Experimentación cero

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Cuando hay suerte, las guerras parecen sucesos aislados, cuando la estabilidad del entorno más inmediato nos alcanza para evadir sabernos parte de un mismo barco que se hunde. A veces también parecen efectos sin causas, el resultado de una riña ajena al resto del mundo o el plan colonizante de un sólo hombre poderoso. Pero los conflictos bélicos a nivel internacional no son nada más cosa de los gobernantes. Son la última consecuencia de la aceptación, por parte de las sociedades, de un sistema basado en la violencia y en el “ojo por ojo”. Un sistema ideológico que utiliza como herramientas de promoción la religión, la educación y, por supuesto, la ciencia.

Aunque los avances científicos parezcan a primera vista una serie de casillas por las que se asciende como en caminito unívoco de juego de mesa, lo cierto es este progreso no tiene un destino inevitable y no está guiado sino por nuestras voluntades. La ciencia implica un montón de elecciones: ¿qué queremos estudiar? ¿qué queremos cambiar? ¿cómo queremos hacerlo? ¿para qué? Cada una tiene sus implicaciones éticas y morales y cada una debería, en principio, estar enfocada al beneficio de la sociedad y de todas las personas que la integran. La forma y las tendencias que la ciencia siguen las decidimos nosotros. No sólo los científicos, sus jefes y sus estudiantes explotados. También participamos en el proceso todas las personas que mediante los impuestos y el consumo aprobamos su trabajo y sus decisiones.

Con el pretexto de que se trata de la única forma de efectuar ciertos estudios, miles de animales son usados anualmente en experimentos para desarrollar todo tipo de productos. La mayoría causa dolor a los animales y reduce su calidad de vida. Quienes defienden esta técnica de investigación han argumentado que se trata de una suerte de mal necesario por proveer beneficios para la humanidad que presuntamente no se hubieran obtenido de otros modos. Lo cierto es que a través de la historia se han realizado experimentos con animales que han destacado más por los daños a ellos causados que por la relevancia de sus aplicaciones en beneficio de la sociedad. Ejemplo de ello son los experimentos realizados por Charles Vacanti y su equipo en 1997. El grupo, ubicado en el Departamento de Anestesiología de la Universidad de Massachussetts, hizo crecer cartílago similar en forma y composición a una oreja en la espalda de un ratón como parte de una investigación sobre células madre.

La experimentación científica que utiliza animales como sistemas instrumentales es violenta y provoca conductas que perjudican a la sociedad. Causa dolor en las personas que la efectúan y observan al ser éstas capaces de sentir empatía y tener que ignorarla para cumplir con su aportación al desarrollo de la ciencia. Si como contraargumento se dijera que estas personas pueden no sentir empatía o pueden minimizarla, estaríamos aún en mayores problemas. Ello sería un reflejo de la dilución de su capacidad para evitar causar dolor en sus congéneres; habilidad que nos permite vivir en sociedad (¿a poco creemos que la gente no anda por ahí asesinando y golpeando al resto nada más por puro respeto a las leyes?). Las personas encargadas de realizar las pruebas directamente en los animales (generalmente, los estudiantes explotados de un investigador de alto calibre) se enfrentan constantemente a un problema moral. Deben debatirse entre su futuro en el campo de trabajo y los rostros de los animales-instrumentos, tan parecidos a los perros con los que viven como a un bebé recién nacido.

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Un sistema ideológico que es capaz de infringir el dolor causado por esta decisión y su acto consecuente en uno de sus individuos, con tal de hacer progresar sus instituciones, es un sistema fascista. La investigación termina teniendo como fin último el desarrollo de la ciencia. Es decir, la evolución de una institución en vez del desarrollo libre de todas las personas, sin temor y sin miseria. Este modo impuesto de pensamiento considera que las personas existen para el Estado y sus dependencias en vez del principio contrario (bajo el que, presuntamente, se sostiene la democracia). Proviene de un enfoque que supone que el objetivo de las vidas de cada ser humano es sobrevivir al resto a toda costa, sin importar que esto implique una competencia y una guerra permanentes. No importa entonces que la dignidad de las personas se vea lacerada al arremeter contra otro ser vivo y arremeter, a través de la empatía, contra sí mismos.

Algunos grupos científicos opuestos a la experimentación en animales han intentado demostrar que estos no son necesarios para lograr avances, puesto que podrían desarrollarse otros métodos equivalentes libres de dolor. También se ha discutido si los resultados obtenidos en experimentos con animales son aplicables para los seres humanos. Lo sean o no, a mí me llama la atención que el debate esté centrado en esta parte. Es como pensar que si descubrimos que las aplicaciones son válidas en más de un determinado porcentaje de casos, entonces la violencia se justifica. Que en este caso no importarían ni la dignidad de los animales ni la de las personas obligadas a hacerles sentir dolor. Me parece que la cosa va más allá y se trata de un conflicto ético encontrado en los cimientos de la ciencia moderna. ¿Matar a un ser vivo en presunto beneficio de la sociedad es éticamente correcto? ¿No se horrorizan acaso las ideologías occidentales ante la posibilidad de haberse efectuado sacrificios rituales en Mesoamérica? ¿En qué momento se les plantean estas preguntas a los estudiantes de ciencias en las Universidades?

Los fines de la ciencia los vamos decidiendo en el camino. A mí me parece que se han cometido un montón de genocidios al ignorar este punto y pensar que sus objetivos están ya preestablecidos por el universo mismo. ¿Por qué tenemos que saberlo todo? ¿Por qué tenemos que vivir más de 70 años? A veces sospecho que se nos imponen estos fines sólo para asegurar que sigamos activas en el ciclo de necesidades creadas y consumo. Pero, ¿quién nos lo impone? Nosotros. ¿Quién decide oponerse a la opresión? También nosotros. ¿Que pasaría si la ciencia no lograra salvarnos de todas las enfermedades y desastres naturales? Viviríamos menos, quizás. Pero, ¿qué habría de malo en ello? Podríamos lograr que esos años, fueran muchos o pocos, sucedieran en paz y libertad. En paz con el entorno y con nuestra propia espiritualidad (corriendo ésta por el camino que cada quien elija). ¿Y si la ciencia no llega jamás a descubrirlo todo? Pues ni modo, esto no la va a frenar ni va a frenar el desarrollo de los individuos. El objetivo contrario tampoco debería llevarnos a pensar que el fin justifica los medios violentos y beligerantes.

Ante este panorama, sostengo que la experimentación en animales debe ser erradicada de inmediato en todos los campos de investigación que no sean la medicina. Dentro de esta última, el Estado Mexicano debe generarse las regulaciones adecuadas en torno a estas prácticas, con fines reductivos y tendientes a su erradicación total en un lapso no mayor a 20 años. Una forma de lograrlo será buscando incluir estos temas dentro de la agenda de los legisladores que nos representan tanto en las Cámaras nacionales como en las locales. En ellos está la posibilidad de efectuar los cambios y en nosotros el poder de exigirlos.

@dave_lefer

 

Entrada publicada originalmente en Animales Pacifistas

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David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.