Las Realidades de México

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El viernes pasado viajé a Oaxaca con la ilusión de al fin poder tramitar mi credencial de elector y mi pasaporte. En lugar de eso volví a sentir la tremenda frustración que suelen provocarme las instituciones mexicanas. En lugar de regresar con dos nuevos documentos de identificación, en el IFE me señalaron que  el nombre que aparecía en mi licencia de conducir no coincidía con mi acta de nacimiento: una letra se repetía (de todos modos me preguntaron si tenía tiempo y si sufría de hemorroides, ya que había mucha gente y esperaría largas horas esperando. “No se preocupe, tengo tiempo; pero dígame, ¿para cuando estaría la credencial?”. “Hasta agosto, son épocas de elecciones”, y como es de esperarse yo la necesitaba para mayo). Entonces pasé el resto del día en la oficina de Transito del Estado (más bien afuera, parado en la fila, castigado por el sol oaxaqueño) tratando de corregir el error. Cabe mencionar que el sudor mezclado con polvo, las quemaduras y la posibilidad de leer un libro completo son producto del sistema arcaico de la oficina de Transito; “Es el sistema, joven, anda fallando todo el día”. Bien. Aún tenía tiempo para hacer el intento de al menos tramitar mi pasaporte, así que acudí a la SRE, donde me dijeron que era imprescindible presentar la credencial de elector, o una cédula profesional o ya de plano una credencial vigente expedida por el Instituto Nacional de las Personas Mayores. Bien. Le pregunté al burócrata si sabía a qué hora cerraban el Instituto Nacional de Migración, “A las tres, joven”. Llegué resignado a las oficinas del INM, dispuesto a preguntar cuánto tendré que pagar de impuesto en mayo al viajar fuera de mi propio país, pero no, el guardia me preguntó que qué quería, al terminar de responderle me dijo que cerraban a la una. Bien; es claro que de nada me sirvió leer El Castillo hace años.

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   De regreso a casa venía escuchando la radio, no dejaban de transmitir spots del IFE; el verdadero culpable de mi fracaso. A lo largo del camino aparecían mantas con gordos políticos pidiendo tu voto para ser el nuevo presidente municipal de Santa Lucía del Camino. “¿Entonces qué, abuelo? ¿Paso por ti y vamos a votar juntos?” decía la radio. ¡Por el amor de Dios, BASTA! ¿Hasta cuándo tendremos que seguir tolerando el bombardeo mediatico del IFE, el intento desesperado de una institución sin prestigio por legitimar su existencia y su continuo devoramiento del presupuesto federal? ¿No hay piedad? ¿El hombre ya no siente temor a Dios? ¿Acaso nadie piensa en los niños? Yo sólo quiero viajar fuera del país, vivir un mes de tranquilidad.

II

medios1Llevaba harto tiempo sin cohabitar con una tele, hasta que regresé del gabacho y me fui a vivir con unos amigos. Siempre le he tenido desconfianza al televisor, no recuerdo donde leí —quizás en un libro de Feng Shui o algo así —que la pantalla de la tele gusta de succionar almas. Yo no la veo, pero de vez en cuando alguno de mis roomies la enciende; usualmente se ve ForoTV, un canal repetitivo de noticias y que en las noches transmite programas verdaderamente nefastos. medios2Yo nunca he comprendido por qué alguien quisiera ver un programa de esos de opinión donde pseudointelectuales “debaten” los “temas nacionales del momento”. ¿Por qué debo hacerle caso a un mequetrefe apologista del sistema? ¿Quién se cree este tipo? ¿En verdad creen las televisoras que soy tan ingenuo? Pero los somos, ¿no?; acuérdense cómo aquellos que se dicen de izquierda y que apoyaban a AMLO eran los primeros en encender sus televisores para ver Tercer Grado, y luego comentaban en Twitter sus reacciones hasta volverlo trending topic. O el caso jocoso de los chavales hipsters de Sin Filtro. Con qué propósito, sabiendo que los medios son un instrumento del poder, por medio de los cuales el Estado pinta su realidad. Cada opinólogo, cada reportero, cada cápsula informativa están amañados, van construyendo un mundo maniqueo, en donde los buenos claramente son el gobierno y los grandes empresarios, y los malos son los ignorantes, los revoltosos, los lumpen… los que atrasan el avance del progreso nacional. Una realidad en donde hay “una guerra entre buenos y malos”, como dijo Felipe Calderón; una realidad en donde no caben las víctimas porque de seguro eran narcos.

