La lamida de las letras

Desde hace casi dos años he tenido la oportunidad de escribir en el suplemento cultural de una famosa revista de corte político. Es una publicación de corte izquierdista que tiene bastantes años circulando a nivel nacional. La forma en la que participo en el suplemento es mediante reseñas de novelas de literatura mexicana contemporánea. Entre más reciente sea la publicación, más rápido sale el texto y más rápido me pagan. No es mucho pero, por lo que he investigado, tampoco está tan mal en comparación con lo que proporcionan otras publicaciones. Se supone que ser parte del cuerpo de escritores de esa publicación me da currículum, experiencia profesional y lectora, y razones para llenarme la boca diciendo a mis amigos que ya me han publicado en un medio nacional.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. Ojalá las novelas que tengo que leer me gustaran para realmente hacer la reseña con gusto y compartir con el público lector una pieza literaria de calidad. Lamentablemente no es así. Las reseñas que yo tengo que meter al suplemento deben ser de literatura actual, y con una visión positiva. En otras palabras, la reseña debe enaltecer el texto, alabar al autor, decir que su libro es bueno. El suplemento no acepta reseñas negativas por considerarlo pérdida de espacio. ¿Para qué poner críticas de libros malos? El texto tiene que ser novedad y bueno.

El asunto se complica por varias razones. Primero que nada, el suplemento no me da dinero para comprar el libro a reseñar. Yo lo debo escoger casi al azar o por recomendaciones y de mi bolsillo, adquirirlo. Cuando empiezo a leer, rezo a los hados que ojalá me guste, porque si no, tendré que exprimir el libro para sacarle algo bueno y ponerlo en la reseña. Por supuesto que puedo escoger no escribirla. Pero si no escribo, mi presencia en la revista se diluye, no recupero la compra del libro y, obviamente, no me pagan. Y como todos los que estamos en el mundo literario sabemos, la cartera de los escritores siempre anda de a cuentachiles y no estamos como para andar viviendo del aire.

Vaya dilema en el que me encuentro. Porque ha habido varios artículos que he escrito dando vistos buenas a novelas que en realidad son mediocres desde mi treintañero punto de vista (tampoco son tantas, no se vayan a creer ustedes). He buscado sacarles lo bueno, algún mérito, para poder salir publicado.

Algunos amigos críticos me han platicado que se encuentran en la misma situación. Si el artículo no ensalza la novela, no se publica. Sobre todo si se trata de premios literarios de renombre.

Me atrevo a mencionar un ejemplo. Hace dos años el premio Jaén de novela fue otorgado a Julián Herbert con su novela Canción de Tumba. Prácticamente toda la crítica la puso como la última gran novela mexicana desde los años sesenta. Adjetivos como “espectacular”, “sublime” y “arrebatadora” llenaron páginas de crítica. Toda la banda, como diría un profesor mío, se puso de rodillas ante este poeta que ahora se convertía en el novelista que todo México estaba esperando.  La estirpe literaria hablaba maravillas de la condenada novela, la recomendaron hasta el hartazgo. Uno podía leer en la contraportada que la lectura prometía personajes entrañables. Con semejante promoción, ustedes disculparán, pensé que me enfrentaba a una Madame Bovary o al mismísimo Tolstoi.

Claro que no fue así. Con una anécdota que prometía (un hijo frente al lecho de muerte de su madre prostituta recuerda su infancia) el autor nos da un viaje por sus premios literarios e imágenes usadas de forma efectista para general polémica (poner al ano como un dios, de veras que es una cosa que jamás había visto. Quizás esa era la novedad: La poética del ano). Herbert llena la narración de digresiones que son excelentes y propias de un artículo benevolente, pero no de una novela que me prometía una revelación mesmérica. A mi parecer, la prosa era lo rescatable, pero de nuevo, me encontraba con experimento de forma, nada de fondo. En una palabra, Herbert no me dijo nada. A mí no. O tal vez fallé como lector al no entender la profundidad de su poética del ano. Y no lo trato con ironía, recordemos que todos tenemos ano y que todo se puede poetizar. Claro, he aquí la universalidad del arte.

Un amigo crítico sinaloense opinaba lo mismo que yo. Se atrevió a publicar su reseña de la novela en su blog que tiene cierta relevancia y todo mundo se le fue encima. Lo tachaban de envidioso, de mediocre, de que era un crítico y no un creador, de un mal lector y demás motes.

Así la situación en las letras mexicanas. Porque muchos de los suplementos de gran alcance, en donde escribe la banda(me encantaría poner aquí a los que creo que son parte de ella; no obstante, me tengo que morder la lengua), refuerzan la mafia literaria. Encumbran autores panfleto, inflados y que en cuestión de meses se olvidan. ¿Usted, lector, se acuerda de Canción de Tumba? Yo espero que sí; si no, quiere decir que estamos ante un gran problema. Tanto bombo y platillo para nada.

Todo esto para decir que quizás, en el fondo, ser honesto en el mundo literario no sirve de nada si se quiere hacer una carrera en él. Al menos no en un principio. Uno tiene que entrarle al nido de víboras intelectualoides, chacotear en la Condesa, en la Roma o en Coyoacán, quizás adoptar un look hipster (sí, tiene que ser hipster, el escritor con look hippie no está de moda), nunca llevarle la contraria a un clásico literario y andar arrastrándose por los rincones culturales buscando un hueso. O como se dice  vulgarmente en mi barrio, hay que ponernos el sustantivo compuesto que empieza con lame y termina con huevos. Iconofinaltexto copy

@AbramDominguez

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Abraham Miguel

Narrador y ensayista. Tiene estudios de Letras y Creación Literaria en el Centro Cultural Casa Lamm y de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se especializa en Crítica y Literatura Victoriana. Twitter: @AbramDominguez