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La tetera de Russell y la piedra de Fernando

tetera

En su artículo Is There a God? Bertrand Russell escribió lo siguiente:

Mucha gente ortodoxa habla como si fuera el deber de los escépticos el refutar sus dogmas y no el suyo el probarlos. Esto es, desde luego, un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aun por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.

La Tetera de Russell (como se conoce a este argumento escéptico), ha sido usado en muchos libros y debates sobre la existencia de una divinidad para tratar de ilustrar lo ilógico de la popular idea que es necesario probar la NO existencia de dios.

Piensen un momento en esto: probar la no existencia de algo. ¿Cómo? ¿Tomándole una foto donde no salga? ¿Haciendo experimentos sobre un fenómeno inexistente? ¿Cómo se puede analizar lo que no interacciona con nada en el universo ni deja rastro porque sencillamente no existe?

Me imagino a un niño de padres creyentes: “Mamá, dios me dijo que mañana no debo ir a la escuela.” Ante la incredulidad de los padres el niño sencillamente debería esgrimir: “Pruébame que dios no me dijo eso.”

A pesar de que el argumento de Russell debería ser suficiente para mostrar lo ridículo de esta forma de pensar, me atrevo a esgrimir una extensión de esta bella analogía.

En una charla con un amigo creyente sucedió el siguiente diálogo:

-¡Pruébame que Dios no existe!

-Yo no necesito probar la no existencia de algo. Eres tú quien necesita probar su existencia.

-¡Claro que no! ¡No tienes pruebas científicas que nieguen a dios!

-Ve, piensa en esto. Imagínate una piedra mágica que tiene una cualidad única: si esa piedra existe, dios no puede existir. Es la piedra anti-dios. Si esa piedra está en algún lugar del universo, dios no puede estar también. Se niegan unos a otros. ¿Puedes imaginarte un objeto mágico de ese tipo?

-Bueno… sí, supongo.

-Ok. Pues esa piedra existe.

-Claro que no, ¡demuéstrame que existe!

-¡Exacto! Si uno propone que algo existe, es uno el que lo tiene que probar. Así funciona nuestro pensamiento. ¿Ves? Tú mismo piensas así en todas los aspectos de tu vida, excepto uno: tu firme e insostenible creencia en dios.

 @nandoestuamigo

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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