Estorbarle al automóvil

Tres cosas. Un meme, una conversación y un letrero. El primero ronda en Facebook y sobre un fondo negro reza “Cuando te sientas triste y miserable, recuerda que hay gente que trae un iPhone 6 y anda en camión”; la segunda la escuché en la línea 3 del metro a las 7:40 a.m.: ni modo, señor ―le decía una mujer al hombre que no conocía y con el que sin embargo compartía un íntimo medio metro cuadrado, igual que el resto de nosotros, comprimidos en el vagón como archivos de un .zip interminable―, hay que aguantarse, que si uno viaja en metro es por necesidad; el tercero podía leerse en la delegación Benito Juárez, específicamente en una de las nuevas estaciones de EcoBici: un vecino llamaba a otros a “quitar estas porquerías” y se lamentaba de que no las hayan puesto “donde no quiten espacio a los autos” (no resultó tan original, eso sí, como el alma vanguardista que untó excremento en una cicloestación de San Pedro de los Pinos).

De esta muestra accidentada pero categórica podríamos deducir que el transporte público no es un síntoma de civilización y salud urbana sino un paliativo para la necesidad: menos mal que el metro es subterráneo, o cada mañana habría miles de pobres en las calles estorbando a los coches.

¿A quién se le ocurrió que el transporte público y la escasez de recursos están relacionados? Sepa. Pero es evidente que muchos se lo creyeron. La pregunta es si sabrán por qué. Cuando a uno se le ocurre decir en la sobremesa que en los Países Bajos los altos ejecutivos ―lo que sea que eso signifique― andan en bicicleta, los demás comensales se apresuran a responder que sí, pero porque allá “es diferente”. Nunca se especifica, eso sí, cuál es la diferencia.

El automóvil, por estos lares, es símbolo de alguna clase de éxito, un éxito personal. Y esto que nos parece la norma es en realidad una cosa terrible. El discurso aspiracional egoísta anula toda posibilidad de solución a los problemas de movilidad: que si el metro se llena, que si el camión es inseguro, que si la bici es peligrosa, que si caminar qué hueva: pos me compro un coche. El derecho a la comodidad (si tal cosa existe) no se combate con un esfuerzo colectivo, sino con la enajenación individual, disfrazada de superación. De esta lógica involutiva sólo sacan provecho la industria automotriz y los concesionarios de obra pública (para qué optimizar el transporte público, si podemos ponerle segundos pisos, que invariablemente se llenarán, a todo). Se nutren de nuestras ganas de “ser mejores”. El peatón cree que sufrir es culpa suya, porque no chambea lo suficiente. No hay lugar en su cabeza para organizarse, para exigir, para buscar alternativas.

El problema no está en pretender tener una vida mejor, sino en lo que entendemos por mejor. Andar en bicicleta en los Países Bajos es un símbolo de éxito, un éxito social, inteligente, no de libro de autoayuda. ¿Les resulta patético que alguien tenga un iPhone 6 pero viaje en camión? Esperen a ver a un mexicano exitoso atorado en el tráfico.

Si seguimos dándole al coche el monopolio de nuestras aspiraciones de transporte y realización personal, ya no sólo creeremos que el metro es para pobres y la bicicleta es para hippies, sino que terminaremos por creer que el peatón le estorba al autom… Wait!

Palabritas

Pego también un breve video que ilustra con claridad el altísimo costo económico, ambiental y emocional del automóvil en México. 

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada