"Las cartas de Frida" en el Teatro de la Ciudad de México

Las cartas de Frida

La función comienza apenas se sale del estacionamiento o de alguna de las cercanas estaciones del metro. El Centro Histórico es el escenario donde comerciantes, merolicos, músicos y peatones diariamente presentan un espectáculo digno de ser llamado “surreal” por el mismo André Bretón. Entre la majestuosa escenografía citadina, el Teatro de la Ciudad se eleva en una sección de la calle de Donceles, cobijado por las románticas librerías de viejo y la sombría Asamblea Legislativa del DF. No puedo pensar en una mejor locación para montar Las cartas de Frida, ópera de toilette que recorre la correspondencia de la más famosa pintora mexicana.

Una vez dentro del teatro, un escenario cubierto de papel me hace pensar en todas las páginas que Frida llenó con su caligrafía y que estuvieron guardadas por más de cincuenta años en el baño de su casa en Coyoacán. Ahora, ya comenzada la función, algunas de esas cartas se proyectan sobre un gran pliego suspendido al fondo del escenario. Delante de él, Frida surge del papel y al poco tiempo se le unen algunos de los seres que la acompañaron durante su vida: su mono Fulang Chang, un par de pericos que habitaron la Casa Azul, sus judas y calacas de papel maché. Frida, con una eficaz voz de soprano, comienza a redactar sus cartas en voz alta y sus palabras se mezclan con los sonidos de trompetas, cuerdas y percusiones que los músicos interpretan en vivo. Mientras avanza la función, nosotros vamos dando vuelva a las páginas y los pliegos de papel sobre el escenario mutan y revelan diversos objetos: un altavoz, una bandera, una silla de ruedas, un vestido, una tina de baño.

Las palabras que Frida escribe con su voz nos cuentan detalles de su vida cotidiana que la superficial comercialización de su obra lamentablemente ha dejado de lado. Frida canta y narra. En el hospital de la Cruz Roja cuenta su estado de salud después de un terrible accidente. Desde el París de 1939 le escribe a Diego sobre su nada agradable estancia en la casa de André Bretón, sobre sus impresiones sobre Duchamp, Dalí, Picasso y Miró. Ya en la Casa Azul le escribe al editor de Tiempo, brindándole una íntima explicación sobre su más famoso cuadro: Las dos Fridas. A través de un frágil altavoz, Frida redacta y canta un poema dedicado a Diego usando solamente palabras que comienzan con la letra R mientras uno de sus monos agita una blanca bandera revolucionaria.

Finalmente, Frida comienza una carta de la más difícil naturaleza: una misiva dirigida a si misma. Palabras que buscan barrer de su corazón la ceniza que las tragedias le han dejado. Frases y versos que revelan el interior de Frida como si fueran una pintura surrealista en que se muestra duplicada y con el corazón expuesto.

Cuando las luces se encienden y yo salgo al escenario del Centro Histórico, Frida, en sus palabras, aún me acompaña. Le pregunto si quiere ir a cenar a algún buen restaurante. Pero, sin dudarlo un instante, ella me dice que no le gustan esos lugares “para gente bien” y que mejor vayamos a empinarnos unas cervezas a El Jarrito, una cantina popular en la esquina de Allende y Donceles, donde sin duda ella se siente como en su Casa Azul.

A tu salud, Frida.

@nandoestuamigo

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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