I’m talking about love

I'm talking about love

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e preguntó cuál es mi palabra favorita, le respondí que es muy difícil elegir. La palabra perfecta e insuperable para una cosa es vacía o inútil para otra… La palabra que más puedo necesitar en un momento específico no tiene impacto alguno en otro distinto. ¿Cómo elegir, entonces, sólo una, cinco o cien? Quizá sólo sea posible elegir basándose no en la palabra en sí, sino en todo el universo que se guarda en ella. Porque irónicamente hace falta un millar de palabras para describir, ya no digamos explicar, una sola palabra. Bajo este criterio ya no dudaría ni un segundo, mi palabra favorita es amor.

Quien piense que hablar de amor es cursi es porque desconoce la auténtica naturaleza del amor, lo conoce solamente por encima o, peor aún, ha llegado a confundirlo con las cosas que suelen suplantarlo.

Sin embargo, ese juego de falsificaciones se vuelve complejo porque, al mismo tiempo, es cierto que el amor ha transmutado como identidad con el paso del tiempo; el núcleo vital sigue siendo el mismo, pero se ha revestido de formas más complejas, se ha envuelto con múltiples capas. En esta confusa madeja de hilos me estaré refiriendo principalmente al amor romántico.

Lo que desconcierta sobre su naturaleza es que, todo parece indicar, cuando las circunstancias son realmente adversas, el amor puede tener múltiples dificultades impuestas por el entorno pero surge con mayor furia y, cuando las circunstancias son planas y banales, el amor no tiene auténticos baches pero no se le permite nacer con la misma fuerza. Me refiero a lo siguiente: un mundo en genuino caos, donde los involucrados están enfrentados directamente a grandes amenazas y peligros inmediatos, el amor entre dos personas se detona con mayor ferocidad, es fuerte y, de hecho, se convierte en un arma/escudo contra lo que ocurre alrededor. En cambio, cuando dos personas viven en un mundo donde no existe una amenaza importante directamente al lado, cuando no hay algo que ponga las cosas en perspectiva, las propias personas ponen la mitad de los baches para impedir un enamoramiento. La comodidad es altamente dañina para el amor, y las tribulaciones germinan los amores más poderosos.

Decía yo que el amor se ha envuelto en muchas capas, y eso es porque la humanidad ha ido creándose un mundo cada vez más intrincado. Hace cientos de años, bastaba una mirada para que dos personas se enamoraran enloquecidamente. No había mayores complicaciones porque el mundo en el que vivían era inmensamente sencillo, en ese momento todavía no había un mar de opciones con que cada individuo podía confeccionarse un vasto y complejo universo personal, no era necesario indagar en una sincronía de gustos musicales, televisivos, cinéfilos, ideologías políticas o libros preferidos. En esos momentos no había nada más que la persona en sí, en cuanto a carácter y físico. Romeo y Julieta protagonizaron una de las más hermosas historias de amor al haberse enamorado perdidamente tras verse solamente una vez en un baile; sacrificaron todo por alguien a quien ni siquiera conocían en realidad. Actualmente las piezas que deben encajar por ambas partes se han ido volviendo cada vez más específicas y eso complica mucho las cosas… esperemos también que vuelva el amor todavía más profundo, porque ya no hay vuelta atrás en la forma en que el mundo se ha ido modificando.

Uno podría preguntarse si el amor con menos aditamentos se encuentra más cercano a un amor por instinto y el amor de piezas más elaboradas se trata de un amor más propio de la definición de algo concretamente humano. Es decir: evidentemente enamorarse de una persona tan sólo de vista y por motivos sencillos es un enamoramiento sincero y que puede darse en cualquier lugar bajo cualquier circunstancia; pero por otro lado, si bien es cierto que el físico suele ser, inevitablemente, lo primero que llama la atención, cuando la atracción la ejercen también otros factores como el libro favorito de la otra persona o su forma de tocar un instrumento musical, por ejemplo, es entonces el tipo de alma y cómo ha sido moldeada con el tiempo lo que ha desatado el amor.

Así que tenemos dos tipos de enamoramiento en una clasificación, lo admito, algo nebulosa, pero con diferencias suficientemente claras flotando entre sí. Ahora, me pregunto, ¿uno es mejor que el otro? ¿Uno tiene más fuerza que el otro? ¿Uno nulifica al otro? O quizá cada persona específica necesita uno de estos tipos de amor más que el otro, o tal vez todas las personas necesitan vivir ambos tipos de amor en distintos momentos de su vida.

 Hace tiempo el cortejo era largo, sujeto a distintas etiquetas preestablecidas, el enamoramiento era principalmente ensoñar y añorar; pocas cosas provocaban más felicidad que un pretexto para sostener la mano de una muchacha y las cartas intercambiadas entre enamorados se volvían pilares sobre los que ambos comenzaban a construir su ambiciosa mitología personal. ¿En qué momento toda la esencia del amor se fue convirtiendo en un animal en peligro de extinción? Debemos estar atentos; Paz tenía toda la razón cuando dijo que la decadencia de una sociedad comienza por la lengua, pero hay que añadir que la decadencia de la humanidad comienza por las condiciones en que se encuentra el amor.

No es poca cosa detenerse un momento a reflexionar, profundamente, respecto al amor, porque después de todo, me parece, a la vida se viene únicamente con dos motivos: la trascendencia y el amor, y ambas cosas funcionan como un ciclo, dos serpientes devorándose una a la otra, alimentándose mutuamente. Porque la trascendencia que se busca idealmente funciona infundida por distintas variedades de amor, y el amor concede trascendencia a una multitud de cosas que, muchas veces, no podrían obtenerla de ninguna otra forma.

Es muy complicado para mí escribir estas líneas, porque se trata de cosas que yo mismo intento comprender, y no encuentro mejor forma de cerrar este texto que citando a San Agustín de Hipona, con quien no podría estar más de acuerdo: “El amor es una perla preciosa que, si no se posee, de nada sirven el resto de las cosas, y si se posee, sobra todo lo demás”. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.