Estertores del texto. El Festival Nacional de la Joven Dramaturgia

Tres días de dramaturgia joven y crítica teatral con sabor etílico.

Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir…  Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil.

Jorge Ibargüengoitia

 

Antesala

Cuando has mandado tu obra a un festival y te la han rechazado; cuando, peor aún, ni siquiera has quedado como becario de dicho festival ―“la raza más inferior”, según Alejandro Ricaño en su última obra, Esa melancolía que te da a uno a veces―, es oportuno cuestionarte si acaso tienes un futuro en el medio y en la crème de la crème del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia. Puedes entonces urdir un plan para mimetizarte: recuerdas que gracias a dios tienes a tu cargo una sección como ésta con la cual puedes colarte junto con la gleba que pace los laberintos de la muestra, de forma que cuando te pregunten si eres becario puedas contestar: “No, vengo a hacer un reportaje”. Después, ante la falta de tiempo y de experiencia convendría cambiar a: “Bueno, en realidad vengo a hacer algunas entrevistas”. Pero luego te das cuenta de que tus entrevistan carecen de mérito periodístico porque sólo entrevistaste a tu único amigo (al señor gracias), el también dramaturgo Rafael de la Cruz; después de esto sólo te quedará un camino, el de la crónica. Entonces sí, te das cuenta de que hubieras podido mentir un poco y decir “soy becario” y todo hubiera resultado más digno.

Me imaginé que a mi llegada al hotel después de haber madrugado y tomado un viaje de cuatro horas me estaría esperando una habitación, si bien no muy lujosa ―ya sabemos cómo son los fondos para la cultura de los estados―, de menos con una cama donde pudiera echar mis cosas. Al intentar entrar a mi habitación compartida se interpuso una mujer entre la cama y yo: me dio la explicación, que todavía se me hace sospechosa, de que dado que yo había llegado dos días tarde, le habían permitido quedarse con allí con su amiga. La obligué a recibir mis cosas y ante el desmadre de la habitación, decidí que era mejor aventurarme de una vez a los cursos que ofrece el festival, que descansar en una cama que ya se me hacía espejismo. En ese momento comprendí que este festival no iba a aceptar mi pereza.

El Festival de la Joven Dramaturgia se realiza anualmente en la ciudad de Querétaro desde el 2003. En esta ocasión se presentó a las jóvenes promesas bajo tres categorías: dramaturgos emergentes, convergentes y divergentes. Aunque lo siguiente que voy a escribir pretende desmentirlo el programa de mano (éste asume la divergencia y la convergencia en cuanto a las diferencias entre texto y escena), para un público no versado en el arte escénico se trataba de una taxonomía llevada más por la analogía fonética que por ansias de precisión, pues el festival, como su nombre indica, ha cuidado invitar siempre a autores emergentes, cuya producción, como cualquiera cosa, converge o diverge de algo. No obstante, yo quise encontrarle sentido a tal obviedad. Me dije: puedo suponer que los convergentes son los más picudos, lo que se confirma porque están en horario estelar ―fue verdad, fue lo mejorcito de la muestra―, en tanto que los divergentes ni están tan verdes como los emergentes ni tan picudos como los convergentes, pero bueno, ahí se andan dando unas trompadas.

A partir de cada una de las propuestas se armaba la discusión y reflexión sobre las obras mostradas. “El objetivo es crear discusión”, me dijo Alejandra Serrano, quien, junto a Edgar Chías y  Mario Cantú Toscano, organizó esta décimo segunda emisión.

La verdad ―mérito periodístico por excelencia a menos de que se experimente con él para quebrarlo―, la actividad que se realizó fue enriquecedora. No tanto por las obras sino por esa virtud estoica que permite aprender con humildad de los otros. Así, gracias al rencor que todo mal e incipiente dramaturgo lleva dentro y a las valoraciones negativas que obtuvieron algunas obras pude exclamar a la salida: ¡Qué bueno que no me quedé porque a decir verdad no soy lo que buscaban!

 

 

I

Día 1. Jueves 19 de Julio del 2014

El jueves por la mañana me tocó escuchar la lectura de Chantal Torres, Afuera.Al entrar, de primera instancia me quedé impactada porque los actores no quitaban la vista del papel. Consideré que tal propuesta escénica para una lectura dramatizada era verdaderamente innovadora. Sin mirar al público me decía: “¡Qué recurso por nadie antes pensado!”. El director Miguel Loyola había intuido que de esta forma, sin las seducciones propias de un actor, se prestaría más atención al texto en escena. Baste decir que el público prestaba la atención cortés que un padre en la estudiantina de su hijo. De ahí que el recurso fuera tan insólito. Más tarde se aclaró que no había sido pensado como recurso escénico sino todo lo contrario: era producto de la decisión del festival para darle al texto preeminencia.

