Fernando

Fernando

De niño jugaba a hacer películas con dinosaurios de juguete y una “cámara” de cartón. A los quince años, una tarde, me encontraba sentado frente a una computadora donde un hombre había editado tres tomas distintas y un audio grabados a partir de un diminuto y sencillísimo guión escrito por mí.  Un clic al botón de reproducir y en la pantalla apareció la escena completa editada, sonreí infantilmente emocionado e ilusionado. “¡Deberías ver tu sonrisa!” Dijo un hombre a mi derecha, cuando voltee a verlo, me encontré con que él sonreía diez veces más feliz que yo. El hombre era Fernando Castillo.

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Fernando le dijo a mi padre que abriría un taller de cine en el Instituto Tlaxcalteca de Cultura, pero no solamente un taller de apreciación cinematográfica o de teoría, sino un taller teórico y práctico. El instituto no le ofreció más apoyo que un espacio vacío donde dar las clases (sin equipo, sin sueldo), Fernando comenzó desde el primer día armado con su propia cámara profesional y todo su conocimiento. Me siento orgulloso de haber estado en la primera generación de sus clases de cine, que mantuvo desde ese día y hasta el final.

Para Fernando, el trabajo de todos era importante, todos tenían una historia buena y que valía la pena contar, y durante años volvió su propia prioridad (y por contagio la de los demás) ayudar a cada uno a contar la historia que quería contar.

En múltiples generaciones de alumnos, él siempre fue muy tolerante con bromas más o menos pesadas, que tomaba de la mejor forma; yo bromeaba poco con él, siempre se rio de mis bromas pero yo nunca hice muchas porque, para mí, él era como el chamán de la tribu, el que sabía cómo hacer fuego y cómo se caza a un mamut, porque era el hombre que tomó el cine, que siempre he amado y que hasta entonces veía como celestialmente inalcanzable, y lo diseccionó con toda naturalidad, en sus aspectos más básicos, para explicarlo; le aumentó la magia al convertirlo en una magia al alcance de la mano. Conmigo siempre fue sincero y cálido, me alentó siempre que hice bien las cosas; fue directo y sincero, pero amistoso, cada vez que cometí un error.

Fernando era alto y delgado, tenía el rostro como si lo hubiera pintado El Greco, lo conocí ya mayor, pero todas las mujeres con quienes he hablado sobre él nunca olvidan mencionar su atractivo. Era certero y firme en sus opiniones, hablaba con carretadas de groserías pero su alma era la de un caballero, muchos sentimos por él una confianza y un afecto prácticamente inmediatos cuando lo conocimos, transmitía una autoridad paternal al mismo tiempo que una complicidad fraternal. Lo recuerdo fumando cigarro tras cigarro; más por tener algo que hacer que por el sabor, porque la mitad del cigarrillo se consumía en su mano. Recuerdo la manera en que a veces, tras preguntarte algo importante o mientras analizaba algo que acababas de decirle se te quedaba viendo, fija y seriamente; recuerdo también cómo a veces su cara reventaba en sonrisa con una carcajada repentina y de inocencia infantil. Para todos sus alumnos fue “Fer”, a todos los animó en sus proyectos, acudió en ayuda de todos los que le pidieron apoyo en proyectos fuera de (pero consecuencia de) su taller, nunca decepcionó a uno sólo de sus pupilos. Cada generación fue siempre variopinta, alumnos ingenuos, apasionados, callados, extrovertidos, eventualmente incluso alumnos de aire más canchero pero que nunca tuvieron la honestidad, la sencillez y el genuino conocimiento de Fernando, sobre lo que realmente importaba.

Su labor fue profunda, más de lo que parecía mientras sucedía. Justo ahora, muchos lo recordamos de manera personal y emotiva pero, dentro de algunos años, su legado será todavía más evidente: él fue, básicamente, el responsable de que llegara el cine como práctica a Tlaxcala, formó a decenas de alumnos y, gracias a él, se filmaron decenas de cortometrajes que, de otro modo, jamás habrían existido. De todos los cineastas que él formó, una tajada se dedicará a otras cosas, no volverán a pensar ni una vez en volver a filmar cualquier cosa (aunque, muy en su interior, tendrán esa certeza de que alguna vez en su vida hicieron algo que muy poca gente consigue), pero otro porcentaje, que comenzó a germinar ya mientras Fernando seguía impartiendo sus clases, va a ramificar el cine en un estado que sigue siendo tan humilde todavía, que sigue recién aprendiendo tantas cosas. Exalumnos suyos impartirán talleres, inscribirán cortometrajes a concursos, participarán en muestras nacionales, las raíces se irán extendiendo más y más.

También se involucró en el teatro, solamente una vez pude ver una obra dirigida por él, pero la disfruté enormemente, como muy, muy pocas veces he podido disfrutar una obra de teatro en esta diminuta ciudad. Me consta que todos los actores que han trabajado con él, filmando y en la tarima, le tomaron instantáneamente gran respeto y cariño.

Hay otras personas que convivieron mucho más, y durante más tiempo, con él, hay personas con mayores datos biográficos sobre él y debe haber incontables anécdotas que lo involucren, yo sólo puedo hablar de Fernando considerándolo un maestro. Los verdaderos maestros que tenemos en la vida son pocos (muy rara vez alguno está, de hecho, en la escuela, y esos no siempre son profesores), Fernando fue uno de los maestros que me enseñaron no sólo cosas reales y útiles sobre algo que me interesa mucho, sino que, a través de eso mismo, me enseñó cosas muy valiosas respecto a la vida. Tengo en mente todavía, tan frescos como si fueran de apenas un par de días atrás, muchos recuerdos suyos, siempre mantendré presentes las cosas que me enseñó, y nunca olvidaré su cara, mirándome fijamente, sonriéndome cálidamente mientras me dice “¡pinche Diego!”.

Fernando falleció hace apenas un par de días, pero no va a irse nunca, ¿cómo podría, si marcó decisivamente la película de la vida de tantas personas? Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.