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La guerra maquiavélica de Calderón

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A Oscar Valero, por lo mucho que platicábamos de esto, ¿te acuerdas? 

De carácter urgente se veían en la foto las sonrisas son largas, agudas, de tranquilidad. Diego Fernández de Cevallos “El jefe” sonríe. El gobernador de Baja California Sur, presume su reloj; el de Sonora, ríe. El jefe, el que fue el verdadero jefe del país, sale sin saco. Sin el camisón verde militar que le quedó grande al igual que la maldad sanguinaria del narcotráfico. Es el cumpleaños 51 del ex presidente Felipe Calderón. Panista de nacimiento, católico hasta la muerte, ¿priista al final de su sexenio? Regresó. Vino para festejar en la tierra que lo vio nacer y con el polvo de la sangre que dejó.

Hombre de mediana estatura, de enormes ambiciones. Monarca de sus decisiones, inseguro de sus deseos. Calderón fue el hombre que decidió –por sí solo– hacerle la guerra no a los malos: a sí mismo. Lo digo no porque de mis yemas salten rayos fastidiosos, o porque el pensamiento esté atorado. Nuestro ex presidente le quiso demostrar a su padre y a Margarita y a sus hijos y a AMLO y a Cordero y a Lozano y a Madero y a Peña y a García Luna y a Obama y a ti y a mí y a los que se quedaron colgados y a los que se quedaron sin cuerpo y a todos, que sí podía quedarle el camisón verde. ¿Maquiavélico? Veamos pues lo que dice Nicolás.

“Aquel que se apoya en otros para elaborar su grandeza, obra su propia ruina; nada se obtiene de otra manera sino con la propia fuerza e industria; si un príncipe se asienta por otros medios, su poder será siempre limitado”.

Así fue, Nicolás. Calderón se condenó al ganar el voto de una mujer (ahora presa y enferma, se supone, ¿no?) con un ejército de simuladores, mercenarios, ladrones y cazadores de monedas. Durante seis años, al igual que casi toda la historia del estado moderno, la educación se vio lastimada, sacrificada para que llegara al poder –su ruina más extensa– el hombre del haiga sido como haiga sido. No elaboró grandeza, obró su propia ruina, se asentó en la silla por esos medios y su poder siempre fue limitado.

“Hay tres maneras de conservar los estados: una es destruyéndolos; otra es habitando en ellos y la tercera es permitir que se viva bajo leyes antiguas”.

 Así fue, Nicolás. Utilizó las tres formas. Destruyó calles, semáforos, casas, bares, ventanas, espaldas, brazos, torsos. Habitó en nosotros durante seis años y permitió leyes antiguas. ¿Cuáles? Por ejemplo: “Si un hombre comete un homicidio, a ese hombre se le dará la muerte”. ¿Sí o no? Mantuvo y conservó su estado de gobernabilidad a su manera, palomeando sentencias maquiavélicas. Para que no haya error en la manutención de la ciudadanía y las leyes, van las tres formas.

“El príncipe deberá actuar siempre con firmeza, porque si no está dispuesto a remediar la adversidad, con el mal si es necesario, el pueblo lo juzgará como poco sincero y nadie le agradecerá los bienes recibidos”.  

 Así fue, Nicolás. Actuó con firmeza… Con firmeza directa hacia la sangre. Nunca pensó que pudo haber actuado con firmeza hacia la salud pública o hacia una presión oceánica de parte de los norteamericanos por el tráfico intestinal de las armas, que son los mismos instrumentos con los que muchos mexicanos se mataron entre ellos mismos. Estuvo muy dispuesto a remediar ese monstruo de muchas cabezas que es el narcotráfico con mal, con mucho mal. Cortaba una cabeza, salían otras tres, como en Grecia. Nunca pensó en remediar al monstruo desde otros flancos, desde los lados quizá, por atrás o por arriba. ¿Bienes recibidos? Exacto.

“Ya sea infundiendo en la gente la esperanza de que el mal será pronto superado; avivando sus temores respecto de la crueldad del enemigo y manejando con habilidad a quienes le parezcan inconformes y pudieran atreverse a desobedecer”.

 Así fue, Nicolás. En Michoacán la gente le pedía soldados al presidente, se los quitó porque no ganó el PAN (su hermana) la gubernatura, ya después los devolvió. Infundió esa esperanza de que, en verdad, lo necesitaban. El temor fue avivado respecto a la crueldad no, respecto al miedo de un fuego cruzado o un levantón por parecerse a algún sicario o familiar del mismo o hasta el jefe de un cartel. Manejó con habilidad sus piezas con los inconformes (también había inconformes sin inconformidades) y les decía que en su gobierno se permite la libertad de expresión, claro, si uno está desaparecido, ¿cómo lo van a escuchar? El único que desobedeció fue el milagro, el milagro del cambio.

“Un príncipe no debe tener más ocupación, ni considerar cosa alguna como su principal responsabilidad que la guerra, su estrategia y organización”.

Así fue, Nicolás. Ojalá la guerra hubiera llegado a México como una guerra de conocimientos, de palabras o hasta de verdades. Aquí, la única guerra que llegó fue la guerra del poder por el poder. Fue la principal responsabilidad del michoacano, su estrategia y organización. Fue un gran anfitrión de la batalla, un pésimo capitán y un descarado juez. No tuvo otra ocupación más que la guerra del polvo y de la sangre caliente. Nacieron movimientos sociales, unos con mucho humo y confusión, otros con gran voz pero un cuerpo escuálido y desvencijado. Incluso los voceros de uno se fueron a trabajar a la empresa que tanto les sirvió para hacerse famosos. Toda esa pena, ese oprobio, vergüenza, ignominia de la que tanto se quejaron fue siempre la lengua de su boca. De la misma boca por la cual vomitaron, se tragan la comida que les da su antiguo vómito.

Ya estamos en otro proceso político, y te apuesto Nicolás, que no te van a fallar en ningún punto de tu llameante palabra. Eso será otra urgencia.

@yosoyatzin

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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