En esa misma sesión se presentó el mejor y mi consentido del ciclo emergente, Miguel Ángel Sánchez con Temor de catalejo. Este dramaturgo, abogado de profesión, demostró mucha intuición y un ritmo genuino, sobre todo durante la primera parte. Me asombró que en su poca experiencia buscara entramar las escenas, preocupación de contados noveles escritores, quienes toman su tarea con humildad y seriedad.

En la lectura de ciclo convergente salió, de Ángel Hernández, Hanoi Hilton. A pesar de ser tamaulipeco,la obra narra la vida de Kopkan, un vietnamita que emergió de la guerra con Estados Unidos y cuyo contexto son los resabios del enfrentamiento. Kopkan representa esa fusión particular entre culturas que propicia la guerra. Junto con su novia, Sofía, una exprostituta de Estambul, hacen explotar restaurantes de la cadena Kentucky Fried Chicken ante el parecido del coronel Sanders con Ho Chi Min. Empecé diciendo “a pesar de ser tamaulipeco” porque sin duda se exige ―absurdamente— que la literatura del norte se ensucie con los temas ya muy manoseados del narcotráfico, la violencia y la migración. Ángel consigue posicionar con inteligencia dicho clima tan incrustado en la herencia, literaria y vital, y logra hablar de ello con la frescura que propicia la distancia. Así sin dejar de sentir su contexto, explora el territorio de la guerra desde una mirada de extranjería. Me atrajo mucho la intuición de la puesta en lectura, que fue coordinada justo para resaltar las virtudes de este texto narrativo; al igual que la dirección, los actores se desempeñaron con precisión. A parte de eso las metáforas y la construcción del lenguaje son atributos que el dramaturgo sostiene sólidamente; indicios de su experiencia y buen oficio.

Llegó la hora de mi compadre el Rafa (Rafael Pérez de la Cruz, para los no tan allegados) con ADN Diente de León. Momentos antes de ver su obra y después de leer el título tan inconexo me dirigí a él, le toqué el hombro y le dije: “Llegó tu hora”. Yo confiaba en que le iba a ir mal, pues me había compartido que había ido a ver un ensayo meses antes: “¿Qué tal van?” “Pues… como que… ay, no sé”, me llegó a decir. Yo estaba preocupada por estar al lado de mi amigo durante la función, pues la derrota de un ser querido siempre es bienvenida, pero no pude: él sí era parte de la crème de la crème. Para mi perra suerte, el buen Rafa no sólo disfrutó su obra, también en general el público la festejó con buen ánimo. ADN trata de un niño llamado Chuy que vive los padecimientos de un abuso sexual en el que está involucrada su hermana. Por más que me esforcé por notar lagunas textuales de mi buen y querido amigo no las hallé (ya después, revisando el texto, topé con una que otra que el director supo ocultar muy bien). Claro que también mi ojo estaba prendido de los buenos actores. Realmente salí enamorada de la puesta en escena y de un actor ―por su actuación, digo―, aditamentos que lograron una gran experiencia escénica.

Nos dirigimos a festejar al buen Rafa. Yo quería hacerle un par de preguntas y suponer que ésa iba a ser parte de mi entrevista; lo agarré con dos chelas encima y el formalismo de la entrevista me estorbó. Yo insisto en que a los entrevistados se les debe agarrar borrachos, por eso de los niños y la verdad, o en situaciones incómodas que los obliguen a confiar en nosotros. Pero a Rafa, que está curtido en el acto del buen beber ―al fin no es la primera vez que visita el festival― no podía esperarlo toda la noche. Así que decidí empezar embromándolo.

―El maestro de la dramaturgia mexicana (sólo por esta noche) nos ha otorgado el honor de responder unas breves preguntas. Maestro.

―No, no mames, todavía no soy Ricaño.

―¿Por qué el tema?

―Es porque sucedía. Donde estaba viviendo había una niña de cinco años que se la pasaba llorando; los personajes son esos parientes que la rodeaban. Llegaba un señor que a veces se quedaba a dormir pero cada vez que llegaba la niña se la pasaba llorando.

