Exposición SIN, crónica de una visita fugaz

SINweb

Eran las 4:10 de una nublada tarde de domingo. Desde niño he pensado que siempre hay un momento de domingo en el que el cielo se nubla. Justo esa era la hora; las nubes se encontraban impacientan de arrojar algunos dejos de lluvia en su andar.

Llegué a las proximidades del Laboratorio Arte Alameda y busqué estacionamiento entre los recovecos esquivando “traperos” que cobran lo que se les viene en gana, avancé unos metros y encontré un lugar entre dos camiones. Bajamos del auto mi novia Valentina y yo, impresionados por el folclor que había en la Alameda Central. Entre bailes, cortejos y bombones de azúcar, caminamos al Laboratorio Arte Alameda para ver la exposición SIN, del artista mexicano Mario de Vega.

Llegamos, nos saludó el policía de la entrada e hizo una pregunta obvia: “¿vienen a ver la exposición?” Respondemos que sí y nos señaló un módulo en donde una señora de mediana edad entregaba una hoja que decía: “Estimado visitante, lea esto con atención”. Tomé la hoja y leí: “Esta exposición investiga reacciones físicas causadas por la resonancia de órganos humanos al ser expuestos a bajas frecuencias, con posibles dislocaciones de la percepción a partir de estar expuesto a actividades infrasónicas….” Definitivamente me pareció emocionante entrar a una exposición en la que se tenía que firmar una carta responsiva.

Firmé e ingresé al recinto sabiendo que “ni el autor, ni el equipo curatorial, ni el Museo” se harían responsables de mi integridad al cruzar la puerta del Laboratorio Arte Alameda, iglesia que desde 1571 hasta 1821 fue uno de los principales sitios de la inquisición en México.

Una vez adentro, lo primero que pude comprobar fue el potencial creativo en la destrucción del arte. La sala principal del recinto estaba semi vacía, solamente había movimientos vibratorios intensos, nada para ver, solo sentir. Acostumbrado a exposiciones visuales, ante lo meramente sensorial comencé a tener varias conjeturas, entre ellas lo interesante que era disponer de espacios para evitar lo predecible. No había artefactos, sólo objetos abandonados.

Continué caminando y comencé a descifrar los fenómenos sensoriales y sonoros. Me acerqué con sigilo a contemplar la malla electrificada de más 7,000 mil volts que impedía ver el mural de la capilla de Dolores. Después experimenté un deslumbramiento visual en una instalación que con 30 focos generaba 12 mil watts, la cual analiza el consumo de la luz y los costos que implica producir piezas de arte que pocos entienden. Comprendí entonces por qué la muestra podía acabar con la paciencia y sensibilidad del visitante.

Nos trasladamos hacia la instalación CREDO, un muro de subwoofers que proyectan la escala armónica de la frecuencia de 17 hertzios en la sala, alterando la conciencia, provocando alucinaciones si se permanece mucho tiempo y problemas en el sentido del balance.

Después de todas estas descargas en nuestro cuerpo caminamos hacía la puerta de salida, habiendo pasado escasos 15 minutos desde que entramos. Quisimos preguntarle a un paramédico de la entrada cuáles eran los síntomas que habían tenido algunos de los visitantes, pero no lo hicimos.

Al salir de SIN  lo único que dijimos fue: “Ha sido la visita más fugaz que he tenido en un Museo en toda mi vida”. Y una vez que arribamos al auto debatimos acerca de ella, nos pusimos a platicar sobre  la fragilidad del ser, sobre la vulnerabilidad humana y sobre los límites de nuestra percepción. Al final, el objetivo de la muestra se había cumplido.

@yosoychapu

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Ivan Luna Luna

Músico, publicista, lector, coleccionista y curioso.