Estaciones de varada: un perfil con José Revueltas

Aprendí a jugar billar mientras estuve atrapada un fin de semana en Pachuca. Lo más difícil, para mí, es mantener un ángulo recto entre el cuerpo, el taco y la mesa. Además, recoger la suficiente fuerza para calcular el lugar exacto donde quieres que pegue la bola, o el destino. El destino puede extraviarse en el camino, no es algo seguro que tenga que ocurrir a la fuerza. El destino es una rareza. Los seis agujeros que se extienden sobre la mesa encierran una vida allí abajo, un prisionero, un ogro, un pez; la incertidumbre de quedarse varado en una ciudad casi desconocida. Es el destino, dirán. Mi miedo se avergonzaba de salir de ahí. Se vengaría más tarde, por la noche en la cama de Sandra a oscuras, con el susurro de los fantasmas en el vacío. El miedo, al cabo de un rato, se cansa.

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Lo que vemos no es un hombre recostado sobre la yerba. Es un cuerpo pesado de sueño. Se oye el ruido de quien, sintonizado con su arma, capta el estático zarpazo de frío. De la sombra del árbol surge este cuerpo. Se empieza a desprender de él esa última capa de luz de día y el oscuro que deja su mano sobre su rostro difumina aún más los contornos claros de las cosas. Este cuerpo es José Revueltas. A nuestra masa de arriba le corresponde igual cantidad de sombra. Es ésa la que sostiene el cuerpo.

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Leer a Revueltas podría ser como jugar billar y que las leyes de la física no operen como deben. En algo tendría que ver el destino. Una especie de injusticia superior a estas leyes hace, por ejemplo, que metas la bola ocho primero. El destino me rechazaba y luego volvía a mí.

            Central de autobuses

Estación de varada: Pachuca

Desde allá lloverá la voz dice mi tatuaje en el brazo izquierdo, junto a once cicatrices queloides, dos de ellas demasiado profundas, que resaltan vertical y horizontalmente debajo de mis mangas. Ese verso es de J. Estas cicatrices no recuerdan la navaja ni el porqué.

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Más bien, conocer la obra de José Revueltas es perder en el billar. La izquierda injurió a Revueltas, lo maldijo y expulsó como cualquier iglesia. Sucedió también con Los errores, novela en que Revueltas pinta a hombres pusilánimes y falaces en vez de militantes súper dotados. Vivir es ir perdiendo (en) todo.

José Revueltas fue un cuerpo soberbio, humilde. Salía de las manos del destino y del origen divino de éste. Lo rechazaba y volvía a él. Libre y siempre encadenado a algo, varado. Aborrecía el dogma pero siempre regresaba. Revueltas estaba imantado a sí mismo. Era caótico, como todo lo que vive, pero eso no le quitaba su coherencia política a prueba de cualquier ataque. Perseguido, descarnado, Revueltas siempre estuvo atenazado por su propia conciencia, una conciencia de verdugo que lo obligó a defender a Heberto Padilla contra la sentencia de Fidel Castro y a perder la amistad de los cubanos y de una Cuba en la cual él había sido feliz, primero como jurado y después como maestro en la Casa de las Américas, que después de la Revolución Cubana, no quiso seguir viviendo.

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Todavía no entiendo por qué le dicen La bella airosa. Para mí, la ciudad es más bien fría. Desde la primera vez que fui a Pachuca lo noté: el frío, visible en la piel de los que se comunican a través de ella, subía y bajaba como olas, a veces despacio, como difuminado, a veces abrupto y en torbellinos. Este frío quema. Se llena entonces de minúsculas partículas de lluvia que no sólo poseen la fuerza de abrasar la piel, sino que también reflejan la luz del entorno, de tal manera que todo lo gris resplandece y brilla.

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José Revueltas nació en Durango el 20 de noviembre de 1914. Pasó casi cinco años encerrado en cárceles.

