Eresunainterminablepalabra…

marioblo

Fotografía tomada por Arturo Sandoval Portillo

Hace unos días encontré una reseña escrita por Daniel Sada sobre la novela De La Infancia de Mario González Suárez. Se trata de un artículo con errores de codificación, perdido en el sitio de La Jornada. Me he tomado la libertad de transcribir el articulo en este blog, ya con los caracteres corregidos. Antes quisiera hablar un poco sobre el escritor.

Cuando uno se acerca a la obra de Mario González Suárez va siendo testigo del despliegue de distintos planos de la realidad, realidades propias del autor, inmediatas, que no guardan relación alguna con la realidad que se nos muestra en los grandes medios o en el discurso oficial. En sus narraciones nos encontramos con un universo original en el que se van mitificando y desmitificando los temas perennes de la literatura y la humanidad: la muerte, Dios, la familia, las pasiones, la creación, lo apocalíptico, el mal… Al tratarse de interpretaciones personales se logra manifestar el lado oculto de estas palabras, aquellas realidades que no siempre se ven o que no queremos ver porque a lo largo de nuestras vidas hemos sido reprimidos por la moral, la religión y la ideología. Nos da miedo saber que existe la oscuridad dentro de todas las cosas, incluso de nosotros mismo, es una verdad que nos perturba; y eso es exactamente lo que buscan las narraciones de Mario González Suárez: perturbar. “Yo quisiera hacerle al lector el máximo daño posible. Sacarlo de la comodidad, perturbarlo, que se sacuda un poco la idea convencional del mundo y la literatura”.

   Mario no podría narrar las imágenes que rondan en su interior sin ser dueño de una poderosísima prosa: ágil, en donde se nota que el escritor saborea cada oración, cada palabra y por eso logra alcanzar la precisión. Hay una preocupación por el manejo del lenguaje y de la transición de lo oral al plano literario; preocupación inusual en las jóvenes generaciones de escritores que sueñan en publicar y farolear en el jet set de las novedades, es decir, escribir con un español neutro, sin vitalidad. No meten las manos al fuego.

… En una época lejana el Señor tomó forma de ángel, penetró en su sueño para lancinarle el vientre. Un intenso dolor la hizo despertar y vio el lecho empapado en sangre plateada por la luz de la luna. Entonces el Anímico habló: Es de la mujer la carne y el agua. Es de ella la tierra; ella es el polvo de donde nacen los hombres. Y sólo cuando ellos mueren son de verdad semillas germinando en el vientre de la madre…”. —Alumbramiento, cuento incluido en Nostalgia De La Luz (TusQuets Ediciones) y en la antología Con Esas Mano Se Acarician (Braguera, Ediciones B).

Mientras mi madre continúa las amonestaciones, tirándome del brazo y de una oreja sin conseguir ninguna palabra de mí, experimento con claridad algo que otras veces no pasa de una vaga sensación: me alargo más allá de mi cuerpo y mi vida. Eres tan grande como el cielo y todas las cosas confluyen en ti, también la casa y tus hermanos y los animales y tu padre. La Arboleda y la autopista y la muerte… Pero después eres muy pequeño, frágil, insignificante… Sientes un dolor profundo y ganas de llorar… Quieres saber quién soy. Por un instante soy luminoso, al siguiente eres limo… En ti medra la muerte como tu sexo entre las piernas… Y el mundo se torna tan espantoso como excitante… Eresunainterminablepalabra… Recuerdamisprimerosañosluegomisprimerosdíasllenosdebaba… Pero yendo más atrás, antes de ser hijo de mis padres, allá también lato yo, suspendido en una inmensa oscuridad surcada por almas sudorosas y ladridos de perros. Al proseguir el viaje encuentro personas y actos que no reconozco… Ahora que me lo dices sé que aquello no es mi imaginación sino mi memoria… Soy dichoso, me persiguen, he muerto y soy un niño… Aunque olvide la vida la volveré a vivir. Hay más soledades, otros desamparos y la eternidad transcurre a cada instante en nosotros”. — De La Infancia (TusQuets Ediciones. Zeta Bolsillo, Ediciones B).

