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HISTORIAS FANTASMAGÓRICAS

La memoria es una cita con los fantasmas del presente. Sin armas o aspavientos, el abjurador de espectros teme la llegada final: la aparición del recuerdo doloroso. Nada en el tiempo ausenta el flujo del recuerdo y nada en el espacio frena a los ejércitos del olvido, por eso resulta difícil pensar en la memoria de todos, en la memoria de un país con un solo tipo de recuerdo. ¿La memoria y la historia son dos formas limítrofes de consolar la conciencia del presente? ¿El flujo del recuerdo entorpece el retablo del olvido? El tiempo civilizatorio es historia. El tiempo humano es memoria, pero es memoria indignada. La unión del tiempo humano en relación con el tiempo civilizatorio produce memoria histórica.

Las discusiones políticas acerca de la memoria histórica recurren a un lugar común: México es un país sin memoria. Esto significa que en México existe un tipo de amnesia institucional entendida como una forma legítima del tiempo histórico. Esta afirmación retórica es compartida tanto por los detractores del recuerdo como por los apologetas del olvido. Los memoriosos curan las penas bajo la sombra del mezcal, el tequila y el ron. Los ideólogos escriben historias de fantasmas, espectros y vampiros. La historia mexicana está plagada de esos memoriosos e ideólogos, de fantasmas y tequileros. Cómala, la llorona y el Vampiro de la Condesa en convite de arrabal. Los primeros explican la ausencia de memoria como parte de la cultura política de la modernidad: un efecto cultural de una estrategia política de largo alcance. En cambio, los apologetas del olvido advierten que es razonable tal ausencia de memoria debido a que no se vivieron dictaduras militares como en el cono sur, guerrillas a la altura de las centroamericanas, o simplemente genocidios como en algunos países europeos. Sin embargo, independientemente de los supuestos metafísicos de ambos grupos, lo que se advierte es la defensa del supuesto papel secundario que desempeña la memoria histórica en México. La falta de memoria es a la historia mexicana lo que la falta de cultura cívica a la democracia parlamentaria. Los historiadores no son cazafantasmas, aunque estén equipados contra el exorcismo de las identidades.

En Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, Nietzsche escribió que la diferencia entre el animal y el humano reside en la capacidad para olvidar. Aprender del pasado es aprender de las catástrofes, lo cual implica aprender a olvidar. Ni todo el recuerdo es posible ni todo el olvido es necesario. El mexicano es una inversión sacrílega de Funes el memorioso y, aunque Nietzsche insista en la importancia del equilibrio entre el olvido y el recuerdo, el mexicano olvida fácilmente, de manera rápida y eficaz, pues olvida que no necesita el recuerdo para seguir viviendo. Para el habitante de la metrópoli del Anáhuac, el recuerdo frena el futuro y el olvido produce angustia por el pasado. El mexicano es presente puro, presente continuo, presencia que oculta una ausencia: la ausencia democrática. En México, como otros países iberoamericanos, los debates de la memoria histórica son subsidiarios de las disputas políticas acerca de la forma correcta para una transición democrática. La diferencia de interpretaciones de la memoria es, entonces, análoga a la diferencia de explicaciones acerca de la democracia. La democracia sin memoria es un manantial de agua contaminada: estancamiento civilizatorio y memoria fragmentada.

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Ángel Álvarez

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