La secretaría inmóvil

Hace unos días fui a unas oficinas de gobierno a hacer un trámite que yo suponía engorroso pero sencillo: renovar la tarjeta de circulación. Vaya error. Llegué cuando tuve tiempo, es decir, a mediodía, y había una cola que estuvo a punto de desanimarme: se extendía una media cuadra fuera del local. Pero avanzó un poco en cuanto me formé y supuse que ese iba a ser el ritmo, lento pero constante, y que una vez que llegara mi turno haría el trámite (llevaba todos los papeles en orden, el pago, las identificaciones, las dos copias de todo, un libro y un cuaderno para la espera, y otros libros y cuadernos nomás porque estaban en la mochila).

Llegaron más gentes, se formaron, platicamos. Algunos de ellos se percataron de que necesitaban más copias, les apartamos su lugar mientras iban a la papelería de enfrente a sacarlas por dos pesos cada una, los miramos hacer la cola de las copias —que también era larga—, y al final volvieron. En ese tiempo no nos movimos un ápice, así que su lugar estaba perfectamente apartado. Sólo uno que llegó después les reclamó por meterse. Le explicaron que habían ido por copias, que debían ser dos de cada cosa y no una, como al parecer informaron en algún lado. Fue por sus copias, le apartaron el lugar. Y volvió, y no nos movimos.

—Va a llover —sentenció una señora muy hacendosa, que se había llevado lo de coser para la espera. Guardó las agujas y sacó una bolsa de plástico que rompió por un lado para usarla de impermeable. Y en efecto, llovió. Todo mundo sacaba paraguas de algún lado, menos yo, que lo más que pude hacer fue pegarme al muro. Y justo en ese momento avanzó la cola: a alguien le dimos compasión y nos permitieron entrar al patio de la oficina, techado. Allí apenas me di cuenta de la dimensión del asunto. La cola serpenteaba por todo el patio y terminaba en un módulo en el que una funcionaria, muy diligente, anotaba los nombres de cada uno y qué trámite venía a hacer. Después, iba llamando a los anotados en el orden en el que habían llegado, cuando adentro, en la oficina, se liberaba un espacio. Los anotados podían sentarse a esperar. Cerca de una hora más tarde llegué al libro. Me anotaron. Me podía sentar. Sólo que no había sillas. Y cuando se desocupaba una, siempre había una viejita con más derecho de ocuparla que yo.

Conforme pasaba el tiempo fui identificando a los compañeros de ruta: el gordito simpático de la chamarra de Ferrari que se llevaba bien con el poli, el coyote que llevaba veinte folders de veinte trámites distintos para sacarlos juntos, la académica que se sentía como pez fuera del agua, la pareja de adolescentes acurrucados en el rincón, la señora dormida, el señor de camisa de cuadros desesperado y mentando madres con quien se dejara, el que se sentó en la mesa junto al letrero de “por favor no se siente en la mesa”. Todos parecían estar allí desde siempre. La gran mayoría eran mujeres. Una me explicó que a los hombres no los dejaron salir del trabajo. Mi compañera en la cola fue de las que agarraron silla y tejía, tejía y tejía. Yo no sé qué hacía yo. Daba vueltas por el patio, supongo. Revisaba tuiter para ver si afuera, en el mundo, sí ocurrían cosas. Y hacía llamadas, cancelando mis actividades de la tarde, una a una, hora tras hora. En el libro (que debería ser El Libro, como aquel que registra la hora de la muerte de cada uno) aparecía mi nombre a media página de distancia. Cada tanto la funcionaria (y luego sus reemplazos) llamaba a unas cinco personas que desaparecían en la boca de la oficina. No podía faltar tanto.

Y sin embargo.

Oscureció, y trajo el frío. No llevaba suéter, como no llevaba paraguas, porque iba a ser un trámite corto. La señora que tejía me dijo: “No debe faltar mucho, mi marido tardó seis horas”, y me dijo: “dicen que es mejor hacerlo en Milpa Alta, allá no va nadie y se hace en tres”, y me dijo: “ya tejí y destejí tres chalecos para mis nietos”. Silencio. Alguien salió llorando de la oficina: le faltaba una carta poder, y sus dos copias. Algunos corrieron en ese instante a la papelería. Les apartamos el lugar. Y luego les firmamos de testigos. No me animé, pero había quienes hacían la firma del otorgante del poder. Todo en calma. Para el momento en el que me pude sentar ya no podía leer, estaba aturdido por el hambre y el cansancio, y me dolía la espalda de cargar la mochila con los libros. Llegó el esposo de la señora que tejía: “Ya ves cómo sí estaba aquí”. Nos presentó: “mi marido, que creía que andaba de aventurera, el joven (favor que me hizo), que me estaba acompañando”. Le tenía que ceder el asiento, no pude.

Al poquito me llamaron, por fin. Pasé. En la oficina había mucha luz, y actividad. Me recibió un funcionario amable, también cansado, que había estado todo el día revisando papeles. Me pidió mis papeles. Se los di. Los revisó, todo en orden. En cuanto vio la tarjeta de circulación me miró a los ojos y soltó: “Uy, esta la hicieron en Tlalpan ¿verdad? Están todas mal hechas y vas a tener que ir a corregirla a las oficinas centrales, ahí en Álvaro Obregón con Insurgentes, yo no te puedo hacer el trámite”.

Extrañamente salí con alivio, y sonriendo. Me despedí del poli y me fui a comer. Pensé que al día siguiente iría a Álvaro Obregón e Insurgentes, pero cuando desperté no podía salir de la cama. Estaba hecho un ovillo, aterrorizado.

¿Y la enfermedad? ¿No se supone que esta columna es sobre enfermedades? Pensé en meterla al texto a través del dolor de espalda, que me duró dos días, o de la gripa que casi cacho con la lluvia y el frío, pero habría sido meterla con calzador. También pensé en hablar de la atrofia y usarla en una metáfora de la oficina gubernamental que no puede cumplir su función. Pero habría quedado muy teórico, y también con calzador. La cosa es mucho más sencilla y más clara:

Hacer trámites enferma.

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Santiago Ruiz Velasco

México, D. F., 1983. Estudió Matemáticas y Letras hispánicas en la UNAM. Publica cuentos y ensayos esporádicos, riega un cactus una vez a la semana, y con lo del hijo va igual de lento.
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