La zona de confort y el paraíso perdido

 

Las personas que tienen poco que hacer son por lo común muy habladoras: cuanto más se piensa y obra, menos se habla.

Montesquieu  

 

En nuestros días, el nuevo lugar común y el gran estribillo del señalamiento es la zona de confort. El urbanismo laboral y salvaje en el que vivimos parece estar entreteniéndose con el designio que los demás nos confieren. “Sal de tu zona de confort”, “deberías arriesgarte más y salir de tu zona de confort”, “sucede que como no quieres salir de tu zona de confort el éxito se aleja de ti”. ¿Verdad que suenan como fragmentos de libro motivacional? En vivo es peor. La curiosidad de este acto recae en una cosa: de nuevo nuestro gran sentimiento anti-permanencia.

¿Qué es la desgraciada zona de confort? ¿Un acto? ¿Un sentimiento? ¿Una máscara? Propongo que todas en una sola entrada: en un solo instante. En un día uno puede vivir varias zonas de confort: tener pantalones limpios, traer paraguas, besar a alguien. Pero continuamos designando este campo como un estilo de vida para desdeñar mejor. Eso también es zona de confort. Un vomito al aire. Una sombrilla rota. El reto de nuestro juego de actitudes –al parecer– es que gana el que tenga menos zonas de confort al día. ¿Para qué? Para que el mundo nos vea en nuestro traje de responsables, sobresalientes. Como si fuéramos el 10 del equipo citadino.

También al campo de la felicidad se le han dado golpes brutales, tanto que aquél que no sufra no merece ser feliz. O al revés: aunque la vida te pise sonríele para que mañana ya no lo haga. Aquí florece el primer síntoma (según los que no están en ella) de que estamos en zona de confort: el ser felices o equilibrados ante la situación. (¿No que hay que ser felices todos los días para la foto?)

Antes de soltar esta frase, dejamos el espejo atrás. Olvidamos, que una masificación urbana las individualidades brillan por su egoísmo. En las juventudes si no estudias y trabajas al mismo tiempo estás en zona de confort; si no sufres –por lo que sea– unas veces al día, también; si tienes un empleo y te hace feliz; si no viajas; si no lees; si juegas videojuegos; si no preguntas dudas; si haces lo que más te gusta y para lo que eres mejor; si pierdes; si ganas; si caminas; si tienes coche: ¿si respiras? El relampagueo brutal del designio nos ha llegado hasta el horror.

Muchos han creído ingenuamente que viajando por el mundo se han vacunado de la zona de confort: ilusos, han llegado a otra más grande. Otros haciendo pequeños sacrificios: buscando aniquilar tiempo como sea, quizá perdiéndolo más al no aprender nada. Algunos difuminando el sentimiento a costa del aplauso. Echándose una cubeta de agua helada por caridad, corriendo en las mañanas, aprendiendo nuevos idiomas. En fin, la búsqueda por la cura de este incómodo virus es amplia. ¿Y qué pasa si esta grave enfermedad no tiene cura porque no es una enfermedad, sino apenas un instante que su tamaño depende de nosotros? ¿Una actitud neutra?

Lionel Messi es el mejor jugador de futbol del mundo y está en zona de confort: duerme unas ocho horas al día (así celebra la vida, dice Villoro), está en el equipo que quiere estar, con la afición que quiere estar, es estable y da resultados. Incubus, una banda norteamericana con una casa-estudio que da al mar, entre mujeres, drogas y alcohol están en zona de confort y crearon un disco que vendió casi cuatro millones de copias en sus primeros años. Snowden está en zona de confort y es el civil más incómodo de la nación más poderosa del mundo. El que barre por las madrugadas seguro tuvo zonas de confort durante el día.

La zona de confort es el alejamiento del conocimiento de nuestro otro. Una ilusión vista desde nuestros ojos, no del ajeno. Que si hay pretextos, que si disfrutas, que si estás estable. ¿Y si estables producimos mejor y más? ¿Tengo que sufrir 24 horas durante 365 días para no pertenecer a ella? ¿Y si amo el sufrimiento y estoy en mi más deseada zona de confort?

Todos somos zona de confort. Todos la vivimos y la gozamos. Si tienes celular temo decirte que vives en una zona de confort muy amplia; si tu celular tiene internet, olvídalo: tú eres ya una zona de confort. Si lees esto estás en zona de confort: tienes acceso a una pantalla. En fin, dejemos ya esta obsesión por querer tomar del brazo al individuo como el alumno tonto, temeroso y regañado. Sonamos como libro de Walt Mart o una mala serie infantil.

Si te dicen que estás en una zona de confort y que hagas lo posible por salir de ella dile: “va, pero salgamos juntos”.

¿Y tú qué opinas?
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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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