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Las novelas de la vida

Escribir  acerca de una novela implica un oficio crítico el cual no creo estar capacitado para ejecutar. No sé cómo acercarme “críticamente” a una novela sin que ello implique un hábito de soberbia intelectual o, en el menor de los casos, una anotación tan marginal que ni siquiera merezca perder el tiempo en leerla. Nada sustituye la experiencia lectora. Quizá por ello lamento las “lecturas-reseñas” que anuncian el contenido sin posibilidad de desplegar la riqueza narrativa de las obras. Una lectura-reseña que bajo el ropaje de la neutralidad esconde las más bajas pulsiones valorativas; análogas al voyeur que le piden recordar la última mirada sin que pueda narrar lo sucedido Deseo cooptado. Pura fascinación imaginativa. En cambio, prefiero escribir acerca de mi experiencia sensorial acerca del impacto de las novelas en mi vida. De las novelas recientemente leídas. De las novelas que afectan la vida, las que modifican y trascienden el espacio del puro entretenimiento. Las novelas que forman parte de la vida porque nos recuerdan que la ficción es lo que ayuda a soportar el tedio cotidiano y, en el fondo, la frialdad antropológica de reconocimiento de nuestra finitud. Muchas veces considero si leer es una forma de no-vivir, una manera de olvidar la vida que, no sé porque extraña razón, uno la localiza afuera. La vida está allá afuera. La vida no está al interior de los libros. Sin embargo, cuando dejo de leer novelas por temporadas, cuando no cumplo con mi dosis narrativa, la vida me parece más gris, más monótona, más me asedia la posibilidad de la muerte y la inanición. De modo que parecería que para vivir con mayor intensidad es necesario leer con mayor atención, con más compulsión, en un desenfreno adolescente por comerse el mundo a trozos novelados.

He vivido temporadas sin lectura de novelas y temporadas obsesivas por leer una tras otra como si de eso dependiera la posibilidad de seguir respirando. La diferencia es bastante peculiar. Si no leo, me aburro más fácilmente de cualquier acontecimiento por más fantástico que esté catalogado por mis congéneres. En contraste, cuando tengo una novela esperándome en la mesita de noche, cualquier acontecimiento de la vida cotidiana, por más banal, por más profundo o rutinario, parecen acontecimientos que valen la pena experimentar. Las novelas convierten la vida en experimento. Desconozco —confieso sin temor— cuál sea el mecanismo por el cual la literatura enriquece la vida al grado que crea la ilusión de que merece ser vivida. No sé, tampoco, porque cuando uno tiene un duelo, la literatura ayuda a domeñarlo sin que ello implique un olvido o una enajenación. Mucho menos podría precisar porque la literatura erótica nos hace mejores amantes (no por las técnicas adquiridas sino por el hecho de recuperar a la imaginación como el órgano sexual supremo). En fin, no sé mucho de los vínculos entre literatura y vida, pero lo que sí puedo advertir es la importancia de la literatura en mi vida. Y eso ya es un logro. Y eso ya es el principio por el cual compruebo, nuevamente, que sin ficción somos animalitos asustados por los ruidos de la noche.

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Ángel Álvarez

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