―No mames, Rafa ¿y no hiciste nada?

―Lo que decía mi chica es que lo denunciáramos al DIF. No sé, no teníamos nada en concreto y lo mejor que pude hacer es escribir esto.

―¿Y por qué  piensas que es mejor?

―Porque puede generar un tipo de temática, un tipo de reflexión―. Inche Rafa. Lo estaba poniendo en aprietos. Cambié de tema.

―¿Por qué el teatro para niños?

―El teatro para niños me prende, me divierte. Creo que puede generar atmósferas fantásticas, oníricas; eso me gusta. Además me gusta esta idea de que pensar en teatro para niños genera nuevos públicos. Funciona por la misma naturaleza a la que está dedicado. La obra puede cambiar al niño.

―Ya sé que Legom es tu papá pero ¿quién es tu referente en teatro para niños?

―No, realmente no tengo. Me gusta Susan Lebau pero en sí no tengo un referente en especial.

Mi pregunta no había sido inocente. Varios de los allí presentes habíamos reconocido el gran parecido entre ADN y El amor de las luciérnagas, de Alejandro Ricaño. Esta identificación inocente se volvió suspicacia por la renuencia de Rafa a admitir un modelo tan evidente. Dos días después Rafa le confesaría a Ricaño, en medio de la peda, que en efecto, había tomado como eje estructural El amor de la luciérnagas.

 

 

 

II

Día 2. Viernes 20 de julio del 2014

Aquí en amena, de Gilberto Corrales, también trató el asunto de los inmigrantes: ahí va otra de vaqueros, Ita dixit. No sé si esto contribuyó en mi función de espectadora, pero la verdad me perdí en la obra; quizá también la leve cruda que me cargaba participó. Mi aspecto debía ser ofensivo, pues una amiga sentada junto a mí me metió un codazo; apenada, le dije: “Ya perdí”. La mirada de mi amiga patentizó mi falta de ética periodística, pero me consoló que admitiera que ella estaba en las mismas. Así, aproveché para perfilar mi pensamiento hacia una visión conjunta del festival. En éste se vuelcan dos de los modelos más vigorosos de la generación actual de dramaturgos ya consagrados: el estilo legomiano y los asuntos del  norte. No creo que se deba apoyar a una más que a otra, o incluso que ambas nada valgan ante algún otro modelo; tan sólo me di cuenta de que las obras y la programación iban mucho por ese lado, aun Rafa y Ángel, quienes no obstante esbozan ya una voz única.

La obra Encuentro con lobos, de Fernando Leal, resultó polémica. ¡Oh my gosh! El maestro de Ita, ícono del periodismo teatral (como se nota en el mote), criticó la obra muy diferente a mi juicio. El maestro la abordó como si hubiera sido un buen texto cuya gran debilidad estaba en el final, por extenso, único aspecto donde coincido. La obra intenta ser absurda y cómica, pero sólo logra tonos de tintes cómicos ambiguos e ineficaces. A mi parecer coqueteaba más con la parodia, con la salvedad de que la parodia requiere de personajes demasiado públicos con los cuales la recreación paródica resulte efectiva. El absurdo, la sátira, la ironía, la comedia y parodia requieren trabajarse con mucha astucia; me permito esta perogrullada porque a diferencia de otras formas, la facilidad con que las ocupamos en el trato diario nos hace confiar demasiado en nuestra espontaneidad. Los mecanismos y herramientas de la comedia requieren de un agudo ensamblaje de humor y situación, donde los personajes se desenvuelvan con agudeza. Algunos hijos de Legom o de Ricaño (ellos han conseguido, no siempre, hacer de la grosería un poema), se refugian en el ritmo del habla popular, de sus juegos lingüísticos y fonéticos; mas el brillo de sus maestros recae en que realmente dejan ver más allá del chiste relaciones, personajes, contexto, demagogia, etc. El chiste debe surgir orgánico, no se impone. Por detrás de su humor, tambaleaba la simplicidad de diálogos y personajes. Justo ésta fue la obra que me inquietó sobre el rigor de la selección del festival.