La Infancia Indiscernible

Daniel Sada

infancia1Es común que la mayoría de los narradores no aborde el mundo de la infancia en virtud de que no es, en apariencia, ni demasiado inteligible ni demasiado escandaloso. Sin embargo, lejos de ser anodina, la niñez es un territorio en el cual se manifiestan ya todas las claves de la complejidad humana, así como sus más impensadas derivaciones. De hecho, para el niño cualquier idea de realidad es incompleta y su capacidad de fantasía depende, en sumo grado, de su capacidad para contrarrestar sus temores. La propensión unívoca a desbordar todo cuanto ve o concibe se convierte en “un cuento de nunca acabar”, que a su vez lo conduce por una senda de encantamiento, pero son sus miedos los que ponen coto a su percepción o los que hacen, según el caso, que su imaginería se desvirtúe y no sea más que una ilusión impropagable. La sospecha —y así el riesgo siempre oculto tras lo evidente — está determinada por la impostura que ejerce sobre él el mundo adulto. En este sentido, la razón se presenta como algo tangencial e inoportuno; algo que por lo general llega tarde porque está en un “más allá” que a saber qué sea o en qué consista, y aun cuando el niño pueda arrancarle retazos mínimos y plausibles, sabe que son susceptibles a ser desmentidos de inmediato.

En su primera novela De la infancia, Mario González Suárez exhibe a un niño lleno de temores, querencioso de alucinaciones y más que nada propenso a dejarse engañar por mentiras crueles. El marco referencial es por demás reconocible. Se trata de una familia donde la figura paterna es exuberante, quiérase monstruosa, y por lo mismo tornadiza y así inabarcable, mientras que la madre es apenas un símbolo huidizo cuya postración, acaso indisoluble, sólo encuentra asidero en la brujería y las supersticiones con claves, amén de una maltrecha idea de religiosidad únicamente útil como exorcismo. El impacto de esas fuerzas macabras son transferidas a los hijos, a quienes ya imbuidos de superchería no les queda más opción que atenuarla o potenciarla con sus juegos lúdicos. La familia vive hacinada en un sitio localizado en el centro de la ciudad, algo así como un microcosmos infernal, un tanto aislado de la dinámica urbana, cuyos límites sólo pueden ser desbordados por la imaginación del protagonista infantil.

La novela de González Suárez es circular. Empieza con la huida del protagonista, y así termina. La exasperación lo empuja, pero sabe que su deseo de autonomía puede confundirlo aún más. Del otro lado —tras montar una bicicleta robada y transponer una suerte de pared hipotética — hay una caída y una emborronadura. Pronto aparecerá ante sus ojos una mancha amarilla que habrá de adquirir la forma de una silueta humana. Trata de seguirla, pero la fatiga se lo impide y lo hace regresar, resignado a su “casa oscura”, justo a esa región donde están presos los condenados del “más allá”, es decir, al infierno de la superchería, mismo que de resultas es más asequible que la luminiscencia de lo desconocido. No obstante, la serie de acontecimientos realistas da comienzo de modo accidental, en el momento preciso que el padre descubre a su hijo tasajeando gusanos con una navaja de muelle. El padre le atiza un par de sopapos no sin advertirle que más tarde le enseñará a manipular navajas y cuchillos, pero ocurre que también le enseñará —esa es la promesa — diferentes aspectos de la perversión hombruna: la bebida, el donjuaneo al que el padre, siempre de modo sesgado, es proclive, los alardes de vanidad, la manera de defenderse de tanto hijo de puta, etcétera. La enseñanza será a medias y en contraposición la madre le enseña a rezar sólo para desendiablarse. Se establece así una pugna entre la madre y el padre, quienes riñen constantemente y a veces él le propina severas golpizas, propiciando que los hijos se vuelvan cada vez más alucinados. Se retuercen aún más los sentimientos de culpa en los infantes porque el bien y el mal, como conceptos límite, son tan movedizos como inciertos, aun cuando quede la opción del arrepentimiento o el exorcismo.

