Esquema de la crítica como sabotaje

¿Qué mecanismos hay en los discursos que apelan, incitan y transforman al sujeto de los individuos en el campo material de la acción?

Del mismo modo que Gadamer sostuvo que en la comprensión de una obra queda integrada la historia de sus efectos (Wirkungsgeschichte) (Gadamer, 1960: 351), la crítica como sabotaje parte de un presupuesto semejante. Sin embargo, aunque esta modalidad crítica acepta la idea de que un acontecimiento histórico no es algo que se pueda oponer a sus consecuencias, no establece una equivalencia entre efecto e interpretaciones que van apareciendo a lo largo de la historia. El efecto que le preocupa a la crítica como sabotaje es el que tiene lugar cuando el lector o el espectador se siente incitado a pensar, actuar o hablar de acuerdo con las consignas que halla en el discurso leído o visto. Dicha preocupación, común a ciertos feminismos (Teresa de Lauretis, Butler) y a las corrientes descoloniales (Fanon), debido justamente a su interés por la dimensión psicológica y “subjetiva” de los sujetos, desplaza su atención al punto neurálgico de ese efecto: el discurso. Quiere decirse que si la preocupación esencial es el sujeto, la consistencia de dicha preocupación se encuentra en el discurso.[1]

Aunque Lacan sostuviera que no arregla nada mostrar la “confusion de l’image avec la realité dans laquelle est situé le sujet” (1975: 647), también es cierto que reconoció que es a través de la palabra como puede articularse el deseo del sujeto más allá de la ficción del “moi”.[2] Es por esa razón que la crítica como sabotaje pretende indagar en los mecanismos textuales que hacen del discurso el punto de partida de un posible comportamiento guiado. Sin duda, hay muchos puntos de contacto entre el psicoanálisis lacaniano y la crítica como sabotaje, como también los hay entre esta crítica y el pensamiento deconstructivo. Sin embargo, no es este el lugar adecuado para delimitar esas relaciones y, por supuesto, las diferencias.[3] El objetivo de estas líneas es hacer un recorrido por los principales puntos de lo que, desde hace un tiempo (Asensi, 2007, 2011 y 2013), se viene denominando “sabotaje crítico”, con el propósito de que los lectores y lectoras se familiaricen con ello.

La premisa esencial, empíricamente comprobada,[4] reside en la potencial capacidad performativa y efectiva de los discursos, incluidos por supuesto la literatura y el arte, y de forma notable los medios visuales, para llevar a cabo la modificación de la conducta, pensamiento o habla de lo/as receptores/as. Podríamos hablar de una modificación de la subjetividad, si no fuera porque se trata de una expresión (demasiado a menudo utilizada alegremente) que en sí misma no dice nada, y necesitaría de una compleja explicación. No en vano el punto de partida es la figura de Alonso Quijano que, fruto de su encendida lectura de los libros de caballería, acaba convertido en Don Quijote, viendo castillos donde solo hay ventas. La psicosis de ese personaje no se debe a una pérdida de contacto con la cadena significante, sino a la sustitución de una cadena significante común por otra fuera de circulación en un contexto en el que el capitalismo comienza a asomar. Son muchos los ejemplos que se podrían poner a este respecto, lo cual nos separa, en buena medida, tanto de las estéticas de la recepción como de ciertas formas de deconstrucción.

La pregunta es, naturalmente, qué mecanismos hay en los discursos que apelan, incitan y transforman al sujeto de los individuos en el campo material de la acción. Lo que podríamos llamar el viviente es capturado en su imaginario por la imagen del discurso en la función simbólica y significante (valga la redundacia) creada por lo que hemos denominado modelo de mundo. Ello sucede durante el proceso de lectura o de visionado de unas imágenes y el lector o lectora no se limita a “descodificar” un texto como siempre pretendió la semiótica, sino que en el proceso de descodificación recibe una imagen del mundo análogo a aquel en el que vive, y que es capaz de configurar o reconfigurar su subjetividad. Qué duda cabe de que la expresión modelo de mundo no es nada fácil de delimitar y mucho menos el concepto de analogía que le acompaña.

