La pasión en Cuajimalpa

“Iztapalapa qué; ¡Cuajimalpa, chingá!”

Cuajimalpa de Morelos, Distrito Federal.- Desde hace 101 años se celebra la Semana Santa en Cuajimalpa. Tierra que para muchos ni está en el Distrito Federal; para otros es zona de pueblerinos y obreros mezclada con ricos. En este lugar, la representación de la pasión de Cristo transforma sus pisos en suelo sagrado durante unos días. La parroquia de San Pedro Apóstol es el escenario donde todo tiene origen. Está lista para recibir a casi millón y medio de visitantes. Será testigo invaluable de una celebración hecha con el trabajo de sus habitantes.

Hace 101 años se hacía con tambos y madera; no había templetes como los que ahora se levantan. Se ensaya y se planea desde enero. Todos los sábados a partir de las ocho de la noche. Son 230 integrantes de los cuales 116 realizan las representaciones y el resto (114) se encarga de las obras, los templetes, vestuarios, escenarios, diálogos, apoyo escénico, apoyo externo, diseño de mamparas, diseño de cuadros y grafiti. Para poder pertenecer al grupo se necesita la aprobación de un casting.

 

Iztapalapa y el deseo de ser primer lugar

Gerardo Ugalde es coordinador de la Semana Santa en Cuajimalpa. Lleva haciéndolo desde hace veintisiete años. Mientras él y algunos escenógrafos y grafiteros comen pollo rostizado en tortilla tibia y lanzan el griterío para organizarse, Gerardo comenta que “si tú quieres aparecer o conoces a alguien que quiera hacerlo, ¡adelante, adelante! Aquí no es Iztapalapa. Allá tienes que ser completamente del rumbo. Aquí está abierto a todo aquél que se quiera comprometer. Ellos pueden ser un primer lugar en representaciones, pero a nivel iglesia somos el primer lugar. Verás, seguimos perteneciendo a una parroquia. Ellos tienen y siempre han tenido el apoyo de su delegación. Nosotros lo hacemos todo por medio de nuestra misma gente. Algunos llevan cincuenta años haciendo esto”.

Muerde el alimento. Al comentarlo, todos alzan la voz. “¡Iztapalapa qué; Cuajimalpa, chinga!”; “¡Ellos ni saben de la Biblia, qué van a saber!”; “¡Su Cristo usa barba falsa y pelo falso!”; “¡Cuando hemos ido los hemos dejado callados!”; “Eso es teatro, nosotros representamos de verdad!”

Desde hace 170 años, se lleva a cabo en el Cerro de la Estrella, ahí en la delegación Iztapalapa, una Semana Santa impresionantemente envidiable para los cuajimalpenses. No por la representación estética: por la cantidad de gente y medios que congrega. También porque su Vía Crucis es Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México o también porque en 1914, el general Emiliano Zapata prestó los caballos de su ejército, así como la ayuda económica para la realización del acontecimiento.

Son tres las delegaciones que más le dedican tiempo y trabajo a este evento litúrgico: Iztapalapa, Cuajimalpa y Milpa Alta. Hasta el día de hoy la primera ha arrasado en todos los números.

Yo haré el papel de Jesucristo

Dicen que soy humilde. Por hacer este papel no me siento el muy muy ni nada, no, cómo creen. En la calle saludo a todos. Nunca me he alzado por interpretar a Jesucristo de Nazaret. Ya estoy listo pero me llegan los nervios de vez en cuando. Me llamo Felipe Cepeda, tengo cuarenta y seis años y soy obrero. La ilusión y el gusto por representarlo fue el tratar de vivir en carne propia su pasión. Tuve la herencia de mi padre, él lo fue durante treinta y cinco años. Unos años en Santiago Yancuitlalpan, allá en Huixquilucan y otros más aquí.

A los veintiocho años me nació el querer ser algún personaje bíblico. He sido otros muy cortos, pero la verdad es que yo siempre anhelé ser Jesucristo. Me ponía a verme en el espejo y lo veía. Me dejé la greña por si algún día llegaba la oportunidad y ahora mírenme. En Santiago Yancuitlalpan nunca me brindaron la oportunidad. Y fíjense que no es tanto el físico; hay que ser buenas personas. De buen espíritu y esas cosas. Ser fiel a la iglesia. También tengo un coro. Soy catoliquísimo y muy religioso. No hay nadie perfecto en el mundo.

