La necesidad de los satélites

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El hombre siempre recalca, tanto en los jeroglíficos egipcios como en los filmes de inicios de los setenta, así como también en los diversos libros de filosofía y las novelas de ciencia ficción: no estamos solos.
No sabría decirles si esto ocurre porque en verdad se establece una necesidad por los satélites -hablar de la conquista de la Luna en términos meramente románticos, por ejemplo- el saber que no estamos solos y que hay “otros seres” que son más pacíficos, más brillantes, y que nos ven desde alguna de sus lunas con irremediable melancolía.

 

Quizá el sol también se hizo de planetas para entender su enormidad, y la gravedad no es sino lo que las demás estrellas incandescentes llaman amigos imaginarios. La tierra hace lo mismo un par de años luz después, encuentra que en la densidad de su color azúl hace falta un espectro al cual rezar en todos los idiomas del agua.

 

Cada vez que miró el cielo estrellado me imagino que dos brazos paralelos intentan asir a la luna, brazos que traducimos en términos científicos como haz de luna.

 

Se establece una necesidad, como decía antes, de creer que algo allá afuera nos vigila, que hay un fin último que desconocemos y que, agradablemente, alguien ya eligió por nosotros el destino de la Tierra y sus vecinos.

 

ÑÚ:

Aunque este tema es uno de los que más me apasionan y podría recomendarles películas incontables y libros maravillosos -el ÑÚ es tan pequeño como un Aleph- les dejo una minificción que, por cierto, leeré en voz alta en “Breviarios” (www.breviarios.com) el próximo sábado a las 5 pm, de mi autor bien amado, Julio Torri.

 

“La conquista de la luna”

Luna…
tu nos das el ejemplo
de la actitud mejor.

Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithsonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprendieron la conquista del satélite, polo de las más nobles y vagas displicencias.

 

La guerra fue breve. Los lunáticos, seres los más suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones en cafés, sin ediciones extraordinarias de El matiz imperceptible, se dejaron gobernar de los terrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, padecieron la ilusión óptica de rigor –clásica en los tratados de Físico-Historia– y se pusieron a imitar las modas y usanzas de los vencidos. Por Francia comenzó tal imitación como adivinaréis.

 

Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y silenciosas. Los físicos eran muy solicitados en sociedad, y los moribundos decían frases excelentes. Hasta las señoras conversaban intrincadamente, y los reglamentos de policía y buen gobierno estaban escritos en estilo tan elaborado y sutil que eran incomprensibles de todo punto aun para los delincuentes más ilustrados.

 

Los literatos vivían en la séptima esfera de la insinuación vaga, de la imagen torturada. Anunciaron los críticos el retorno a Mallarmé, pero pronto salieron de su error. Pronto se dejó también de escribir porque la literatura no había sido sino una imperfección terrestre anterior a la conquista de la Luna.

 

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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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