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La ciencia y lo asombroso en lo cotidiano

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Era un viaje de amigos por una carretera que subía una montaña y atravesaba un bosque. Una gran amiga era la conductora y yo el copiloto. En una parte del camino, nuestro auto salió a un claro que daba a un acantilado; era el momento en que el sol se aferra al cielo con sus fulgurantes brazos. Por un instante todos quedamos impresionados por la belleza de la imagen. Conociendo mi militante ateísmo, mi amiga dijo: “Nando, ¿cómo puedes ver eso y no sentir la presencia de Dios?”

Al momento supe que aunque ambos habíamos sido conmovidos por la belleza del paisaje, cada uno la había experimentado de forma totalmente diferente. Es más, presentí que mi amiga creía que yo no había visto lo bello de aquel cielo.

Considero que esa idea es algo común: pensar que como no se tiene una creencia en lo sobrenatural, toda belleza, sorpresa o magia queda descartada. De alguna manera se cree que la visión científica del mundo es mecánica, fría… como si el neurocientífico que estudia la fisiología del amor redujera sus noviazgos a la cuantificación de endorfinas cada que ve a su pareja. La culpa de ello tal vez , como con muchas otras cosas, la tenga la televisión y la imagen del científico torpe y unidimensional que ha ayudado a difundir. Sujetos que son incapaces de hablar de otra cosa que tubos de ensayo o vedados para las relaciones humanas. Nada más alejado de la realidad.

La curiosidad de la gente que hace ciencia no viene a eliminar la belleza de la naturaleza. Al contrario, sólo agrega una nueva dimensión con la cual asombrarse. Saber que ese bello atardecer es producto de la fusión ocurrida al interior de una estrella a años luz de la tierra es una razón más para asombrarse. Por otro lado, la explicación teísta: todo ha sido creado por Dios, personalmente me parece un poco sosa. ¿Dónde queda lo mágico cuando todo es posible? ¿Hay algo especial en las creaciones de un ser todopoderoso? ¿No es más “mágico” el saber que toda la naturaleza no requirió de ninguna fuerza externa para ocurrir? No hay nada sobrenatural; lo mágico, lo asombroso está en nosotros mismos, no en una deidad fuera del mundo.

Un día viajaba en metro con otro gran amigo, estudiante de física. De repente el metro frenó y nosotros fuimos mágicamente empujados hacia adelante. Con un gesto de verdadera emoción y alegría, él comentó: “¿Sentiste eso? ¿Sentiste la inercia? Eso pasa porque tienes masa”. A nuestro alrededor, el resto de los pasajeros se sujetaron del tubo y regresaron a su ocio de viajero. El resto del viaje, yo quedé como encantado; a mi cotidianos viajes por el subterráneo se le había agregado una nueva dimensión: el asombro dado por el conocimiento físico de un hecho tan intrascendente como un zangoloteo en el metro. Iconofinaltexto copy

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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