Imagen: El día de hoy fue detenido por esta Dirección, José Revueltas, dirigente de la Liga Comunista Espartaco y de la llamada Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas.

Imagen: Se creyó el intelectual liberador de la juventud estudiantil, por lo que sus seguidores lo consideraban como un elemento vital para el movimiento estudiantil, otorgándole los medios de seguridad y protección para evitar en cualquier forma su detención.

Imagen: Fue detenido por la policía el día 16 de noviembre y consignado por varios delitos del orden federal, por lo que en la actualidad se encuentra en la cárcel preventiva de Lecumberri, tratando de aplicar la autogestión ante las autoridades que lo juzgan.

 

Los muros de agua, El luto humano, Los días terrenales, “El quebranto”, Los motivos de Caín, Dios en la tierra, Material de los sueños, Los errores, El apando, son el fundamento de su cólera ideológica, su rabia esencial, su gran pregunta de por qué unos sí y otros no. José Revueltas no decía jamás que era reconocido, no pronunció una palabra que revelara su superioridad, nunca creyó que nada le era permitido. Escribe Revueltas:

[La atmósfera que forma el novelista, los escenarios que prefiere, las tintas que elige y los tipos que maneja forman su propia estética. Y es su estética lo que manifiesta su actitud ante la vida y el mundo.]

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Una estación de varada es igual a distancia, vararse es estancamiento y enemigo del sentido. Siempre, hasta el fin, percibí sus mensajes lejanos. Eran tan poderosos que los captaba aunque me opusiera, sobre todo a la hora de su muerte.[1]

Conocí a J. cuando ambos todavía estudiábamos en la universidad. J. prefiere los pastes tradicionales: papa y carne. Pero siempre los deshace, evita comérselos en una sola pieza. Evita, más bien, el dolor. No me gusta comer con dolor, dice, y retira con lo dedos el chile serrano.

Motel. Entre Apizaco y Calpulalpan

J. está varado en alguna parte de Tlaxcala, no va a llegar esta noche a Pachuca.

Sandra me ofrece su casa para dormir mientras lo espero.

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Revueltas escribió en uno de sus diarios en 1945 o 1946: “Las gentes son horribles. Y uno es tan horrible como ellas”.

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El dogmatismo es el antídoto del progreso y de la posibilidad de pensar: Revueltas nos devuelve la humanidad sin cortapisas en sus textos. Era frenético, superlativo en sus juicios, sin un ápice de amargura común, ensimismado por momentos sobre el ser y la nada; con el papel del próximo texto, fuera cuento, novela, reflexión social, atrevimiento ideológico.

¿Y la ideología?, pregunto, esa del marxismo. José Revueltas se ríe. Usted sabe qué es lo que pregunta? Sería mejor retroceder sobre mis pasos para que sepa lo que pienso. ¿Y el partido?, pregunto de nuevo. Revueltas se sienta, como maestro, y me dice cerquita ¿Cuál partido? Eso es como cercar a la inteligencia. ¿Y eso qué es?, digo, y entonces Revueltas pone su mano en mi cabeza y sonríe. La inteligencia  es aquella que nos permite razonar. Escudriñar en la realidad, la que cede para el juicio y nos permite dilucidar sobre el espacio, el amanecer o el ocaso. Es cuando se existe en concreto, cuando se sabe cuánto pesa cada cosa, cuando se mira al futuro.

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J. dijo de memoria Quisiera tener un corazón lleno de trigo/ y mi pobre corazón es muy pequeño. Comíamos sushi. Los versos son de José Revueltas. Aquella fue la primera vez que escuché un poema de Revueltas. Se corrigen estos versos a sí mismos en palabras de J. Soy malo queriendo a las personas, dijo mientras yo lloraba abrazada a él y el niño, frente a nosotros, desaparecía.

El novelista y cuentista José Revueltas ha hecho olvidar injustamente al poeta José Revueltas. En Las cenizas aparecieron casi todos los versos del escritor; de ahí los tomó José Manuel Mateo, investigador y editor de gran talento, para publicar en octubre de 2011 un precioso volumen titulado El propósito ciego, aparecido bajo el sallo editorial Aldus.

