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Escritura cinematográfica

La escritura es un modo íntimo de confirmar que no estamos de acuerdo con lo que nos circunda. Escribir, sin profundidad, con celebración dionisiaca de la banalidad, es una herejía de la subjetividad: escribir por obligación, por frivolidad, por vitalidad, por falta de talento. Escribir no es imperativo. Nada escrito (me) es ajeno. Nada filmado puede ser privado. Esto significa que el cine sea ¿una forma textual de transmisión visual? ¿El cine es escritura?

En “Imágenes y palabras”, Alan Badiou argumentó acerca de la posibilidad de “hablar” de un filme. La conclusión fue que existen, por lo menos, dos formas de hablar un filme. Hablar aquí cumple un sentido literal. Una primera forma, común en los espectadores acostumbrados a recibir acríticamente las imágenes, en la que evalúan el film de acuerdo con un criterio de gusto: me gustó, no me gustó. La segunda forma evita esta reducción sensorial y exige al espectador —espectador crítico y emancipado del absolutismo visual de la realidad—  que ofrezca argumentos sobre las propiedades estéticas, sociológicas o cinematográficas de los filmes. Advirtió Badiou “hablar de un filme es examinar las consecuencias del modo propio en el que una idea es tratada así por el filme”. Por consiguiente, hablar un filme implica argumentar, debatir, discurrir acerca de las “ideas” contenidas en el filme. Por esta razón, si puede ser escrito, pensado o bosquejado en imágenes, puede ser filmado. Las imágenes y las palabras activan el discurso cinematográfico, aun en el cine mudo o en el cine experimental donde el texto cumple una función iconológica.

La escritura y la imagen son así dos modos de la experiencia del mundo contemporáneo. Pero, para poder ser un “contemporáneo”, debemos tomar distancia de nuestra época —al menos eso explicó Agamben—, lo cual resulta imposible o inviable. No me pondré filosófico ni muy sociólogo de la cultura. Intento —confieso teclado en mano— evadir mi habitus de académico y proyectar una escritura libre de conceptografías y argucias complejas que denotan mi imposibilidad de trasmitir algo claro y distinto, porque mi problema sigue irresuelto: cómo puede el cine desligarse de la escritura. O quizá, el problema sea yo: ¿cómo distanciarme de la escritura aprendida con vigor durante la (de)formación académica y decir algo plenamente sensato acerca del cine?

No tengo respuesta para esta pregunta, pero si un problema nuevo para ensayar: la escritura cinematográfica. El problema es que la creatividad de la escritura académica es distinta de la escritura creativa supuesta en el ensayo cinematográfico. En esto se equivocó Badiou, pues para hablar del cine necesitamos recurrir, necesariamente, a imágenes, a formulaciones plásticas acerca de lo observado. La escritura, en cualquier manifestación, es un paseo sin orden, un Holzwege en el que el rodeo de las palabras condiciona las fisuras por donde se filtra luz, tal y como puede hacerlo el cinematógrafo. El párrafo está dispuesto y el montaje está por venir. Si escribes de manera íntima, como en el cine y la escritura, estás jodido y jodes a tus lectores. Lo siento, pero escribir cinematográficamente requiere iconostasis: la muerte de la imagen.

 

maquina

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Ángel Álvarez

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