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La vida de Adèle, nuestra vida

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Acaso la principal virtud de Blue is the Warmest Color (Abdellatif Kechiche, 2013) es la amplitud del rango emocional que logra contener en tres horas. Crea y luego, brutalmente, destruye. Como sólo lo hacen las grandes películas, Blue is the Warmest Color toma al espectador en los primeros minutos –Adèle corriendo al camión, Adèle en clase, Adèle comiendo– y no lo suelta. Por días.

Si bien Blue is the Warmest Color puede verse como un estudio de la relación amorosa entre Adèle y Emma, la primera es la protagonista esencial (algunos dirían que es el rostro, el cuerpo de Adèle). Es por esto que, aunque no le falta belleza al título en inglés (tomado de la novela gráfica en que se basa la película), creo que se pierde algo importante en la traducción. “La Vie d’Adèle – Chapitres 1 & 2” es más afortunado porque remite al afán expansivo de la cinta. Lo que vemos en pantalla en es efecto la vida de Adèle: su enamoramiento y sexualidad, claro, pero también todo lo demás. La posiciones en que duerme, la manera de masticar descuidadamente el espagueti, de preparar comida y servir la mesa, cómo se baña y se acomoda el pelo, sus clases (primero como alumna, luego como maestra), el modo de nadar en el mar, cómo le pega el sol. Vemos más: por ejemplo los mocos que escurren en el closeup de su rostro desfigurado por el llanto en una de las escenas más rompemadres de la película, la del encuentro en el café. Vemos las lágrimas, el movimiento del cabello.

El título “La Vie d’Adèle” es además esperanzador: invita a pensar qué pasará después de la inauguración en la galería, qué tipo de vida va a vivir Adèle. Y uno se queda deseando su felicidad. Lo dice bien Anthony Lane en su reseña del New Yorker: sabemos qué es lo que excita a Adèle, pero como en cualquier retrato bien logrado de cuerpo y alma, también sabemos qué pasa cuando el deseo entra en pausa y otras destrezas y anhelos entran en juego. Es una película única porque uno tiene la sensación constante de estar en presencia de algo más allá de la historia que se está contando, en una capa más profunda de la realidad. Como leer diarios íntimos sin consentimiento.

Pero las historias del primer amor son a menudo historias del primer gran sufrimiento. Eventualmente la dicha se rompe –la película es realista– y los celos tienen el efecto destructivo tristemente conocido por todos. Recuerdo pocas escenas que en la vida me hayan conmovido como la del truene, cuando Emma corre a Adèle de la casa a golpes y insultos. Me gusta especialmente que nunca se nos revele si Emma estaba o no siendo infiel con Lisa, su amiga embarazada. La realidad es lo de menos: Adèle simplemente lo sospechó y eso precipitó la catástrofe.

Ver “La Vie d’Adèle” es una experiencia íntima, queda el impacto de haber vivido –no visto– las experiencias de Adèle, la dicha, la vulnerabilidad. Uno sale del cine roto, como ella, pero también con los momentos de gozo en la piel.

* Debo decirlo: en medio de ese derrumbe hay una línea luminosa. En la misma escena del café, una vez después de confesar que ha dejado de amar a Adèle, Emma dice: “J’ai une tendresse infinie pour toi.” Tengo una ternura infinita por ti. Ahí, después de tres horas de zarandeo, el corazón hace crac.

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Isabel Zapata

Nació en la Ciudad de México en 1984. Estudió la licenciatura en Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la maestría en Filosofía en la New School for Social Research. Es poeta, traductora, editora y antílope.
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