La importancia de llamarse México

A mí me gusta el nombre de México justamente porque no es oficial.

Me gusta porque ese México no oficial es en realidad muchas naciones que persisten aunque  la Constitución del México solemne y legal se empeñe en ningunearlas.

Yo conozco el México que viaja por el mundo en los souvenirs playeros, pero también el que se esconde tímido tras una palmera; he oído al México que alardea en español, y he sufrido al que calla en una lengua propia que siente extranjera; he sido vecino del México de la fiesta eterna, pero también he imaginado a la distancia al país huérfano de madre que cruza la frontera con su luto a cuestas.

Me gusta que la papelería del gobierno diga Estados Unidos Mexicanos, porque así sé que se trata sólo de un apodo administrativo que no alcanza a ser México entero.

Me gusta que el México extraoficial no sea una evocación miope y cursi de los Mexicas, sino la suma de pasados prehispánicos multicolores.

Me gusta que México sea un nombre fantasma, no escrito, difuso y escurridizo para las instituciones de Estado, como difusa y escurridiza es la fecha exacta en que nació un sector de este cúmulo de naciones que no es ni español ni indígena, sino el embrión de algo más.

Me gusta que en sus tarjetas de presentación laboral, este país se llame Estados Unidos Mexicanos, en emulación del vecino del norte, porque así recuerdo que la vida se le escapa a la ley y a la ideología, y que el México no oficial subsiste en libertad.

No me gusta, por lo tanto, que el presidente envíe al engañosamente honorable Congreso de la Unión una iniciativa para cambiar el nombre oficial de este país.

No me gusta que secuestre al México real para aprisionarlo en su papelería (que por cierto costará millones de pesos modificar), sólo porque tiene prisa de inscribir su nombre en la historia nacional por más razones que las fúnebremente obvias.

No me gusta que no haya considerado el nombre sobrio y nada despreciable de República Mexicana, como si tuviera dudas sobre si lo que nos espera el próximo sexenio se parecerá o no a una república.

Y no me gusta que, revistiendo de institucionalidad el nombre de México para el país ilusoriamente homogéneo que él cree gobernar, anule a todos los demás, que lo rebasan.

Dijo él, hoy por la mañana, que “el nombre de un país expresa una relación simbólica con todo aquello que designa”. Yo le digo que el nombre de un país trasciende su denominación oficial; que de nada sirve tocar éste y que nunca podrá con aquél, porque la Constitución es apenas una ínfima peca en el ombligo de la luna.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada