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La ironía mexicana

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Ya sea porque nos acercamos al día de Muertos o porque estoy por concluir mi taller de ensayo mexicano, el caso es que me he puesto a divagar en torno a la ironía en el mexicano. Si bien no existe un planteamiento de identidad resuelto, la ironía circunstancial es en definitiva una gran característica.

La ironía mexicana nos muestra cómo aceptamos callados lo que sucede sin hacer caso de las consecuencias. Tenemos una presidente que no lee. Cada vez hay más producción librera. Exigimos al técnico de la Selección pero no al presidente. Preferimos la realidad virtual. Compramos café de Starbucks, sí, en México. Llamamos “indio” a aquel que no sabe inglés, ignoramos que existen los redneck. Hacemos un altar de muertos a alguien a quien debimos hacer un homenaje en vida.
Ahora, esas pequeñas ironías nos definen como pueblo porque es la parte que deseamos tomar en el juego de las decisiones, aquella de una empatía momentánea.

La ironía mexicana prevalece y es soberana actriz de nuestros movimientos cotidianos.

La ironía cuenta con una escala de tres pasos: la primera es la identificación, ante la cual esbozamos una sonrisa pícara. La segunda es aquella donde lo amargo de las palabras mella en el fondo del vaso. La tercera es aquella que nos desliga de la situación representada pero que, sin embargo, nos deja pensando.

¿Por qué valernos de este recurso retórico -y pragmático- para enfrentar la realidad?

¿Deberíamos prescindir de ella y decir las cosas de frente?
Considero que no; como bien sabemos, el propósito de las figuras retóricas es persuadir de algo. Quizá lo que busca es que asintamos, confiriendo la razón al planteamiento pero, sin embargo, aquello que nos hizo reír unos segundo atrás se convierte en un “qué le vamos a hacer”. También eso es ironía.

Ñú

La ironía se ve presente en autores como Gogol o. Kafka, sin embargo, la tradición literaria mexicana abunda en este recurso. Tendríamos que ir a la caza de la ironía en nuestras próximas lecturas. Gracias por leer estás palabras sardónicas.
Uno de mis ironistas favoritos es Julio Torri, con su minificción “A Circe”:


¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí
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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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