La enchilada al pomodoro no es una entomatada

enchilada

“Un verdadero viaje de descubrimiento

no consiste en buscar nuevos lugares,

sino en tener nuevos ojos.”

Proust.

Vamos a aclararlo de una vez. Yo de Proust no sé nada y la enchilada al pomodoro no es una entomatada. Es más bien una serie de tortillas plegadas y ahogadas en salsa de tomate. Para mí, sumergir cualquier masa en salsa de tomate significa hacerla al pomodoro, y así me siento más en casa, en Italia. Vivo en México desde hace tres años; ya pasé la fase de integración, pero sigo viendo todo desde fuera, en ambos países. Prácticamente carezco de una visión interior, lo cual tiene indudablemente sus ventajas. Levantarme cada mañana es como salir del aeropuerto por primera vez. Vivo de visiones continuas, estilo Syd Barret, sin pasar por Huautla como los Beatles y los Rolling Stones. Y aquí, de esas visiones tengo muchísimas, tantas que ya empiezo a entenderle al sabor del sope con el cual la vida (aunque a esa tampoco le entiendo bien todavía) me golpeó, embarrándome de crema.

¿Eres italiano? A quién le importa.

De acuerdo; incluso a mí me importa muy poco. Y aun así, a ese país me liga un espagueti largo como un océano que muchos, como yo, han seguido cuales ávidos Pac-Man, contribuyendo a formar una cantidad insospechada de parejas italo-mexicanas que ronda las calles sin que ustedes se enteren. Prepárense para una invasión de mexicanos gritones y gesticulantes. El asunto es que encajamos muy bien.

Si eso no fuera suficiente, últimamente Italia carga el estigma de ser el “México del futuro”, según economistas expertos y catastrofistas. Pero no voy a hablar de economía. A Calabria, el lugar en que crecí, también le dicen “el México de Italia”, y no por la tradición de comer picante, sino por las decenas de periodistas que desaparecen en manos de la ‘Ndrangueta, la mafia calabresa, una camada de padrinos vulgares y malvestidos que controlan el narcotráfico en toda Europa. Pero tampoco quiero hablar de libertad de expresión (en todo caso, prefiero ejercerla). Italia, en fin, es en Europa el estereotipo de corrupción y servilismo gringo. Pero tampoco voy a hablar del hermano mayor (aunque igual no creo resultar más molesto que Enrique Peña Nieto).

La pregunta, entonces, surge espontánea: ¿de qué carajo vas a hablar?

Visiones, y punto. Las mías y las de otros.

De esas que te abren la cabeza como una lata de atún y ahogan tus certezas en aceite de oliva; de esas que de improviso te hacen sentir como un bebé recién despojado de la andadera; de esas que responden al comentario de los únicos dos amigos que me han venido a visitar: “no sabía que en México las calles estaban pavimentadas ni que había rascacielos”.

Y habrá mucho, mucho más. Por ejemplo:

1) México.

La Ciudad de México es una alquimia que se apodera de ti todos los días, como la primera vez que dices “de donde yo vengo se come picante” y te llenan el taco entero de salsa habanera para hacerte entender que no tienes ni pinche idea de lo que estás diciendo. México es estado, ciudad, nación. Damn, la trinidad existe.

2) “Cuídate”

Saludarse es fácil. Despedirse es un arte.

rana3) Vegetal Candy Art

Este mundo está lleno de jardineros diletantes. No hay nada mejor que una rana en celo esperándote en la puerta de tu casa.

4) Apesto

No me malinterpreten. Sí me baño, y de forma socialmente aceptable. Pero aquí aprendí que mi olor natural apesta. A europeo. Lo descubrí cuando una amiga de mi esposa le preguntó si ya se había acostumbrado “al europeo”. Cuando entendí la referencia, tuve un shock neuronal y anduve con los brazos bien pegados al cuerpo todo el día, sin moverlos. Al principio me olfateaba en soledad para desacreditar esta acusación, pero el escarnio sistemático y la noticia de que Moctezuma se bañaba dos veces al día mientras que los romanos se untaban grasa animal me desalentaron. Desde entonces comencé a utilizar jabones de todos los aromas: almendras, pétalos de rosa, piña, fresa, margarita y girasol, hasta que unas abejas intentaron polinizarme y tuve que parar.

lucha5) La lucha es libre.

No he ido nunca a ver uno de esos espectáculos, habiendo considerado suficiente haber visto en La Paz a las Cholitas bolivianas agarrarse de las trenzas y a patadas a la Liu Kang. No hace falta, de todos modos. Aquí la lucha se practica de 6 a 8pm, pagando una entrada de entre cinco y seis pesos, en cualquier transporte público.

6) La cultura es gratis.

Al Coliseo he entrado una sola vez y tuve que pagar incontables euros, entonces liras, para ver las ruinas de un estadio utilizado para distraer al pueblo de la corrupción del imperio. Incluso en la iglesia hay que pagar la entrada, si por casualidad se descubre que ahí cayó accidentalmente una mancha del pincel de Miguel Ángel & Co. Aquí, por el contrario, ya pude ver gratis las pirámides y otros museos geniales camuflándome entre los locales. Antes de conocer México había ido al teatro dos (¡) veces en 28 años. Acá al menos 77 (y dos sin pagar). Allá me gradué, pero mi papá tuvo que desembolsar cuando menos 8,000 euros para verme vegetar diez años (sorry, dad) en el jardín de la universidad PÚBLICA. Aquí probablemente habría hecho lo mismo, pero al menos mi papá se habría podido comprar un coche. La cultura es un bien público. Esto el primer mundo no lo va a entender nunca.

Y así, habrá otras visiones. La enchilada está servida, y hay lugar en la mesa. Buon provecho.

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Fabio Ughetti

Fabio nació en Sicilia, creció en Calabria y estudió en Boloña. Ahora vive en México, está casado con una mexicana, y sabe de qué lado se dobla la tortilla.
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