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La nueva licencia poética

La primera vez que escuché este término sucedió en un aula en Zacatecas, habían dicho que se podía usar tal o cual palabra acentuada de tal forma porque el poema lo permitía. Así, este término pasó a formar parte de mi vida cotidiana.

¿Qué es, para mi, una licencia poética?

Algunas de ellas podrían ser, por ejemplo, llegar elegantemente tarde a una cita, poner una bola extra de helado a tu cono sencillo, pintarte el cabello con la jamaica recién cocida o ignorar un poco la prisa y beber tranquilamente el café hasta el último sorbo.
Después de todo, es una licencia.

¿No es acaso que el goce estético se construye de esos pequeños sorbos al hedonismo?

¿Por qué nos resultan llamativos personajes como Holly Golightly -refiriéndome al placer que obtenía de comprar o mirar joyas de Tiffany’s- o Lolita Haze -todos recordamos la escena de Lolita leyendo con el agua del aspersor en sus pies-?

Porque en el placer de un baño tibio, una fresa con chocolate, un cabello despeinado y algún viaje en bicicleta es donde recreamos de a poco esa libertad un tanto infantil que se ve mermada por las “buenas conciencias” o normas de “urbanidad”. Cabe mencionar que no necesitamos ser mujeres para darnos estos pequeños lujos, es sólo que lo cuento desde mi experiencia. Una licencia poética es aquella que nos permita hacer actos llenos de belleza, como si un gran escritor nos estuviese narrando en una imagen hermosa. No cuesta nada.
Esta es una invitación al goce.
Gracias por darse una licencia poética el día de hoy.

Ñú

Una de nuestras lectoras, la escritora Linda Díaz (@linda_diaz), nos comparte su reflexión acerca de cómo el goce estético de la literatura es comparable a un delicioso narcótico:

Lo confieso: escribo bajo la influencia de las drogas. La que prefiero es aquella que se obtiene de la sustancia que segrega el corazón roto. ¡Inmejorable! Junto con ella, aparecen en la memoria drogadicta aquellas dosis que fueron obligadas a ser consumidas, por necesidad, para continuar con la vida intelectual: las literarias.
​Pero la memoria de la droga literaria me lleva a reflexionar en vivencias que no me pertenecen y a reescribir las historias cuantas veces necesite. Al fin de cuentas, la publicación más importante que haga, es aquella que estará grabada con mi epitafio. Y dirá: “Linda Díaz. Latió su corazón”. Y esa es una linea que no me va a tocar escribir.

¿Y tú qué opinas?
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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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