infancia2Narrada en primera persona De la infancia ofrece, a contracurso, ángulos inéditos de inverosimilitud. De no ser por los diferentes grados de fantasmagoría que vulneran la percepción del protagonista, el patetismo exhibido en esta novela sería tan corrosivo como manido, habida cuenta de que jamás se romperá la hegemonía familiar; sin embargo, el ingrediente ensoñador, amparado en las supersticiones, que añade González Suárez, postula otro abordaje, como si se accediera a un universo en penumbras donde el narrador describe con temeridad y argumenta a base de circunloquios. En determinado momento el protagonista llega a una declaración de principios: “Se me dificulta convencerme de que mi vida no es sueño”, pues tiene la sensación de que vive y recapitula en un “más allá” del que es preciso huir. Los personajes a veces son reducidos a símbolos efímeros, a veces a deformaciones caricaturescas, pero por lo común son animales acechantes, adversarios dispuestos a agredir, porque a fin de cuentas la crueldad es la norma de vida. El terror socava a la vez que prefigura estrechos reductos de liberación, aun cuando la luz, acaso remota y mínima, no sea más que una trampa o una posibilidad aleatoria de la oscuridad.

De hecho el padre, como figura dictatorial que ocupa casi todo el espacio vital de los miembros de la familia, concibe al mundo como un enorme y crucial problema, cada persona es un enemigo en potencia contra el cual hay que arremeter tarde o temprano. Su paranoia es expansiva. Se autonombra sindicalista, pero en el sindicato casi todos son sus enemigos, o al menos así lo supone; por lo tanto su deseo de huida es crónico. La familia irá a vivir a la casa de algún allegado: mera alternativa recurrente, no obstante pasajera, pues la peregrinación no cesará, ya que el padre entra en problemas a las primeras de cambio. No es casual entonces que la repercusión de ese espíritu beligerante influya de manera cada vez más enfermiza en los hijos, a tal grado que ellos consideren como máxima diversión golpear a los niños so pretexto de un juego callejero. En cambio a las niñas hay que amarlas y protegerlas. Son seres etéreos y delicados (como aquella Gabrielita); y ese romanticismo en cierne, cuantimás improbable, posibilita una especie de ternura idílica que jamás pasará de ser un deseo timorato, tan inalcanzable como la luz al fondo de un túnel.

Uno de los mayores aciertos en esta primera novela de Mario González Suárez consiste en lograr introducir al lector en la lógica de la percepción infantil. Mediante una prosa sugestiva y llena de matices sensoriales, discurre a la par un metalenguaje donde se anatemizan los atisbos y los deslumbres como si los seres y las cosas fuesen vistos por primera vez. Prospera la aquiescencia fantasmagórica que mella la realidad como si persistiera la intención de diluirla. Si la familia es sistemáticamente echada de las casas, el niño protagonista advierte que han huido como espectros conjurados. Si la madre se afana en proteger a sus hijos, aunque sin saber bien a bien cómo, o nada más inculcándoles amor por la magia y las supersticiones, el niño lo transfigura en simbología: se trata de una gata que amamanta a sus cachorros. (La Jornada Semanal, 27 de diciembre de 1998).

dansada

Traspatio:
Se hace una atenta invitación a todo el mundo para que celebren con nosotros el segundo aniversario de la Escuela Mexicana de Escritores, en el que habrá un diálogo con el distinguido historiador Alfredo López Austin. Será el próximo lunes a las cinco de la tarde. Después, como es la costumbre, habrá vino y mezcal e iremos a celebrar a algún lado.
lopezeme
La FUNDEM (Fuerzas Unidas Por Nuestros Desaparecidos En México) también hacen la invitación para que acompañen a las madres de los desaparecidos este Día de las Madres; caminarán desde el Monumento a la Madre hasta El Ángel de la Independencia.
madresdesa
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Antonio Vasquez

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