Comencemos por aclarar que dicha analogía, en tanto posibilidad, cubre un espectro muy amplio de modalidades expresivas, y por supuesto no se limita a las fórmulas convencionalmente “realistas”.[5]

Al receptor le basta una sencilla relación del texto con el mundo para hallar correspondencias. Cualquier elemento fantástico (el vampiro, el hombre lobo, las ficciones alternativas, etc.) puede ser reducido alegóricamente al mundo. La presencia de un signo reconocible (de un signo, en definitiva) basta para establecer conexiones. Un buen ejemplo de ese funcionamiento lo podemos encontrar en los ejemplos del Tarot o del I Ching. Imaginemos que alguien se encuentra delante de la carta número VIIII de los arcanos mayores, el conocido como Ermitaño. Todo en esta imagen puede alejarse de la realidad vivida por el consultante, la forma de vestir del personaje, su aspecto, la lámpara, las dos lunas del cuello, etc. Sin embargo, el consultante o el tarotista se esfuerza por hallar conexiones con las preocupaciones que asaltan al primero. Así, le dirá por ejemplo que esta carta le aconseja un cambio profundo, un recogimiento necesario para salir de una crisis.

Es a este hecho al que denominamos reducción alegórica, un procedimiento consistente en interpretar los símbolos de acuerdo con unas coordenadas reconocibles en su propio mundo. Incluso en el caso de que el consultante se enfrente a un sistema no figurativo, como es el I Ching, consistente en diferentes formas de hexagramas, llevará a cabo la reducción alegórica a partir de los valores codificados de cada uno de dichos hexagramas. Estos dos ejemplos sirven muy bien para explicar que los modelos de mundo pueden englobar tanto los discursos figurativos como aquellos no figurativos, abstractos o geométricos.

Lo importante es hacer notar que ese reconocimiento no se limita a constatar un estado de cosas, sino que supone la contemplación de ese estado de cosas a la luz del modelo de mundo planteado por el discurso. Es decir, que se trata de una transformación que incita a pensar, hablar o actuar de acuerdo con ese modelo de mundo. La reducción alegórica es el medio mediante el que el texto alcanza performativamente al sujeto afectado por el modelo de mundo de dicho texto. La clave de esa capacidad performativa reside precisamente en el hecho de que el modelo de mundo no es el mundo, sino como hemos dicho unas líneas más arriba una versión del mundo determinada por una posición suturada del sujeto autor.[6]

Incluso el texto vanguardista, en su insistencia en que la palabra, la forma o el color no son el referente, en su voluntad de autosuficiencia, llaman la atención sobre el mundo, aunque ello se realice con el fin de remarcar la distancia con él. Aquellas palabras de Kandinski reclamando “la vida interior del cuadro”, algo que el espectador no puede enfrentar debido a que busca en él la imitación de la naturaleza (Kandinski, 1912:  93), o la “palabra autosuficiente” de Klebnikov (1970) y los formalistas rusos, no dejan de reclamar una alusión al mundo por mucho que se trate de un mundo “espiritual” u autónomo provocado por la propia dimensión fónica o gráfica del texto.

Tanto es así que lo que en el fondo se pregunta la crítica como sabotaje es qué tipo de relación mantiene un discurso con su referente o el mundo. Sin embargo, decir que en el proceso de descodificación un lector o una lectora recibe una imagen del mundo análogo a aquel en el que vive no quiere decir nada parecido a que primero esté el mundo y después los modelos de mundo que inciden en el primero. El carácter empírico del mundo, con su dolor, sus padecimientos, sus alegrías, etc., no puede dejar de lado el hecho de que un mundo es en sí mismo un modelo de mundo naturalizado, fosilizado como historia y tomado por mundo objetivo.

La experiencia empírica de todo sujeto es inseparable de las diferentes mediaciones semióticas que le han ido configurando como tal sujeto en un nivel consciente e inconsciente. El discurso lingüístico, con sus diferentes registros, frases hechas, refranes, consignas de los padres, de las profesoras, el cine, la televisión, amigos y amigas, y un largo registro que pertenece al orden de lo simbólico (Lévi-Strauss, Lacan), tienen como principal efecto construir un modelo de mundo que representará el modelo de mundo natural del sujeto. La crítica como sabotaje debería ser, por ello mismo, no sólo el análisis de los modelos de mundo presentes en los discursos que se añaden a, confirman o desmienten, el mundo de los receptores o receptores, sino también el análisis de los modelos de mundo naturalizados. Esta última observación abre la colaboración entre la crítica como sabotaje y la terapia.

Como toda “realidad” está mediada lingüística o semióticamente,[7] el texto literario, junto con el resto de las textualidades, tiene la capacidad de modificar tal mediación. No es sólo, como asegura Girle, que los “possible worlds are seen as useful for helping people to think about a wide range of things. Reality and actuality, possibility and necessity, action and process, knowledge and consciousness, obligation and permission…” (Girle, 2033: 3-4).[8] Esos mundos posibles poseen la característica especial de introducirse en los modelos de mundo y en las subjetividades de los sujetos y alterarlos dando lugar a transformaciones verbales, corporales o mentales. Utilizando el lenguaje de los teóricos de la vanguardia rusa, diremos que los textos, literarios o no, desautomatizan no sólo secuencias lingüísticas trilladas o referentes desgastados, sino las estructuras semióticas que median la visión del mundo de los sujetos.