   Y llegamos al meollo del asunto: vivimos una época llena de horror. La administración anterior llevó acabo una política mediática obstinada en legitimarse y ganar adeptos para la cruzada de un presidente proveniente de unas elecciones cuestionadas; el mal es el narcotráfico, me necesitan para salvar a la nación, fue la idea de Calderón, proyecto que se realizó y que sumergió al país en un baño de sangre. A diario se veía en los medios cuerpos enterrados, colgados y mutilados, las capturas de delincuentes y su posterior presentación estilo jet set en los hangares de la marina. “Vamos ganando la guerra”, declaró la SEDENA. “Lamentablemente, a nuestro gran pesar, costará también vidas humanas”, dijo el presidente de facto. ¿Cuáles serían los efectos en la psique de los mexicanos al ver tantas imágenes violentas en los noticieros? ¿Y las vidas de los familiares de los desaparecidos, de los muertos, de las tan mal llamadas “víctimas colaterales”? No fue hasta la terrible muerte de Juan Francisco Sicilia y el posterior caminar de su padre y de todo el Movimiento por la Paz que se manifestó esa otra cara de la realidad: la del dolor.

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   Ahora presenciamos un fenómeno muy distinto, pero igual de político: de pronto ya no hay violencia. Ayer mismo que comíamos apareció un estudio en ForoTV de cómo había disminuido la cobertura de la violencia por parte de los medios nacionales. Es el descaro de Televisa informando que sí, efectivamente, acatamos las órdenes del gobierna de Peña Nieto y que se haga su voluntad. A los cien días del gobierno de Peña, el semanario Zeta publicó un conteo de homicidios cometidos por la delincuencia organizada: 4 mil 549 muertos. Diario Reforma publicó que al menos son 2 mil 351 muertes. Milenio, como era de esperarse, reportó 944 asesinatos. Puntoporpunto cruzó todos lo datos y llegó al promedio de 26 muertes por día, cantidad mayor que la de los últimos meses de Calderón: 23 muertes por día. Este miércoles la SEGOB informó que se ha contabilizado 4 mil 249 homicidios en lo que va del sexenio de Peña.

   Pero las cifras son frías, llenas de incertidumbre. Vamos a los casos particulares. Tan sólo en los Valles Centrales del Estado de Oaxaca han ocurrido recientemente una serie de desgracias. El 4 de diciembre encontraron el cadáver de Saúl, joven de Santa María del Tule. El mes pasado también en ese pueblo asesinaron al anciano Félix Matías Cabrera, campesino muy querido por los pobladores. La semana pasada hallaron el cuerpo de la joven desaparecida de Mitla, Elizabeth Cruz Martinez; muerte con la cual suman 20 feminicidios en el estado de Oaxaca en lo que va del año. También ocurrió el secuestro de dos niños del Colegio La Salle. Y hay más casos de este año, casos que se suman a los perpetuados el sexenio anterior, como lo son la desaparición del joven estudiante de la UNAM, Jesús Israel Moreno Pérez; el caso de la desaparición del maestro Carlos René Román Salazar; el secuestro de la esposa de un subteniente del ejercito, Yahaira Guadalupe Baena López; casos de los cuales no me enteré estando en Oaxaca, sino en los encuentros del Movimiento Por La Paz, movimiento que acompaña los procesos legales de los familiares de las víctimas.

   Sí, existe este horror.

III

¿Y la literatura?

Soy parte de una escuela de escritores que nos ha enseñado que la realidad no es la del Estado ni la de los medios ni la del mercado editorial: es inmediata. El manejo y el dominio del lenguaje y la construcción de una realidad que es propia son las tareas con mayor dificultad que un escritor debe emprender.

   Yo también desconfío de las novelas del narcotráfico, ya que no hacen más que reproducir lo que ya nos enseñan los medios. Entonces surge la pregunta, ¿cómo tratar los temas que se han politizado pero que no dejan de ser una preocupación humana, personal?

   Pienso mucho en Rulfo. Lo que hizo con su obra fue construir su visión propia del mundo de acuerdo a lo que le había tocado vivir: la orfandad, la muerte, la orgía violenta de La Revolución y de Las Guerras Cristeras. Al ser una obra cuyas únicas exigencias eran las del propio autor, llegó a confrontarse con las realidades literarias y políticas de su época. Aquella realidad de la novela de la revolución, del realismo y del discurso del partido hegemónico: que el gobierno del PRI es la continuación de la Revolución, revolución que triunfó, revolución que logró la Reforma Agraria y que después tuvo que combatir a los retrógrados cristeros, los malos, pero que gracias a ellos —los buenos —se salvó la patria.

   No hay bien ni mal en la obra de Rulfo, como tampoco lo debe haber en la obra de todo escritor ya que en la vida lo bueno y lo malo se difuminan.

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Antonio Vasquez

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