Veronica Bujeiro fue la siguiente del ciclo divergente. Presentó Producto farmacéutico para imbéciles. Durante la representación se materializó el concepto de que el teatro respira en contingencias. La lluvia, o más la lámina del techo, me impidió escuchar la mitad de la obra; no alcanzaba a escuchar lo que decía el protagonista, un intendente envejecido, como si tanto nos distanciaran los años. Por lo que colegí, en la obra se presentaba a este viejo que había sido una obra de arte; el curador y un comprador de arte eran el contrapeso del discurso del senil amiguito. El texto, la parte que alcancé a escuchar, se entiende, me parecía una repetición de las discusiones en torno a la incomprensión, facilidad e inmediatez del arte contemporáneo, reproducido desde una visión algo reduccionista. Cabe aquí una pregunta: la investigación del dramaturgo en torno a los temas ¿cómo se resuelve escénicamente?, ¿cómo deja de ser discurso o un discurso simpático dicho por un personajes simpático? La acción aquí me parecía muy tenue y el conflicto, corto. ¿O por qué, si ya no se cree en el conflicto, se diluye tan tenuemente? Mejor sería ocupar otros mecanismos más allá de la discusión escénica para atender esta problemática.

Después vino la larga historia de la recién premiada Mariana Hartasánchez, El último libro de los hermanos Psalmón. De igual manera la lluvia afectó un poco la audición pero los actores supieron hacerla flotar apaciblemente. Margarita Sáenz y la maravillosa actriz que es la Hartasánchez pudieron durante dos horas y media suspender la insatisfacción de las posaderas en las sillas, por lo que pude dirigirles un aplauso sincero. Al finalizar la sesión hice mías las palabras de uno de los jurados cuando comentó la obra tras haber visto la puesta: “quién sabe qué chingados pasaba en escena pero les juro que la obra está bien hecha, porque luego me van a salir que porqué la premié”. Todo ello se logró gracias a que todos los actores estuvieron totalmente inmiscuidos en la trama durante las dos horas y media.

 

 

 

III

Día 3. Sábado 21 de julio

Alejandra Serrano, periodista y coordinadora del festival, me ofreció una entrevista por la mañana. No vaya a creerse que durante estos días seguí fácilmente mi natural madrugador: la tradición de la peda iba haciendo estragos en los asistentes, de forma que ya para este día de clausura me levanté con los ojos pegados para dar continuidad a mis entrevistas.

―¿Tú crees que la muestra ha incentivado la dramaturgia mexicana? ―le pregunté―, ¿es que cada vez hay más dramaturgos?

―Yo creo que es coyuntural, creo que hay más dramaturgia que tiene que ver con muchas cosas. En una clase éramos dos o cinco personas y ahora son quince. Siento que se ha vuelto un poco cool. ―Lo mismo pienso Ale, la pose es el desagüe del prestigio―. Ahora todo mundo quiere escribir; ahora están más preocupados por ser reconocidos que por escribir bien. ―Totalmente de acuerdo, de ahí el poco conocimiento técnico de muchos escritores y la abundancia de textos muertos, sin experiencia vital―. Se clavan en cada detalle, el símbolo está en el texto y es más la preocupación por justificarse más allá de preocuparse de verdad por el oficio y siento que están sobrerracionalizando y creen que eso es rigor. ―En ese momento sentí una bofetada porque, verdad de Dios, Ale hablaba como oráculo―. Tratan de ser súper intelectuales y hay muchas cosas de oficio que realmente no se aprovechan por querer experimentar, hay que entender que escribir es un oficio y que requiere trabajo en ello.

―¿Cuál es el objetivo del festival?

―El objetivo siempre ha sido el mismo. El festival ha cambiado sus reglas justamente buscando su objetivo, que es la discusión. No programamos porque hayan sido las mejores obra que hayamos visto ni lo mejor del bonche que mandaron ―¡Uf!, volví a la vida ante la posibilidad de que mi rechazo no era censura de mi obra―. Escogimos obras que nos dieran para discutir. Pensar que porque están programados son el mejor autor… la verdad me parece un error. No es un premio. Lo que sí he estado pensado es que somos demasiados y la discusión se diluye; el festival debe replantearse para generar nuestro objetivo. Dicen que falta un espacio de reflexión más serio. La verdad es que no se puede, es un bombardeo de estímulos para poder procesar en una semana todo lo que acontece dentro del festival; lo que sí hemos pensado es en una escritura posterior, pero eso no ha sucedido: un espacio de reflexión serio se da en la escritura. Lo que me ha empezado a molestar es que de principio era un festival rebelde, pero algunos invitados dicen “por qué no hacen esto, por qué no me dan aquello” y pienso que nos miran como si fuéramos una institución y en lugar de que se abran más espacios (otros), todos quieren el mismo. Habría que generarlos.