Sin embargo, un modelo de mundo tal y como aparece en los discursos, desde los refranes hasta los lenguajes científicos, no podría capturar imaginariamente al sujeto si no fuera porque posee una estructura silogística. Establecer el vínculo entre el discurso y el silogismo no constituye ninguna novedad, basta leer a los filósofos medievales árabes como Averroes o Al-Farabi para darse cuenta de que ya ellos vieron clara la interrelación entre la lógica aristotélica y la poética. Sí puede decirse, sin ánimos de generalizar, que una filosofía y una teoría literaria arraigadas en la tradición esteticista que arranca con Kant y, sobre todo, Schiller, ha discurrido por cauces totalmente apartados de esa tradición. Solo líneas de pensamiento y acción como la deconstrucción, el feminismo y/o teoría queer y el descolonialismo, se han acercado a ese planteamiento. Por decirlo de forma resumida: únicamente una crítica del esteticismo puede apreciar esa dimensión silogística que investiga e indaga la crítica como sabotaje.

Lo que la teoría silogística sostiene es que entre la realidad semiótica y la realidad fenoménica hay una distancia infinita que hace de todo silogismo un entimema o falso silogismo. Tal distancia fundamenta la ideología del discurso. En términos políticos, la crítica como sabotaje tiene la finalidad de detectar tales silogismos, ponerlos en evidencia y sabotearlos, adoptando el punto de vista de la subalternidad. De ahí que en Crítica y sabotaje se afirmara el parentesco entre el sabotaje y la lucha obrera, y se hablara de convertir el saber absoluto hegeliano en un sabertaje (Asensi, 2011: 84-89). Cada punto que aquí puede quedar solo esquematizado daría lugar a un tratamiento largo y pormenorizado, pero vale la pena lanzar estas puntas de lanza para saber a qué atenernos.

A primera vista, esta concepción silogística del discurso dice aún poco porque el silogismo adopta formas distintas de acuerdo con la modalidad semiótica y el género del discurso de un texto determinado. No posee la misma estructura el silogismo en un texto filosófico que en un texto “literario”, por mucho que esta diferencia pueda ser cuestionada y por mucho que haya textos indecidibles en cuanto a su pertenencia a un género.[9] A ello se suma una diferencia más o menos esencial para la crítica como sabotaje como es la que media entre los textos posicionales (en los que el silogismo constituye el sostén manifiesto o latente de su estructura argumentativa) y los textos no posicionales (cuyo silogismo puede llegar a ser la ausencia de silogismo delimitado). También se recordó en otro texto anterior que existen estructuras silogísticas sencillas (como en la cultura mediática) y otras complejas (como por ejemplo la maquinaria literaria, en la que la dimensión afectiva adquiere un gran protagonismo) (Asensi, 2012: 57-83).

Esto no supone argumentar nada parecido a que en un texto tengamos dos dimensiones separadas: el silogismo como estructura profunda y la forma como estructura superficial, porque uno y otro plano son inseparables y constituyen una de las características más acusadas de los discursos, del mismo modo que lo real, lo imaginario y lo simbólico forman un nudo inseparable en la teoría lacaniana.

De hecho, la expresión “silogismo discursivo” describe una unidad desnivelada funcional en la que el plano de la expresión y el plano del contenido aparecen amalgamados, aunque nunca en el mismo plano dada la prioridad del plano del significante. Esta aclaración resulta fundamental para comprender que la crítica como sabotaje no parte de una concepción “contenidista” de los textos, sino que su punto de mira está constituido por el modo de significación de un texto, única vía para determinar su modelo de mundo. Al contrario, insiste en la afirmación lacaniana de que hay que evitar comprender demasiado: “la comprensión analítica se abre[n] a un cierto rechazo de la comprensión” (Lacan, 1981: 120). ¿Por qué? Porque comprender demasiado supone ser capturado en el imaginario por el modelo de mundo del discurso, y eso es justo lo que la crítica como sabotaje trata de evitar.

Precisamente porque el silogismo discursivo es el mecanismo que asegura el salto desde el texto al lector, el vínculo entre el modelo de mundo del discurso y el cuerpo y mente del lector o lectora, la crítica como sabotaje trata de permanecer a distancia de ese salto o captura. Por tanto, lo que hemos visto hasta ahora es cómo el discurso apela, incita y puede transformar la subjetividad de los receptores a partir de la creación de modelos de mundo cuya estructura fundamental es silogística. Tal es el núcleo de lo que hemos presentado como sabotaje crítico.