Ya me habían echado el ojo; le hablaron por teléfono a mi esposa, yo estaba en el comedor cuando me dijo: “Me acaban de hablar de la parroquia. ¡Serás Jesucristo!”. Lloré, lloré infinitamente, lloré en frente de todos. Alegría, gracias Señor. Todo comenzó en enero. Verán: salgo a las seis de la mañana de su pobre casa y llego hasta las seis de la tarde. De ahí me voy al bosque y recorro seis kilómetros. Los recorro corriendo, trotando y recogiendo los troncos que hay en el piso. Pa agarrar fuerza, pues. En ellos veo la cruz. Muchos pueden ser la cruz. Les agarro la medida y vámonos. Todo con el brazo y el hombro derecho para acostumbrarme.

La cruz la mando a hacer yo y la corona la hacen los soldados. Pesa unos noventa kilos. Mi sangre, huaraches, vestimenta y ojos los hago yo. Hace un año fui Jesucristo y estoy listo para volver a serlo. Me apoya mi familia. Mi hermosa familia. Mi esposa, sobretodo. Me ayudan con el libreto, ya saben, “hazle así, mejor así, tú puedes, venga”. La verdad es que todavía me llega el miedo. Ese golpe frío en el cuerpo que me deja sin aire. Como un eco de hambre y de tensión. Pero me pongo a orar y me vacío. Dame fuerza, Señor. No soy digno de representarte, eso lo sabes, pero dame esa fuerza que tú tuviste. Todo el tiempo hablamos. Hubo momentos muy difíciles. Me temblaban las manos, me temblaba la voz. No me aprendía el libreto. Lo aventaba al suelo. Lloraba de nuevo.

Al mundo le hace falta fe. Está todo descuidado. Hay muchos asesinatos, violaciones, secuestros y esas cosas que pasan en las noticias. La palabra de Dios está perdida, por supuesto que lo está. Las otras religiones (no sé si lo sepan) y la mía, adoramos al mismo Dios. Son tantas historias que cuentas las religiones que la palabra se descuida. Siempre habrá gente que hable mal de uno, pero aquí andamos.

Me gustaría ver a mi hijo mayor haciéndola de Jesucristo. Tengo tres: dos varones y mi nena de dos años. Quisiera verlos algún día haciendo esto que yo hago. Venirlo a ver y recordar. El apoyo más canijo es de Dios. De Dios y de mi fe. Recuerdo el año pasado. No quería ver a la gente. Tenía que estar concentrado, verán, en todo eso que sufrió nuestro padre Jesús. Sufrí sus azotes; el sentimiento se desbordó en mis lágrimas. Emoción y tristeza se vaciaban en el temblor de mi estómago. Me dolía. Sentí su carne en mi piel. Me imaginé en esos tiempos y pedí por toda la gente, todos esos miles que sufren. Les ofrecí mi dolor a todos los niños que no tienen comida. Pedí por todo el pueblo de Cuajimalpa. Verán ustedes: hacerla de Jesucristo me ha cambiado la vida.

Si fuera y tuviera el verdadero poder de Dios me gustaría hacer un milagro: que en una plaza llena caiga un rayo sobre todos, los ilumine, los llene de su luz y al verme creyeran en mí.

Lavatorio de pies

Doce. Doce fueron los discípulos de Cristo y doce son los cuajimalpenses que están frente al altar. Sus vestimentas los transforman en apóstoles. Felipe luce deslumbrante: brilla. Los niños lo miran como al verdadero Jesucristo. No luce tan nervioso como él piensa. No deja de cantar aunque se acuerda de su papel y entonces le apuesta a la introspección. Los adornos morados por la Pascua en las entrañas de la iglesia contrastan con algunos que prefieren soñar a Dios en sus asientos. Nadie quiere quedarse a fuera y los bebés lo saben, por eso lloran.

