Juan Manuel Hernández: artista mundialmente desconocido

Entrevista a uno de los pintores más prolíficos de la Ciudad de México.

El paisaje en minutos

Está pintando con los dedos un cielo lila como el algodón de azúcar que venden en el puesto de al lado. Sentado en su banco de plástico y apoyado apenas en una tabla, afuera del bosque de Chapultepec a la altura del Museo de Antropología, acomete un paisaje en menos tiempo del que dura el semáforo en rojo sobre el Paseo de la Reforma. Óleo sobre madera, me explica con una sonrisa.

            Don Juan Manuel Hernández se formó en la Escuela Superior de Dibujo y Pintura, a la que le perdió la pista después del temblor de 1985. Todas las mañanas desde hace treinta años (con excepción del lunes que el bosque cierra), tras dos horas de camino desde su casa en Chimalhuacán, se instala en las rejas de Chapultepec a ofrecer sus cuadros. Pinta retratos por encargo, pero dice que ya casi nadie está dispuesto a pagarlos: quince mil pesos suena a mucho dinero, en una época en la que los teléfonos celulares cuentan con cámara fotográfica. En cambio, sus paisajitos se venden por un precio que apenas rebasa el costo del marco ―y que por tanto embona mejor con mis finanzas―.

Aquí no se puede hacer playback

Con movimientos de prestidigitador dibuja las montañas y una cascada albiazul a la que se asoma un crepúsculo color melón.

            Cierta vez, un hombre trajeado se acercó a su puesto con su hijo de tres años; se los quedó mirando y, luego, con el dedo índice le mostró los cuadros al niño y dijo:

―Velos bien: cuando lleguemos a la casa quiero que me hagas uno igual.

En otra ocasión, fue una mujer la que pasó con su vástago frente al improvisado estudio en la banqueta. No dudó en advertirle:

―Mira, así vas a terminar si no estudias.

            Pero don Juan Manuel no se agüita.

―Éste es un don que se trabaja con los años ―me dice―, un arte.

Y vaya que lo trabaja. Llega a las once de la mañana y se va  las cinco de la tarde; dedica el día a pintar y renovarse: ningún cuadro es igual a los que le preceden en una colección que crece con la fuerza de la cotidianidad.

Le gusta comparar su trabajo con la música.

―La diferencia es que aquí no se puede hacer playback ―dice―.

Quizá por ello se cuenta entre los pocos artistas que pueden vivir de su arte. Don Juan Manuel asegura que no hace otra cosa para subsistir.

La pintura, eso sí, le ha traído amores y tropiezos.

―Ésta es la culpable de todo ―asegura burlón, apuntando el dedo a la paleta de colores, que por falta de voluntad no se puede defender.

Una vez, cuando todavía instalaba su changarro en el interior del bosque, conoció y se enamoró de una mujer policía. El idilio palpitó saludablemente hasta el día en que, por carecer de permiso comercial, fue desalojado. La venta afuera de las rejas no comenzó bien, los ingresos flaquearon y el amor de la policía resultó ser uno que funcionaba con monedas, por lo que no volvió a saber de ella.

Hoy en día sigue sin tener permiso comercial, pero la delegación ya no lo molesta porque a los funcionarios les gusta su pintura. Cuenta orgulloso que el encargado de las exposiciones fotográficas en las rejas de Chapultepec, cuyo nombre desconoce, ha dado la orden de que se respete su lugar y no se pongan fotografías donde él tiene su changarro. Mi primera reacción es de incredulidad. Luego alzo la cara: la exposición fotográfica ―sobre la historia de  la lucha libre en México― hace una tregua en el punto en que nos encontramos.

 

Mundialmente desconocido

Es hora de usar los pinceles: unas aves, los detalles del follaje, algunas sombras. Mientras retoca la desembocadura de la cascada me explica que su mayor ingreso se lo debe al turismo. Relata la ocasión en que un australiano que volvía a México veinte años después de su primera visita reconoció su firma, unas pinceladas delgadísimas que de cerca dicen Juan, seguidas de una M y una H fundidas en un trazo al mismo tiempo discreto y certero.

―Yo tengo un cuadro suyo.

            Hacemos cuentas del número de paisajes miniatura que ha pintado y vendido principalmente a extranjeros de todas nacionalidades a lo largo de treinta años y se me adelante a concluir que tiene, al menos, un milloncito de sus cuadros espolvoreados por el mundo.

―Ya quisieran otros ―se me sale.

―Ahora sí que soy mundialmente desconocido ―me dice por toda respuesta.

            Elijo los cuadros que me voy a llevar, y aun se da el lujo de hacerme un descuento, que me veo obligado a aceptar porque yo todavía pertenezco al sector de quienes no viven de su arte.

―¿Le gusta su trabajo? ―le pregunto, finalmente.

Y que sí, me contesta, con un gesto al que no le faltan sinceridad ni un resabio de melancolía. A don Juan Manuel Hernández le gusta su trabajo por genuino, porque su arte está despojado de toda pretensión. Y por eso disfruta pensar que casi lo regala.

Le agradezco su tiempo y me alejo estudiando uno de los cuadros que le acabo de comprar. En él, un paisaje de luminosidad lunar enmarca un único árbol junto al río; casi se diría que el árbol ha ido ahí a propósito, para estar solo, para pensar sus cosas bajo la luna. Me percato de que me dirijo al lado contrario de donde debería tomar el camión, así que doy vuelta.

Don Juan Manuel no me presta la menor atención; sigue ahí, pintando, con su camiseta gris y el atisbo del futuro cabello glaseado, la sonrisa afable y lo ascético de sus dominios sobre la banqueta. Pasa inadvertido frente a los paseantes de Reforma; no imaginan que en su casa, a lo mejor, como en miles de hogares, hay un cuadro de esos a los que apenas se les ve la firma. Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada