Feria del Libro del Palacio de Minería: ¿evento educativo o económico?

Recorrido de José Narro Robles y Miguel Ángel Mancera durante la Inauguración de XXXV FILPM

Desde el 19 de febrero y hasta el 3 de marzo, el Palacio de Minería acoge la trigésimo quinta Feria Internacional del Libro. Como cada año, este evento organizado y patrocinado por la UNAM, dará cobijo en el emblemático edificio a más de 500 editoriales, y organizará alrededor de 1440 eventos culturales entre los que destacan las conferencias de admirados y reconocidos autores.

Bajo la premisa gubernamental de crear “una capital social”, el Dr. José Narro Robles, actual rector de la UNAM, inauguró la feria haciendo referencia al problema del analfabetismo en México, donde residen más de 5 millones de personas analfabetas. Poniendo este aspecto como punto de partida, resulta difícil no cuestionarse si realmente la FIL Minería ayuda a combatir esta problemática. A pesar de que la UNAM, nombrada una de las mejores universidades latinoamericanas, a través de la figura de su rector se proponga tomar acciones para solucionarlo, ¿es la feria realmente una medida eficaz?

Gracias a Emmanuel Escobar, encargado del stand de la editorial Santillana, conseguimos aclarar un poco más la problemática. Cuando buscaba entre la multitud a alguien que pudiese hacerlo, su figura me llamó la atención: gozaba de una iniciativa y una seguridad difíciles de encontrar en gente tan joven. Emmanuel, de 29 años de edad, lleva ya 7 trabajando con la editorial y asistiendo con ella a la feria. El joven, nos cuenta cómo a la feria asiste sobre todo público joven entre semana y adulto los fines de semana, e identifica, de entre todos ellos, a un público fiel, los lectores habituales. Aun estando a favor de las iniciativas culturales, a la pregunta de si la feria contribuirá a disminuir el analfabetismo, responde resignado que ésta se trata de una “feria tradicional”, donde lo principal es promover la lectura. “Y la verdad, es que se consigue”, afirma. Más adelante, Emmanuel sonríe después de escuchar una pregunta sobre la rentabilidad de la feria y declara: “Sí, se vende mucho. Es un buen negocio para las editoriales”. Y todo, a pesar de que el gobierno sólo colabore con la difusión y de que la UNAM, rente los espacios a un precio definido “alto”, pero nunca revelado.

Fuera de la feria, en la calle, la realidad es otra. Del emblemático pasillo librero del Callejón de la Condesa, cuelga un triste letrero que hace recordar su olvido: “Estamos aquí los 365 días del año”. Para César Díaz, de 35 años y propietario de un puesto de libros, camisetas y fotos desde hace 15, ese olvido se hace latente en sus ventas: “La diferencia con el resto del año no es tanta. No llega al doble”. Cuando le encuentro, está ilustrando en un trozo de papel a un personaje subido en un monopatín. Su creatividad se puede notar también en las camisetas que vende: curiosos e innovadores diseños de personajes clásicos mexicanos. El vendedor, identifica la feria como un acto de provecho económico por parte de las editoriales e incluso, de los colegios, los cuales envían clases enteras de chicos con un costo de 15 pesos por entrada. “Ya me dirás qué les interesa a esos niños de la feria. Se pasean con sus entradas en la mano sin comprar nada, pero esa entrada, ya es un beneficio más para la UNAM. Que los lleven mejor a sitios como la Feria Infantil de Tlalpan”, relata César. Además, se lamenta de la falta de ayuda gubernamental y aunque no paguen por la plaza gracias a la ley de derecho de piso destinado al arte, no reciben ningún apoyo publicitario.

Los testimonios de ambos vendedores, dentro y fuera del Palacio de Minería, no distan mucho en cuanto al carácter educativo de la feria. Queda claro que la Feria del Libro se atribuye un estandarte con un símbolo en el que no invierte y no ayuda a resolver el problema en su raíz, sino que solamente arranca la última y más visible hoja. Pero no todo está perdido y tanto César como Emmanuel nos muestran su posible solución sobre cómo se podría, en un futuro, llegar a un público más amplio. César, propone una vuelta a las colonias, no históricamente sino territorialmente; la solución podría residir en llevar los libros a las diferentes delegaciones y promover así un trato directo entre el público y el librero, teniendo este último, la responsabilidad de saber aconsejar temáticas próximas a la realidad de sus compradores.

Sin embargo, Emmanuel reconoce que a través de la imagen de la feria ya se ha conseguido mucho; el luchador “Blue Demon” forma parte del imaginario colectivo popular y hace así que la gente se sienta identificada y motivada a la lectura. Pero cuando le preguntamos si los luchadores leen, responde: “Yo creo que ninguno de ellos lo hace”. La siguiente pregunta era de esperar: “Y, ¿a quién pondrías tu?”. Mientras nos hace una larga lista de célebres autores mexicanos como Paz, Fuentes o Rulfo, su pase de expositor se torna y nos deja ver un recorte de periódico cubriendo la máscara del luchador. Se trata de un recorte con la cara de Joaquín Guzmán Loera, figura clave del narcotráfico mexicano, capturado hace una semana. Ante mi atónita mirada, exclama entre risas: “¡A mí me dijeron que el Chapo, sí lee!”.

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Sandra Ortega Garcia

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