacer de estas palabras un pretexto para no despedirme.

Mi vida es como un lago taciturno

Mi vida es como un lago taciturno.
Si una nube lejana me saluda,
Si hay un ave que canta, si una muda
Y recóndita brisa
Inmola el desaliento de las rosas,
Si hay un rubor de sangre en la imprecisa
Hora crepuscular,
Yo me conturbo y tiendo mi sonrisa.

¡Mi vida es como un lago taciturno!
Yo he sabido formar, gota por gota,
Mi fondo azul de ver el universo.
Cada nuevo rumor me dio su nota,
Cada matiz diverso
Me dio su ritmo y me enseñó su verso.
Mi vida es como un lago taciturno
.

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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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