Habría querido agregar algo respecto a la generación de nuevos espacios, pero el discurso de Ale tenía la fuerza de un knock out que mi estado no pudo sortear. Pero aprovecho la escritura sobre la que ella comentó para compartir mi preocupación por presentar dramaturgias más experimentales. Cierto que existen otros festivales para ello; sin embargo, dada la peculiaridad de este festival por dotar de centralidad al texto, por rescatarlo sin importar que los posmo los tachen de tradicionalistas o reaccionarios, el festival puede convertirse en un gran punto de encuentro. Acorde con su propósito de diálogo, sería benéfico que se contagiara de dramaturgias abiertas, que orillan a una discusión sobre cómo se genera la condición fluctuante de los textos; así, se podría invitar como interlocutor al teatro experimental sin perder de vista la discusión sobre el texto.

Esto lo digo para beneficiar al festival y con las reservas que Ale indicaba: los nuevos teatreros no podemos seguir exigiendo que nuestros intereses e inquietudes estén representados en los espacios construidos por las generaciones maduras. Como dijo Alberto Villarreal, ellos parieron chayotes para lograr espacios que los representaran y que motivaran a las generaciones que venían atrás; si nosotros no la sufrimos ¿cómo esperamos que la sufran quienes vienen?

Las horas pasaban y yo seguía pensando en cómo resolver mi reportaje, después de mucho intentar, ¡híjole!, se me hacía tarde para la última obra de Teatro emergente. Me perdí por las calles del centro de Querétaro que, como todo trazo colonial, tiene la maldición de que todas sus calles son idénticas. Llegué a los últimos tres minutos de la puesta de Jimena Eme Vázquez, Trigal. Al terminar, me dijeron que Jimena quería mi retrospectiva. Les diré como iba a esto: después de cada obra los dramaturgos le pedían a alguien del público una observación. Yo había supuesto que era porque les importaba nuestra opinión, pero bebiendo entre los dramaturgos escuché a varios decir que era un acto de caridad, pues nos daban la oportunidad de ser famosos por un instante. Sin embargo este festival me quería ignorada: como llegué tarde, no pude participar de semejante solidaridad de la fama.

La segunda obra, Colisiones, de Manuel Barragán, fueron una serie de narraciones un poco parcas en su léxico y cuya narración se aprovechaba poco. Al lenguaje de los dramaturgos emergentes le hace falta rigor, incluso más que a las ideas.

Llegó la hora de Alejando Ricaño, el rockstar de la dramaturgia mexicana con la obra Esa melancolía que te da a uno a veces. La noche anterior le habían entregado al susodicho una mención honorifica que le atribuía la forma tan grata e irónica de hablar sobre el teatro. (Pienso que no hablaba sobre el teatro sino de los que pasa entre teatreros.) Lo reconocían por la fluidez idiomática y por su pericia para hacer personajes de mujeres (unas mujeres muy marimachas, pue pue; el que me sienta identificada con el tipo de fémina que retrata él no significa que algunas compas seamos el prototipo de fémina por excelencia, eso sí que lo dudaría). Así que todos esperábamos con ansias el acontecimiento teatral. El interés estaba realzado por el argumento de la obra: una becaria que se acuesta con un dramaturgo. Inspirada seguramente en este encuentro que como su décimo doceava emisión seguro ha tenido pa’ ver lo que no y pa’ generar contexto, vaya que había. Cuando salieron las actrices al escenario sólo pude escuchar el suspiro de Rafa, que con un pequeño murmullo me dijo:

―Esas son actrices y no mamadas―. Se trataba de las guapérrimas Sonia Franco y  Casandra Ciangerotti.

―Ora, ora, Rafa, si por ser güeras y estar chulas no las hace buenas actrices.  Hay que apreciar su trabajo a lo largo del acontecimiento teatral.

Se mostró el texto un poco más plano que mis pechos. Oquei, no me voy a poner de insolente y personal con el maestro Ricaño, pero ¿qué paso mai?, usted puede darnos más, ya lo vimos en Fractales, en El amor de las luciérnagas, en los Guggi, pero sobre todo en aquella inolvidable Riñón de cerdo para el desconsuelo, capaz de conmover y divertir hasta al más Carlos Fuentes de los Margules. Está bien el humor de Ricaño cuando aparece diluido. En esta obra presentó una situación que carecía de conflicto; aun el conflicto interior de la alumna que ahí figuraba era tenue, poco efectivo. Las bromas en momentos un poco agresivas. Pero en fin, uno mete la pata, lo bueno es que hay quien tiene la suerte de hacerlo y ganar una mención honorifica (en mi humilde opinión). Lo confieso, escuché otros comentarios más que lo defendían: “es Ricaño y a mí me pegan sus obras”, “a mí me gustó, creo que le da la vuelta”, entre otras del mismo tenor.