Pasada la celebración litúrgica, Felipe ―Jesucristo― se prepara. Se levanta de su asiento y con el apoyo de un niño que le pasa el balde con agua, comienza. Sus manos toman la toalla. La hunde en el agua. Se agacha. Besa primero los pies de Simón Pedro. Continúa hasta que el sacerdote decide que los niños también pueden lavar pies. Es el momento perfecto para que abracen a Felipe. “¿Me das permiso, mamá? Ándale, pero no te tardes”; “¡Mamá, mamá abracé a Cristo!”; “Mira, mamá, es Jesucristo”. Se deja querer y quiere. Toma suavemente la cabeza de los niños como si fueran sus hijos mismos. Saluda al fondo. La misa está a punto de terminar.

No hubo bendición final. Todos salieron para seguir el paso de Felipe hacia su última cena. Todos menos el reportero que tiró un cirio en busca de su fotografía. No pasó nada con ese fuego ni con Felipe; todavía.

 

La Última Cena y Getsemaní

Jesús tomó el pan, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomen y coman todos él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes». Después tomó el cáliz y dio gracias diciendo: «Tomen y beban todos de él, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza que se derrama por ustedes para la remisión de los pecados».

Mateo 26: 26-30

 

El patio de la iglesia luce completamente lleno. Dos escenarios se paran a los lados de la fachada de la iglesia. En uno están los saduceos muy entretenidos viendo qué van a hacer con Jesucristo. Discuten, se gritan para aclarar los predicamentos. En el otro se prepara Felipe y sus doce discípulos para recibir La Última Cena. “Habrá pan y vino y secretos y traiciones y sospechas”, dice un señor que registra todo con su celular y trajo a su perro a presenciar el acto. Pareciera un concierto y todos los espectadores están listos para que salgan a escenario las estrellas. Hay silencio por un instante.

Se abre el telón y La Última Cena comienza.

            Felipe luce serio, concentrado. No derrama ni gota de vino y el pan es bien partido. Comienza la sospecha y se pone de pie Judas:

            ―¿Seré yo, maestro?

―Tú lo has dicho.

Judas sale, huye. Se reunirá con los saduceos y Caifás para entregar a Jesucristo. La gente le grita “bu” por todos lados. Mientras, en el otro escenario los sacerdotes han decidido el destino de Felipe: el arresto. Felipe ha sido más astuto, él ya sabía que su destino es la muerte y por eso le dice a Pedro a todo volumen que lo negará tres veces antes de que cante el gallo. La cena se termina y los reflectores callan. El pueblo está a la espera de que los soldados romanos arresten a Jesús. Él ya ha tomado su camino hacia Getsemaní, donde un ángel le dará consuelo y los soldados cuajimalpenses comenzarán a cumplir las órdenes.

Felipe camina solitario ante una multitud que no lo toca. Lo admira. Lo analiza a detalle. Es como un lucero en plena noche. Al llegar al mínimo monte que está a espaldas del edificio de la delegación, un ángel de diez años lo consuela. Lo acaricia unos momentos y desaparece. Pide que le den un micrófono y sólo se escuchan lamentos de largo aliento, sin tantas palabras. Alguien aparece en la negrura, alguien que realmente ocupa mucho espacio. Alguien gris con cuernos. Alguien musculoso. Alguien que al rodearlo no para de reírse: es el diablo. “¡Mamá es el diablo, mamá, ya vámonos!”.

Los soldados se acercan y quitan a los camarógrafos. Sin pedir permiso golpean a Jesús con látigos y vigilan con antorchas. Se lo han llevado a algún sitio de la noche. El hijo mayor de Felipe observa desde cerca.

Juicio ante Poncio Pilatos

―Llévenselo a Herodes, él sabrá qué hacer con este pobre hombre que según ustedes tanto mal ha hecho ―dice Poncio Pilatos con micrófono de diadema a los soldados.

A Felipe lo traen de ida y vuelta. Van con Pilatos, luego con Herodes y de nuevo con aquél que se lavó las manos. El sol acecha como un diablo. Las nubes vienen a lo lejos para que no se pierda esa tradición de que en Viernes Santo llueva. En esta ocasión hay otra vigilancia: setecientos elementos de la Secretaría de Seguridad Pública, Protección Civil, Bomberos, personal de Salud y  funcionarios delegacionales. Vigilan que el orden se mantenga en una parte de la realidad, la otra parte pertenece a Felipe con una corona de espinas que le pusieron los soldados. Han traído una cruz de madera. Felipe está preparado para ser esa cruz mientras Barrabás grita su libertad por toda la delegación.