Revueltas nunca se tuvo fe como poeta. Las personas tienen la cualidad de desaparecer. Yo elegí desaparecer en esa ciudad fría.

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Revueltas es un pez en la red y, alrededor del mar sin confines, desaparece.

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Así como nunca había escuchado un poema de Revueltas, tampoco sabía que había escrito guiones cinematográficos. A mi madre le gustan esas películas, si algún día la conoces te va a caer bien; ¿sabes si publicaron sus guiones? Quiero conseguirlos, dice J. mientras cenamos, otra vez, pastes.

Lo que vemos no es un hombre recostado sobre la yerba. Es un cuerpo pesado de sueño. Este cuerpo es José Revueltas. Veo esta fotografía[2] en la Iconografía publicada por el Fondo de Cultura Económica. Revueltas descansa durante la filmación de ¿Cuánta será la oscuridad?

 

            José Revueltas (izquierda) y Manuel Álvarez (centro). Septiembre 1945

            Estación de varada: ¿Cuánta será la oscuridad?

            “Una película que ni revueltas ni Álvarez decidieron terminar.

            Ignoramos si existen más rollos,

            así como los detalles concretos de tal decisión.”[3]

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José Revueltas murió en 1976. Esa tarde, sus camaradas le rindieron homenaje de cuerpo presente en el auditorio Che Guevara (Justo Sierra):

Imagen: Este auditorio repleto de estudiantes que iniciaban un movimiento que nadie sabía hasta dónde iba a conducir.

Imagen: José Revueltas con un traje gris, un gran portafolios.

Imagen: Revueltas duerme con el mismo traje que llegó, en los escritorios de esta facultad, boca arriba.

Imagen: José Revueltas sale de este auditorio para vararse.

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Sigo a J. desde siempre. Seguir es una forma de querer. Quiero a J. desde la primera vez que me admiró. Admirar es otra forma de seguir. Seguir, instintivamente, algo o a alguien, es traficar con el significado del viaje. Viajar consiste en crear nuevas rutas de escape, de abrir las estrías en la tierra y volverlas a marcar con nuestras huellas. Estamparlas. Quebrarlas. J.R. fue un espíritu sagrado, humildemente orgulloso, sin vanidades de ninguna especie, atormentado en el fondo por cierta turbadora consternación ante la culpa de saberse dueño de excepcionales dotes creadoras, mas sin asombrarse por el hecho de tenerlas. No le asombraba este hecho. Quizá tan solo, simplemente, le dolía. J. estaba destinado, pero el destino puede extraviarse en el camino. No es algo que tenga que ocurrir a la fuerza. Y este hecho no es algo que le asombre. Quizás tan solo, simplemente, no volvería. Volver y regresar no son sinónimos: el primero indica cambio; el segundo, estancamiento. Se transportan, pues, estos signos del viaje para quedarse guardados y borrarse, tal vez. Cómo lo blanco borra todos los detalles en torno a una ciudad fría o a un lugar lleno, tan solo, de neblina y lluvia, de tal manera que la diferencia entre el paisaje y el agua se hace absoluta, y el agua queda como algo profundamente desconocido, un agujero negro en el mundo. Escribí –sigo escribiendo aquí- mientras aún conservaba la esperanza. Seguir hasta quedarse varado.

@duloxetina

[1] Peralta, Olivia. Mi vida con José Revueltas. IVEC/Plaza y Valdés: México, 1997.

[2] En la página 100.

[3] Escribe Albino Álvarez, subdirector de Rescate y Restauración para el número noviembre-diciembre de la Revista Toma.

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Ytzel Maya

Ytzel Maya (Ciudad de México, 1993). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Lingüística en la UAM. Edita e ilustra. Es miembro de la Asociación Mexicana de Ilustradores.

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