Tardes de leones

La calzada de Miramontes en los años ochenta era una vía mucho más transitable que ahora, pero a mí me parecía eterna cada vez que la recorría sentado en el asiento del copiloto del coche de mi madre. Era niño, y para cualquier niño es intolerable estar más de quince minutos en coche, pero además siempre que íbamos por Miramontes (no sé si una o dos veces a la semana, o una vez al mes, o cada cuánto, pero era recurrente) era porque nos dirigíamos a un lugar pavoroso: la clínica del doctor León.

No recuerdo al doctor, más que era calvo y no entendía por qué llevaba ese nombre de melenas, ni recuerdo cuándo empezamos a ir: así de temprana era mi infancia. Pero recuerdo claramente el lugar y el sufrimiento: un pabellón largo, creo que en un segundo piso, con camas y sillones a lo largo de cada pared. Al lado de cada cama un aparato, y sobre ella un niño enfermo (y algún que otro adulto en honor a la verdad), acompañado de una madre paciente. Todos recibían el mismo tratamiento: tenían, teníamos, una mascarilla de plástico sobre la boca y la nariz ajustada por detrás de la cabeza con un resorte verde, por la que recibían la vaporización de alguna medicina. Todos los resortes eran verdes, y todos los vaporizadores ruidosos. La sala entera ronroneaba, no se podía oír y no se podía hablar, por la mascarilla. A veces, el vapor entraba a los ojos, pero en general era por pura ansiedad que uno se desenmascaraba y se removía. Para eso estaban las madres, y una enfermera, para calmarnos, tranquilizarnos y asegurarnos que ya no faltaba tanto. No había nada que hacer.

Tedio.

Tedio y paredes amarillas, inflamadas por el sol de la tarde —los niños van al doctor por la tarde—. Tedio, paredes amarillas y ruido blanco; ni un libro de colorear, ni un juguete, ni nada que hiciera pensar que la gran mayoría del público literalmente cautivo del lugar tenía menos de siete años. Los consultorios pediátricos se volvieron divertidos después; en los ochenta, para ese efecto, los niños todavía éramos adultos chiquitos. Y el asunto duraba lo que durara: llenaban la maquinita de agua, le agregaban la medicina, y acuéstate a respirarla hasta que el agua se acabe, hasta que la máquina haga ese ruido de cafetera que indica que ya, pronto, volverás a la libertad y a la calzada de Miramontes. Que ahora sí, y no cuando aseguraba, ay, falsamente tu madre, ya no falta tanto.

Nunca supe bien por qué íbamos con el doctor León, ni qué beneficio sacaba de entregarme a sus terapias. Era un hecho de la vida, como las visitas a casa de las tías, como algunas tardes acompañando a mi padre al trabajo, como ir a la escuela o a clases de natación. Íbamos con el doctor León porque tenía algún problema respiratorio, eso queda claro ahora, pero entonces íbamos porque me decían “vamos al doctor León”, y me llenaba de miedo y tristeza. No puedo asegurarlo, pero creo que en ese pabellón conocí la melancolía. Por lo menos intuí, en mi mente de niño, la nostalgia: el deseo difuso de volver a casa, la certeza de que todo tiempo pasado (fuera de ese lugar) era mejor.

Uno no sabe a qué va, pero sabe que ha de ser por algo. Ese sufrimiento ahogado en vapores de sales debe ser por algo. Los adultos, los confiables, los padres, te dicen que es para que estés mejor. Les crees, aunque no te sientas mal. Y viene el silogismo terrible: si voy a estar mejor es porque estoy mal. Quién sabe de qué, pero malhecho. Supongo que por eso a la fecha me asustan los doctores y los tratamientos largos me deprimen: se sabe, íntimamente, que hay un lugar mejor, que se podría estar mejor, pero también que uno tiene algo mal y no puede estar allí. Que tiene que hacer los ejercicios para el arco del pie, someter las manos a soluciones medicinales media hora para el eczema, soportar los brackets, ser paciente con la mascarilla mientras los otros, los humanos completos, juegan, corren, se divierten y se besan allá afuera, donde el sol no es amarillento ni el tedio como un león se come las tardes.Iconofinaltexto-copy

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Santiago Ruiz Velasco

México, D. F., 1983. Estudió Matemáticas y Letras hispánicas en la UNAM. Publica cuentos y ensayos esporádicos, riega un cactus una vez a la semana, y con lo del hijo va igual de lento.
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