Para terminar se presentó Bárbara, mi compañera de cuarto, la niña del festival, con sólo veinte años ―¡ay, güey!― y una obra: Todavía tengo mierda en la cabeza. Me hizo recordar mi juventud en su protagonista, quien recuerda sus dieciséis años. Intercambié unas cuantas palabras con Bárbara en esa mini entrevista que se le hace a toda roomie:

―Hola ¿duermes con la luz prendida o apagada? ¿Cómo te llamas?

Ella nunca me preguntó mi nombre, es más, creo que se fue sin saberlo: dormimos juntas y seguro no sabe ni quién soy; no es la primera vez que me pasa pero de menos pensé que las mujeres eran diferentes. En fin, me comentó que escribió la obra cuando tenía dieciocho años. Si algo me une con ella es que Bárbara escribía a los diecisiete sobre una chica inmiscuida en los excesos, mientras que a esa edad justo estaba yo absorbida por ellos― seguro que estaba poniéndome los calzones en un hotel de la doctores después de comerme un ajo.

En su texto, Bárbara propone al inicio de los cuadros escénicos canciones del rock de los ochentas. La puesta en escena fue muy acertada, ya que Carmen Ramos, la directora, se encargó de que las canciones fueran entonadas en vivo. Resaltó el detalle de que quienes ejecutaban la música realmente eran músicos, cuya calidad sonora me apantalló, al igual que las actuaciones. Quería pedirle a Carmen una entrevista en medio de la chela pero cuando nos encontramos en el karaoke yo estaba ya lo bastante ebria como para dudar de la coherencia de mis preguntas. Sin embargo, una semana después pude hacerle un par de preguntas. En el festival pasado Carmen se encargó de dirigir las lecturas dramatizadas, fue entonces que encontró el texto de Bárbara; le encantó y decidió desde ese momento dirigirlo. ¿Por qué Todavía tengo mierda en la cabeza? Porque, a decir de Carmen, Bárbara tiene muy claro su lenguaje, muy propio, y tiene talento muy poético, muy honesto, sin pudor, muy de su generación y sobre todo que tiene su propia poética. Sobre los problemas de dirección y actuación comentó que no había sido fácil entenderlo a la primera, con una o dos leídas no fue suficiente; hay tantas voces en juego con el pasado que es un reto encontrar el presente; no sabes quién lo está diciendo, puede decirlo cualquiera. Dependiendo de lo que se esté montando se define quién lo va a decir. A Carmen le ayudó la figura del protagónico, Janis, de la cual pudo partir para jugar. En un principio quería meter sólo dos actores pero decidió integrar música en vivo “porque para mí la obra es una gran fiesta”.

Salida de emergencia

El gran final llegó y yo con la peda encima. Para los ajenos al encuentro se debió advertir hace algunas muchas líneas que la impertinencia y procacidad, elementos consustanciales a todo festival, se adoptan en el Festival de la Joven Dramaturgia como principios de comportamiento. Como todo ser humano, donde más disfruto el trabajo artístico de los encuentros es en la tertulia, después de las presentaciones, donde puedes conocer verdaderamente a los colegas ―incluso en sentido bíblico―. Qué digo tertulias, pedas en dónde se mandan a chingar a su madre unos a otros discreta o indiscretamente, como Rafa, quien muy educadamente le reprochó al maestro Ricaño repetirse en sus obras. Astutamente, Ricaño optó el giro recomendado desde Cicerón: le contestó que por qué no hablaban de la obras de Cantú, que se encontraba a un lado nuestro empacándose una chela, y salió fugitivamente de la interrogante.

Los contenidos vertidos en este texto son responsabilidad de quién los emite, así que a mí no me hagan responsable, yo sólo registré qué se decían. A propósito de las constantes referencias a los dramaturgos, en especial el maestro Ricaño, debe entenderse su figura polémica y que son imperdibles referentes de nuestra generación dramatúrgica. Favor de revisar las obras de este portentoso maestro que bien servirán para un mejor disfrute de esta crónica.  Iconofinaltexto copy

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