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La primera vez de México

Era de esperarse que la primera vez de México fuera un poco complicada, vamos, como todo en la vida.

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Después de la consumación de la revolución de independencia conseguida en 1821, la inestabilidad social y política reinaba en la recién parida nación mexicana. Con el fracaso rotundo del malhadado Primer Imperio Mexicano, se apostó por la estructuración de una república encabezada por una figura presidencial que se iría renovando cada cuatro años.  De esta forma se nombró en 1824 como primer presidente a Guadalupe Victoria (nombre artístico, el real era José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix) quien fungió en el cargo con una serie de altibajos, pero que logró mantener el puesto hasta el final de su mandato.

Aquí es donde se empieza a poner interesante: México se enfrentó a su primer sucesión presidencial, tema que sigue siendo delicado en la actualidad aún con la basta experiencia de haberlo hecho 61 veces (con sus respectivas interrupciones); era de esperarse que la primera vez sería un poco complicada, vamos, como todo en la vida.

Se presentó ante el congreso una terna integrada por Manuel Gómez Pedraza, teniente del ejército realista en la lucha contra los insurgentes y posteriormente general a las órdenes de Iturbide; Vicente Guerrero, general de los ejércitos del sur de la insurgencia y mejor recordado por su participación en el multifamoso abrazo de Acatempan, y consumador de la independencia a lado de su flamante amigo Agustín; y por último Anastasio Bustamante, militar del ejército realista y después iturbidista (tan de corazón, que pidió al morir que el suyo, su corazón, fuera sepultado junto a los restos de Agustín en catedral).

La lógica apuntaba a que el prócer y padre de la patria Vicente Guerrero, heredero de las viejas glorias de Hidalgo y Morelos, desconocedor del imperio de Agustin I (con quien duró poco la amistad a pesar de tanto abrazo después de unos pequeños incumplimientos al plan de Iguala) sería nombrado presidente de la república. La sorpresa fue general cuando se dictó que el ganador de la presidencia era Gómez Pedraza, aunque no lo fue para Guadalupe Victoria, quien apoyó e impulsó desde la presidencia su candidatura. Uno a los que sí tomó por sorpresa el nombramiento fue al Gral. Antonio López de Santa Anna, que para ese entonces ya tenía una gran fuerza militar y política dentro de aquel caldo primigenio nacional, y junto a algunos políticos importantes como Lorenzo de Zabala y el Gral. Lobato organizaron el Motín de la Acordada, que después derivó en el saqueo del pasaje comercial de El Parián. Guerrero desconoció los resultados de la elección y se formó un bloque político y militar que ejerció una presión tan grande que obligó a Gómez Pedraza a rechazar su derecho a la presidencia y huir exiliado a Francia.

A la vista de los acontecimientos, el congreso declaró nulas las elecciones y el 1 de abril de 1829 otorgó la presidencia a Guerrero y la vicepresidencia a Bustamante, que había quedado en tercer puesto, argumentando la intrascendencia de las elecciones anteriores y el peligro que eran para la naciente república.

El designio de Guerrero no cayó bien en las cúpulas altas, en gran medida por su procedencia de casta cuarterona, como se le decía despectivamente. Durante los casi ocho meses y medio que duró su mandato, Guerrero hizo frente a los descontentos de las clases altas, a los intentos de reconquista española y a la constante pugna entre liberales y conservadores sin advertir que su verdadero enemigo estaba a su costado. Ya le habían advertido que no confiara en el vicepresidente Bustamante, que no se recargara en él para ejercer el poder en momentos de crisis; sin embargo, a causa de la inestabilidad política Guerrero tuvo que ausentarse de la presidencia para resolver conflictos internos en el país y cometió el gran error de su vida: le otorgó a Bustamante el poder de un ejército para la defensa de la ciudad de México.

Bustamante (o Brutamante, como lo llamaría a partir de ese momento la prensa) se vio en una inmejorable posición, y abogando elqué tanto es tantito” y el “pues ya estoy aquí”, decidió dar un golpe de Estado. Destituyó a José María Bocanegra, quien había quedado como presidente interino y tomó por las armas el congreso, que no le quedó de otra que reconocerlo como presidente argumentando “impedimentos físicos y morales“ de Guerrero; en pocas palabras, declararon que a Vicente se le fueron las Heidi y estaba incapacitado para gobernar. Guerrero reculó al interior de la república para luchar contra el usurpador, hasta que en 1831 fue llevado a engaños a cenar al barco de un tal Picaluga en Acapulco, donde lo tomaron preso, lo llevaron a Huatulco y lo asesinaron, todo con orden y financiamiento de Bustamante.

El asesinato de Vicente desató una serie de protestas y alzamientos militares en contra del gobierno llevados a cabo principalmente por Santa Anna, quien terminó para arrebatarle el poder a Anastasio. Santa Anna no pudo quedarse con el poder ya que éste era ilegítimo y bien se sabe que a don Antonio le gustaba todo por la vía legal. El problema fue que en la ruleta se acabaron los nombres de los candidatos originales a ejercer ese periodo presidencial, así que en un acto de profunda reflexión, sensatez y concordia se decidió llamar a Gómez Pedraza para que tomara la presidencia. Así pues, el ganador original de la elección que había sido apoyado por el presidente en turno en una especie de protodedazo, a quien después desconocieron y obligaron a auto exiliarse, regresa con el apoyo del congreso y el consentimiento de Santa Anna, futura alteza serenísima, (quienes cuatro años atrás se le opusieron) a gobernar el país los últimos meses del mandato que le correspondía. Como si nada hubiera pasado.

Enmarcada por desconocimiento de resultados, apoyos ilegales desde la presidencia, traiciones, sangre y demás vicisitudes que se irían haciendo comunes a lo largo de nuestra historia: así fue la primera sucesión presidencial de nuestro país. Nada es nuevo bajo el sol. Iconofinaltexto copy

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Ricardo Reyes-Poiré

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