fbpx

Estudiosos de la verdad

coltelloEl poder tiene siempre a la mano innumerables (y justificables) métodos para indagar “la verdad”. O al menos una verdad que pueda satisfacer sus propias expectativas. En Esperando a los bárbaros (Waiting for the Barbarians, 1980), Coetzee pone en boca del viejo Magistrado de aquella remota frontera del imperio una serie de preguntas que retumbarán como tañidos de campana a lo largo de toda la novela, en particular cuando cuestiona al coronel Joll acerca de la necesidad de la tortura como una especie de suero de la verdad:

«¿Qué ocurre si el preso dice la verdad —le pregunto— pero nota que no le creen? ¿No es una situación terrible? Imagíneselo; estar dispuesto a confesar, no tener nada más que confesar, estár destrozado y sin embargo ser presionado para seguir confesando. ¡Qué responsabilidad para el que interroga! ¿Cómo puede usted saber cuándo un hombre le ha dicho la verdad?»[1]

La responsabilidad de quien interroga. ¿Cuántas veces no se han sabido casos en los que cualquiera admite haber cometido todas las horrendas fechorías que se le imputan sólo para dejar de sufrir? Recuero un chiste muy viejo que ilustra lo anterior de manera más bien agridulce: en algún lugar del planeta se convoca a policías de de todo el mundo para que encuentren a un elefante perdido en la jungla con el fin de valorar sus aptitudes para la investigación. Así, a las pocas horas aparecen los representantes del FBI con un elefante africano, el cual camina con gesto majestuoso ante los jueces de la competencia; poco después, los representantes de Scotland Yard conducen de la trompa a uno de los míticos elefantes blancos, que mira a todos y a nadie desde su pedestal de orgullo; y después de varios meses de espera, aparecen finalmente los policías judiciales mexicanos, pero arrastrando a una liebre por las orejas. Los jueces del certamen, asombrados y cariacontecidos, ni siquiera son capaces de pronunciar palabra ante el insólito hecho: la liebre sangra de la nariz, tiene un ojo oculto tras una hinchazón terrible, y en vez de lucir sus típicos dientes de liebre, grandes y blancos como ventanales, luce un hueco con algunos restos desportillados. El policía judicial mexicano que arrastra a la liebre se acerca a los jueces del certamen y con un rugido estremecedor le pregunta a ésta: “¡¿Qué eres, hija de puta?!” La liebre, presa del terror, grita en el acto: “¡Soy un elefante, soy un elefante!” Y de inmediato se echa a llorar…

Por supuesto, el Magistrado de la novela no escapa a las ilusiones que el imperio entrega a manos llenas. Él mismo, y este es uno de los momentos más lúcidos de la novela —la cual por fortuna no tiene pocos—, sabe que es la cara que muestra el imperio en los tiempos de paz. Sabe que habría podido escapar del vendaval de acontecimientos que sobrevendrán si tan sólo se hubiera ido de caza un par de días. Es decir, huir para mantenerse apacible entre sus propias mentiras, en vez de malhumorarse debido a que en el horizonte ya vislumbra algo que amenazará la deseada tranquilidad de su vejez. Y por motivos asaz pueriles, el propio Magistrado degustará una larga serie de humillaciones y torturas que lo harán comprender el significado de saberse preso en su propio cuerpo.

Es cierto, una vez pasado el infierno habrá una mediocre reivindicación; pero al final, después de tanto sufrimiento gratuito —tanto visto como experimentado—, intuye, con lúgubre precisión, que en realidad todos los habitantes de aquella frontera perdida en el desierto sucumbirán ante las mentiras del imperio sin haber sido capaces de aprender absolutamente nada.

Tal como sucede con los niños de pecho.

 

__________________________

@elReyMono

[1] J. M. Coetzee, Esperando a los bárbaros, Alfaguara, Traducción de Concha Manella y Luis Martínez Victorio, México, 1992. p. 15.

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Víctor Sampayo

Avatar

Artículos recientes por Víctor Sampayo (see all)