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La relatividad del éxito

Vivimos en una realidad altamente competitiva. El capitalismo nos ha orillado a rebajarnos a habitar una encarnizada batalla que día con día nos va consumiendo. Tratamos de alcanzar estándares que difícilmente lograremos conseguir y esto se traduce en frustración. Nos ofrecen una falsa sensación de control y cuando nos reconocemos ajenos a ella somos incapaces de tolerarlo.

Lo peor de todo esto es la competitividad en que nos vemos inmersos. Vemos siempre al exterior, a lo que el otro tiene, que nosotros no, e intentamos superarlo. NUNCA lo vamos a superar. Cada ser es, en su individualidad, único e irrepetible. La envidia nunca ha servido de nada a nadie. Y de nuevo, caemos en la tan infame frustración.

No se trata de “tanto tienes, tanto vales”. Éxito no debe ser sinónimo de riquezas, de ganancias o de dinero, siquiera. El éxito debería traducirse en la habilidad de ver en el interior, identificar y diagnosticar defectos y carencias y luchar contra ellas. Así y sólo así, lucharemos por ser mejores cada día. Pero sólo mejores que uno mismo. Los demás no importan. Podemos alimentarnos de ellos, aprender, enriquecernos… No competir.

La importancia de satisfacer nuestras inquietudes, con base en aquellas que no representan un peligro para nosotros mismos y los que nos rodean, se basa en una inquietud que nace más allá de nuestros tiempos. Mucho antes aún.

Toda esta inquietud se resume ahora en un solo concepto: espíritu de permanencia.

El ser humano busca permanecer. Y no debemos buscar el éxito a través del otro, pisoteándolo, pasando por encima de él. Debemos dejar una huella indeleble de nuestro paso por este planeta. No sólo a través de los hijos, sino de un registro pleno y permanente de nuestras acciones y de aquello en lo que contribuyó a engrandecer este suelo por el que pisamos.

Agradezco que exista un lugar donde la verdad se torna obsoleta, la mentira es válida y la humanidad es parte de nosotros. Donde la violencia no existe y los sueños ponen comida en la mesa. Donde no tenemos que preocuparnos por cosas banales y la pose y lo superfluo no son recompensados con atenciones. Donde la verdadera razón de ser no se trunca provocando desilusión y vergüenza. Donde la estupidez no es ovacionada de pie. Donde nadie dice NO. Aquí… Detrás del telón.

Y a la fecha, a pesar de haber estudiado comunicaciones, me dedico al teatro. Una cantaleta usual en este país es que “de eso no se vive” Extrañamente, incluso gente que se dedica al arte lo dice. Yo tengo 17 años dedicándome a esto, doy clases de teatro y tengo mi propia compañía de teatro. Vivo de esto.

Si vivo en un país donde todas las huellas de la cultura y las artes son delebles, lucharé… No con armas, pero sí con la voz y el pensamiento, a favor de estos héroes que no necesitan derramar sangre para mantener viva la identidad de un pueblo, sino simplemente encender a diario la llama de una vela que hay que proteger contra viento y marea por que permanezca encendida. Esta luz es la cultura, el arte… El teatro; ese espejo que nos refleja sin temor ni vacilación, tal cual somos; ese espejo que tanto miedo provoca en el poderoso por que exhibe la realidad de un pueblo, la voz de una nación que se niega a permanecer en silencio.

Todo eso y más somos. Más que huesos, más que piel, más que amor, más que nostalgia, más que monotonía, hartazgo, un trabajo de 8 a 8, un sueldo y una oficina día con día, año con año, vida con vida… Somos sueños, pasteles de cumpleaños, sonrisas, abrazos, sexo, resbaladillas, noches acostados bajo las estrellas, viento en el rostro, arena en los zapatos, somos la voz viva que no se apaga, la llama, la locura fragmentada que no teme hacer frente a sí misma. El arte y la cultura se enconan en una misma voz inflamada, llena de rabia, inquietudes y unificada en un grito ensordecedor.

Nos piden callar. Mas no guardaremos silencio. No podemos culparnos. Al fin y al cabo, somos parte de la misma raza.Iconofinaltexto-copy

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Enrique Aguilar

(Coatzacoalcos, Ver., 1977) Comunicólogo y teatrista. Cree en la magia. Fan de Mickey Mouse. Siempre revisa bajo las escaleras antes de apagar la luz. Lector, melómano empedernido y crítico de cine.
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