No es difícil darse cuenta de que una estructura silogística extrae toda su importancia no sólo por ocupar un lugar transicional entre el texto y el afuera del texto, sino que está inscrito, de forma más o menos evidente, en todo discurso en calidad de hipograma generador de toda la extensión mayor o menor del texto. Lo que ahora debe añadirse es que una crítica como sabotaje es esencialmente relacional, esto es, no puede proceder sino analizando la relación entre un discurso-modelo de mundo y los discursos-modelos de mundo dominantes en un contexto histórico determinado. De ahí que este planteamiento sea netamente historicista.

Derrida afirmó que una de las consecuencias inevitables de la deconstrucción era “la descalificación o el límite del concepto de contexto, ‘real’ o ‘lingüístico’” (Derrida, 1972: 353), lo que sirvió para mantener la tesis de que toda investigación histórica está condenada al fracaso dado que resulta del todo imposible reconstruir un contexto determinado. Fue, además, el motivo por el que la deconstrucción se ganó la fama injusta de “textualista” o, pero aún, de practicar el “juego textual”. Quienes así interpretaron la posición derridiana no advertían que la conclusión que hay que extraer de esas palabras es justamente la contraria: puesto que un contexto real o lingüístico es del todo recuperable, la investigación ha de esforzarse al máximo en reconstruir los contextos, ha de recoger todos los datos empíricos que estén a su alcance con el fin de hacerse la idea más aproximada posible del contexto en el que tuvo lugar un acontecimiento. Únicamente la reconstrucción limitada de un contexto permite apreciar el funcionamiento de un discurso dentro de un polisistema.

Si una crítica se limita a sacar el texto de su contexto “original”, se prohíbe a sí misma descubrir cómo funcionaba dicho texto en el momento en que empezó a circular y entró en conflicto con (o confirmó) las posiciones del polisistema coetáneo. De hecho, la crítica como sabotaje trata de responder a dos preguntas.

Por una parte, se pregunta acerca del tipo de relación que un determinado texto mantiene con el resto de las textualidades existentes en sus mismas coordenadas históricas, indaga en el silogismo que transporta y en los acuerdos o desacuerdos que mantiene con el resto de los silogismos de su mismo periodo histórico. Por otra parte, se pregunta acerca del tipo de relación que un determinado texto mantiene con el resto de las textualidades existentes en otras coordenadas históricas (por ejemplo, en nuestro presente), estudia cómo el silogismo o el afepto que plantea un texto entra en conflicto o confirma el polisistema de otro periodo histórico diferente del suyo.

En conclusión, esa alusión a las diferentes escenas nos recuerda que un texto o un discurso entran en una relación de discordancia o concordancia no sólo con el polisistema de la época en la que apareció, desapareció o no llegó a aparecer, sino también con el polisistema de épocas diferentes a las suyas en las que apareció, desapareció o ni siquiera llegó a aparecer.  Iconofinaltexto copy



[1] “Discurso” en el sentido que le da a este término Michel Foucault: “realidad material de cosa pronunciada o escrita” (Foucault, 1999: 4).

[2] Es por ello que Lacan afirma que en el interior de la transferencia “se trata primero de desatar las amarras de la palabra” (Lacan, 1981: 268)

[3] Las diferencias entre la crítica como sabotaje y la deconstrucción fueron desarrolladas en Asensi (2011: 58-64) y Vázquez (2013: 41-52).

[4] Esta comprobación empírica no es fruto de unos textos literarios que no han cejado de tematizar el poder narcótico de la literatura y de la filosofía (Ronell, 1992), sino de un trabajo de campo basado en los métodos de la etnografía crítica.

[5] Las comillas son un recuerdo del demoledor análisis que Jakobson realizó en su texto “Du réalisme artistique” (Todorov, 1965).

[6] Para una concepción de la identidad del sujeto en tanto “sutura” véase Stuart Hall y Paul du Gay (1996).

[7] Este “tópico” de la teoría contemporánea puede encontrarse, en marcos y preocupaciones distintas, en autores como Benveniste, Gadamer, Lacan o Derrida, entre otros.

[8] “los mundos posible son considerados útiles para ayudar a la gente a pensar sobre una amplia variedad de cosas. La realidad y la existencia empírica, la posibilidad y la necesidad, la acción y el proceso, el conocimiento y la conciencia, la obligación y el permiso…”

[9] “Indecibilidad” tanto en el sentido que le da Derrida (1972) a este término, como en el que lo emplea Paul de Man (1979).

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Manuel Asensi Pérez

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