La pasión de Felipe

Dan los latigazos previos y se la colocan en el hombro derecho. Más latigazos. Los elementos de seguridad delegacional intenta abrir paso junto con los soldados de hace muchos años. Ha comenzado la pasión en Cuajimalpa. La gente ha traído consigo iguanas, chicharrones, bebés, periscopios de veinte pesos, sillas de ruedas y perros. Conforme avanza Felipe, la multitud obedece a los soldados de no avanzar con él.

Verlo aunque sea un instante pasar por sus ojos. Utilizan sus lanzas para crear un perímetro. “¡Mira, mamá, le están pegando bien feo! ¿Por qué le pegan?”; “¡Mira esa sangre!”. Los niños brincan, hacen lo posible por alcanzar a ver los azotes y de nuevo ponerse las manos en los párpados. El sol se ha escondido y las nubes son las acechantes. Atrás de Felipe vienen Dimas y Gestas; ellos cargan sólo un tronco horizontal.

Primera caída. Felipe ―o Jesucristo, ya ni se sabe― se arrodilla y cae después de una serie profunda de azotes. Después de que hasta los policías le toman foto continúa su calvario hacia el Gólgota, que en Cuajimalpa sería Zintlapan. Este sitio les costó a los organizadores 8000 pesos la renta, pues esas tierras pertenecen a alguien. A Felipe le cuesta cargar noventa kilos de madera, descalzo y recibiendo azotes en todo el cuerpo.

Mientras aparece la Virgen María pidiendo misericordia, las personas en las azoteas de sus casas observan y toman fotografías con sus celulares. Las autoridades delegacionales no pueden con la multitud y algunos se filtran el perímetro. Chiflan, gritan, sonríen desde los techos. El Cirineo se percata de que Felipe la está pasando en verdad mal y le ayuda con la cruz. La calle inclinada y de subida lo exige. Rostros y cuerpos aparecen en los puentes. Felipe continúa siendo azotado y le es dada de nuevo la cruz. “¡Ahí viene Verónica!”. Una mujer valiente y decidida sale desde la masa de cuerpos y con una tela blanca limpia las heridas del rostro de Felipe. Su rostro se ha impreso en esa tela. A lo lejos ya se ve a gente esperando en el Gólgota o el cerro de Zintlapan.

Segunda caída. Unas mujeres de Jerusalén se acercan al mártir. Las consuela. Vuelve a los azotes y dobla hacia otra calle aún más empinada que da directo hacia su muerte. Las banquetas cada vez son más angostas, la gente aumenta y la calle parece que se cierra.

Tercera caída. Una mujer dentro de la multitud se desmaya. La auxilia la misma gente. Pareciera que es un pasillo donde Cristo es la estrella y de ambos niveles (suelo y techos) las personas le siguen el paso con los ojos. Es Felipe, sólo que con su vestimenta blanca rota y con ralladuras de sangre.

Llegada al Gólgota. El miedo se percibe a la entrada del cerro. La multitud ha cerrado toda esperanza de aire. El polvo sube. El diablo se filtra del perímetro y provoca a la multitud. Los soldados, la cruz y el agujero previamente cavado ya esperan a Felipe.

Dimas y Gestas también están preparados para despedirse. Las cruces están en el suelo. Los soldados obligan a latigazos a Felipe a que se acueste en la madera. Le toman la medida de sus brazos y le ponen las manos en un gancho: no le clavaron nada. Amarran y colocan cuerdas en la cruz para elevarla. Lo mismo hacen con las otras. Para que quede bien ajustado Felipe, lo patean.

Finalmente elevan la cruz, las cruces. El cielo deja ver un pedazo de sol e ilumina el escenario.

A Felipe le da sed, se sabe porque con un micrófono amarrado a una lanza lo dice. Los ladrones han muerto. El sol se vuelve a esconder.

            ―Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y entonces comienza a llover. Iconofinaltexto copy

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).

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