Las "Soledades" de Tito Rivas: No es sordo el mar

Tito Rivas Foto

Hace 400 años, bajo la pluma de Luis de Góngora y Argote, se escribió Soledades, obra clave del barroco español. Con un gran dominio del lenguaje simbólico, el autor reflexiona sobre distintos matices de la vida en una composición de 2060 versos divididos en dos poemas.Debido a su complejo entretejido, esta pieza fundamental de la Literatura, se ha convertido también en la inspiración y piedra angular de la obra de arte sonoro “No es sordo el mar” de Tito Rivas.

“No es sordo el mar” es una selección de versos dispuestos en cánones, contrapuntos y solos, a modo de composición. Athena Ramírez, Rocío Cerón, Osiris González y Tito Rivas, creador de la pieza, son los artistas vocales que le dan vida.

 La interacción que esta obra tiene con el espacio es fundamental, ya que permite apreciar con claridad la resonancia, el ambiente y los efectos acústicos que se producen. Por este motivo, esta creación multicanal fue construida bajo el concepto de retablo barroco, aunque con un giro arquitectónico vanguardista, que conserva los elementos formales de la arquitectura barroca.

Góngora jamás imaginó que iba a calar hondo en un artista sonoro, ni mucho menos que el poema iba a tener consecuencias en una obra de arte sonoro del siglo XXI. Los ecos fantasmas resuenan y el pasado vuelve como esa ola perdida en el océano desde hace 400 años, confirmando la doctrina heracliteana de que uno nunca se baña en el mismo río dos veces.

En entrevista con La Hoja de Arena, Tito Rivas reveló algunos aspectos de su producción:

L.H.A.- ¿Cuál fue la idea base de traer a Góngora a una instalación sonora?

T.R.- Viene de una cuestión un poco coyuntural. Tiene que ver con el hecho de que el año pasado, cuando se produjo esta pieza, se cumplieron 400 años de la composición de Soledades, de Luis de Góngora.

Se hicieron varias celebraciones en distintos países, sobre todo en España, el año pasado. Hubo un concurso en el Centro Cultural de España en Argentina con una convocatoria para trabajar con el texto como base para una obra de arte sonoro y yo participé con una relectura del poema desde la perspectiva de hacer “poesía sonora” (si es que se le puede llamar genéricamente a esto). La limitante era que únicamente el formato era en audio y yo me quedé con ganas de hacer y trabajar una pieza. Por eso me di a la tarea de proyectar No es sordo el mar, proyecto que poco a poco fue adquiriendo forma y ahora es un retablo sonoro.

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L.H.A.- Con respecto a las especificidades técnicas, ¿cómo fue trabajada esta pieza? ¿Se contempló el espacio acústico del Laboratorio Arte Alameda?

T.R.- En principio sí. Se hicieron varias pruebas de sonido y audio para adecuarlo lo más posible al espacio y poder preparar una escucha nítida con poca o nula intervención de efectos aplicados al registro.

Con respecto a la pieza en sí, me llegó la idea de construir un retablo porque encontré una conexión muy natural a la hora de preguntarme cómo presentar físicamente un texto y recurrí a la historia. Soledades es uno de los poemas más importantes de la literatura barroca y me pareció que la manera de mostrarlo físicamente es el retablo por su importancia arquitectónica en el Barroco.  Ya con respecto al proceso constructivo a la hora de imaginármelo, pensé que debía mostrarse también en una iglesia. Por eso escogí Laboratorio Arte Alameda, espacio que anteriormente era un templo.

L.H.A.- En la parte sonora, ¿cómo se trabajó con las voces y la composición?

T.R.- Teníamos Soledades, un texto con una sonoridad muy peculiar y una composición musical extraordinaria. Me parecía que el texto tenía que volverse voz y reflejar todos los valores sonoros que tiene por sí mismo; no necesitaba meterle demasiado procesamiento. La aproximación fue muy sobria, contemplativa, y lo que les propuse a los artistas fue formar un ensamble, lo que resultó un cuarteto de dos voces femeninas y dos voces masculinas.

Nos metimos a un estudio y fue un montaje bastante interesante: las voces ejecutan tríos cuartetos, figuras como de canon, y así se encabalgan con sonidos de campanas, pasos y el mar entre otras. Son grabaciones mías, realizadas en pueblos de Oaxaca, por ejemplo, y dan otro color a la pieza.

“No es sordo el mar” es una obra multicanal de 12 bocinas colocadas geométricamente, siguiendo la estructura del barroco. Están dispuestas en triángulos, como dicta la composición del arte católico que viene de lo griego. Me pareció interesante explorar la posibilidad de sonidos viajando en una superficie, y encontré que eso sería análogo a cuando la vista de uno recorre un retablo; hay tantos elementos que tu vista va saltando porque no sabes a dónde ver. Entre más barroco, churrigueresco es, no está dictado el camino. De una u otra forma quiero que el sonido también logre  esto.

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Alfredo Gallardo